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Cierra esa ventana


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   —¡Cierra esa ventana! —le gritó Mario a su mujer mientras movía el sillón para trabar la puerta—. ¡Rápido, corre!
   Marcela cojeó hasta la ventana, la cerró, bajó la persiana y corrió las cortinas. Luego, se rió sola. Mario la miró preocupado:
   —¿Qué sucede?
   —Corrí las cortinas —dijo Marcela con una sonrisa tensa—. Corrí las cortinas.
   Mario no hizo ningún comentario, pero miró a su esposa durante unos minutos más. La puerta se agitó violentamente tras el sillón y Mario volvió a la acción. Miró rápidamente a su alrededor.
   —Ayúdame —le dijo entonces a su mujer mientras se encaminaba hacia un pequeño escritorio en una esquina de la habitación.
   Marcela obedeció sin preguntar nada, hacía horas que lo único que conseguía hacer era seguir sus órdenes. Si hubiera estado sola no sabía qué hubiera hecho, si hubiera estado sola, ahora estaría…
   —Vamos, Marcela —la apremió Mario levantando uno de los extremos del escritorio.
      La puerta seguía convulsionándose y el sillón amenazaba con moverse en cualquier momento. Llevaron el escritorio a duras penas hasta la puerta, y lo colocaron encima del sillón. La puerta se calmó un poco, pero todavía temblaba. Mario miró a su alrededor nuevamente.
   La única habitación de esa cabaña no tenía más muebles que una silla y una cama. Sólo había dos ventanas, la que había cerrado Marcela y otra que parecía haber sido tapiada hacía largo tiempo. La cabaña parecía haber estado abandonada durante años.
   «¿Y cómo no iba a estarlo? —pensó Mario—. Con lo que vive allá afuera, en los bosques
   Miró a su mujer que permanecía parada mirando a la puerta estrujándose las manos entre sí. Jamás la había visto tan asustada, jamás había visto a alguien tan asustado. Su mirada se desvió hacia la pierna de Marcela. Allí donde había alcanzado a agarrarla la criatura, se abría una larga herida que todavía sangraba a pesar del torniquete.
   —Ven —le dijo Mario a su mujer mientras le tendía una mano—. Ven, siéntate aquí —repitió y la condujo hacia la cama.
   Marcela se sentó a su lado. Seguía estrujándose los dedos que estaban sucios y con manchas de sangre reseca. Mario desató con suavidad el nudo de la venda atada en la pierna de su esposa y revisó la herida. Era bastante profunda y no dejaba de sangrar.
   —Voy a tener que ajustarlo un poco más —le dijo a Marcela, pero ella tenía la mirada clavada en la puerta.
   Mario miró la puerta de reojo mientras ataba la venda, había dejado de moverse, pero su calma era inquietante. Terminó de ajustar el torniquete sin que su mujer emitiera un sonido, y se acercó con cautela a la puerta. No alcanzó a oír ningún ruido detrás de ella, pero no creía que se hubiera ido.
   «Debe de estar planeando algo», pensó Mario. Se acercó a la ventana tapiada. Estaba herméticamente cerrada y tampoco se escuchaban ruidos detrás de ella.
   Se acercó entonces a la otra ventana. Corrió las cortinas con cuidado.
   Se atragantó con su propio grito. La persiana ya no estaba y sólo el débil cristal los protegía del exterior. Estaba tan oscuro que no se veía nada, pero estaba seguro de que la criatura seguía allí.
   «¿Cómo pudo sacar la persiana sin hacer ruido? —se preguntó—. Sólo no lo habríamos escuchado si lo hubieran tapado los golpes a la puerta. ¿Pero cómo podía estar en dos lados a la vez?»
   Mario miró la puerta y luego de vuelta a la ventana sin persiana, entonces se dio cuenta.
   —¡Maldición! —murmuró—. Debe de haber más de una de esas criaturas.
   Entornó los ojos, pero era imposible distinguir algo en esa oscuridad tan profunda.   
   «¿Cuánto falta para que amanezca?», se preguntó mirando su muñeca, pero su reloj ya no estaba allí, lo perdió en algún momento mientras luchaba por liberar a Marcela.
   «Marcela.»
   Se volvió hacia su mujer que seguía sentada en la cama. Sus aterrados ojos ahora estaban clavados en la ventana. Sus labios se movían, pero no eran capaces de emitir ningún sonido.
   Mario la miró con pena. Cuando la conoció, le había jurado protegerla, pero no de esto.
   «¡Dios! —se dijo—. ¿Cómo podría alguien protegerla de esto?»
   Dio unos pasos hacia ella, pero Marcela se movió hacia atrás levemente y sus ojos se abrieron aún más. Mario se volvió para mirar la ventana. Estaba abierta.
   «¿Cómo?», se preguntó y, sin pensarlo, se dispuso a cerrarla.
   Marcela, todavía sin pronunciar una palabra, movía los labios frenéticamente a espaldas de Mario que avanzaba hacia la ventana.
   Mario puso la mano en la ventana y entonces algo cayó sobre él, tirándolo al piso. Ni siquiera la notó saltar. La tenía encima, con todo su peso. Le había tomado por la muñeca, donde clavaba sus garras. La criatura, con su otra zarpa, le sostenía la cabeza contra el suelo. Un aliento cálido y fétido subió por su cuello.
   Mario sintió otro peso caer sobre sus piernas, unas garras se apoderaron de sus muslos y él ya no se pudo mover. Su mirada se dirigía, sin poder evitarlo, hacia la cama donde Marcela seguía sentada, sus ojos abiertos de terror y estrujándose las manos. Los labios de su mujer todavía se movían sin sonido y Mario, en esos últimos segundos, pudo entender lo que decían.
   —La ventana no tenía traba, no tenía traba, y entonces corrí las cortinas.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en enero de 2009. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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