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A la luz de la luna


Cuentos_logo
 
   Estaba en un claro del bosque. Un claro profundo y asfixiante. Se incorporó de un salto. Ni un mísero rayo de luna hacía mella en esa oscuridad. Aquella maldita luna. Benjamín dio vueltas en vano, cualquier dirección que tomara sería lo mismo. Avanzó unos pasos. El tobillo comenzó a dolerle.
   —¡Maldición! —murmuró—. ¡Maldición! ¡Maldición!
   Cerró los ojos, inspiró profundamente y escuchó un ruido. Susurros, a sus espaldas.
   «Tal vez son las hojas» —pensó— «y el viento». Pero no se movió, y trató de controlar su respiración. El ataque podría ser en cualquier momen…
   ¡Cayeron sobre él como un manto! Miles de púas que se le clavaban en la piel, hincando e hincando más profundamente. Cayó al suelo ahogando un grito. Cuando creyó que ya no lo podía soportar, que sería vencido por la piadosa inconsciencia… el dolor cesó y una risa se oyó a lo lejos. Una carcajada que sacudió sus cabellos.
   «¿Cuánto tiempo más?» —se preguntó. ¿Cuánto podía durar una noche?
   Años, siglos, eso era lo que venía durando desde que había comenzado unas pocas horas antes, cuando se había reunido con sus cuatro compañeros, para olvidar las normas. El mejor grupo del último año, próximos magos y hechiceros. Benjamín, el nigromante más prometedor, había decidido probar un nuevo hechizo. Habían llegado al bosque al atardecer y habían esperado hasta que la luna saliera completa. Benjamín no le había dicho a ninguno de ellos de quién eran los huesos que estaban en el centro del pentagrama. No podía esperar a ver la cara de sus amigos cuando aquellos huesos se irguieran frente a ellos. Cuando él resucitara al más temible… 
   —Xavier —murmuró. Su mejor amigo había sido el único en sobrevivir al primer golpe, cuando Gustav había dado un paso atrás—. Un paso atrás del maldito círculo protector —dijo entre dientes—. ¡Estúpido, Gustav!
   Xavier había actuado con rapidez y ambos habían logrado correr lejos de allí mientras los gritos de sus amigos inundaban el bosque. Le había llevado unos minutos darse cuenta de que Xavier ya no corría a su lado. Se levantó a duras penas y trató de borrar de su mente la imagen de la cabeza de su amigo rodando por el piso. No lograría salir del bosque con vida. Cojeó unos metros y sintió unos dedos huesudos cerrarse en su muñeca. El vaho llenó sus narices antes de una voz descascarada escupiera en su oído.
   —Lo lograste, pequeña rata. ¿No estás feliz de ser tan condenadamente bueno que lograste traerme a mí?
   Benjamín se resistió, se mareó, trató de volverse y luego lo enfrentó.
   —Lo soy —dijo con la poca firmeza que le quedaba—. Ahora, termina con esto.
   La risa retumbó entre las sombras y a Benjamín se le revolvió el estómago.
   —No, tú no morirás. Verás, yo no quería venir, pero tampoco quiero irme.
   Benjamín sofocó un grito cuando sus huesos comenzaron a arder y a disolverse, podía sentir cómo se quedaba vacío. Y luego se llenaba a de vuelta…
   —¡No! Sal de aquí, sal de aquí. —Pero las palabras no salían de su boca, lo que sí sintió fue sus labios curvarse en una sonrisa.
   —¿Por qué? —escuchó que decía su propia voz—. ¿Acaso no querías ser el mejor, el más grande? —Su risa explotó en la noche—. Serás famoso, te lo prometo.
   —No, no, no —repetía débilmente Benjamín, mientras su cuerpo se movía fuera de su control, fuera del bosque, aullando a la luna que había vuelto a mostrarse. Aquella maldita luna llena que ahora sí iluminaba su camino.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2011.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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