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La ondina


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   —¿Cuánto tiempo dice que ha pasado ya? —preguntó Bianca.
   —Creo que diez años —contestó la vieja criada mientras continuaba lavando los platos.
   —Diez años —repitió Bianca, que estaba a su lado, secándolos—. ¿Y nunca más se supo de ellos?
   —No, pequeña.
   —Pero entonces, ¿cómo se sabe que no están muertos? —dijo Bianca.
   —Tal vez lo estén —dijo la anciana—, pero lo dudo, las maldiciones de las ondinas están hechas para durar.
   —Siempre y cuando sea cierto que ellas existan —acotó la joven.
   La vieja mujer dejó los platos por un momento y, sin levantar la mirada, emitió un largo suspiro.
   —Son más reales de lo que crees —dijo por lo bajo—, y te conviene nunca dudar de ello; al menos no lo hagas cuando es posible que ellas te escuchen. Su reina es bastante temperamental.
   —¿Cómo sabe eso? —preguntó Bianca acercándose un poco más a la mujer.
   —Sé muchas cosas, pequeña —dijo la vieja criada—, tal vez demasiadas.
   —Entonces, cuénteme, yo quiero saber todo. Especialmente la historia de ellos.
   La vieja mujer emitió otro largo suspiro.
   —Bien —dijo asintiendo lentamente—, pero no dejes los platos de lado, debemos terminar estas tareas.
   Bianca asintió enfáticamente, pero no dijo nada. Se acercó aún más a la anciana, expectante.
   —Como ya he dicho, todo comenzó hace alrededor de diez años… Esta es la historia, al menos como la conozco yo:

      Un joven se había detenido para descansar cerca de un pequeño lago. Lo miró largo rato antes de decidirse a probar suerte.
      «Dudo que haya muchos peces —pensó—. Es demasiado pequeño, y los peces también lo deben ser.»
      Utilizó una improvisada caña de pescar, metido dentro del lago con el agua hasta las rodillas. Se quedó allí durante horas.
      Cuando el día ya llegaba a su fin, junto con su paciencia, decidió salir del lago.
      «Está claro que hoy no comeré pescado», pensó.
      Pero no alcanzó a llegar a la orilla, cuando oyó un ruido a sus espaldas. Al volverse, notó un pequeño remolino en el agua, no muy lejos de donde él estaba.
      Todos sus instintos le decían que debía correr, pero la curiosidad fue más fuerte, y se quedó allí, observando. El remolino se hizo más fuerte durante unos minutos, y luego fue dispersándose a la vez que algo surgía de él.
      «Parece una persona», pensó el joven.
      Allí donde había estado el remolino, había una joven mujer. Parecía estar posada sobre el agua.
      «¡Por los dioses! —pensó el muchacho—. Es hermosa.»
      La mujer avanzó hasta el muchacho, y antes de que este pudiera reaccionar, se arrojó a sus brazos.
      —Dime que me amarás por siempre —dijo ella, con sus ojos verdes clavados en él—. Dime que me amarás por siempre.
      —Lo… lo… lo haré —alcanzó a balbucear el muchacho antes de fundirse en un beso con aquella extraña mujer.
      Tiempo después, el muchacho se despertó de repente. Estaba acostado, desnudo, sobre el césped, bajo un árbol. La mujer con la que había pasado las últimas semanas, estaba acostada al lado de él.
      —Eres tan hermosa —dijo en voz alta.
      Ella sonrió, aunque todavía tenía los ojos cerrados.
      —¿Dónde estamos? —dijo él.
      —No importa —contestó ella.
      —¿Qué día es?
      —Eso importa todavía menos —dijo ella, abriendo los ojos—. Lo único que importa es que estamos juntos.
      Ella se acercó para besarlo, y antes de que él pudiera reaccionar, ya estaban abrazados nuevamente. Pero no llegaron a consumar su amor, un ruido de pies que corrían los interrumpió.
      —¡Oh, lo siento! —dijo una joven muchacha deteniéndose de pronto, frente a ellos. Su cara se volvió morada al notar que ambos estaban desnudos—. Yo estaba… estaba… ¿saben en qué dirección se encuentra el pueblo?
      —No hay ningún pueblo por aquí —dijo la mujer—, vete y déjanos solos.
      —Perdón —dijo la muchacha—, yo sólo… perdón.
      Se volvió, y desapareció más rápidamente de lo que había llegado. El muchacho se quedó mirando el lugar donde la chica había estado parada.
      —Olvídala —dijo la mujer—, piensa en nosotros.
      El joven despertó a la mañana siguiente, bajo el mismo árbol, pero esta vez solo. Pronto recordó los eventos del día anterior.
      «¿Quién sería esa muchacha? —se preguntó—. Era muy bonita.»
      Se volvió cuando escuchó un ruido a su costado, pero era sólo un asustadizo conejo.
      «Es cierto —se dijo—. Ella mencionó un pueblo cerca de aquí. Debo tratar de encontrarlo, ya no sé cuánto hace que estoy aquí.»
      Se levantó tambaleando, se encontraba débil, y estaba desnudo. No encontró ninguna ropa para cubrirse.
      «No importa —pensó—. Si no trató de huir ahora, tal vez no lo logre nunca.»
      Caminó durante dos días enteros, antes de caer desmayado. Cuando despertó, se encontraba en una cómoda cama de sábanas limpias. Escuchó que alguien se movía a su alrededor.
      —Ya estás despierto —dijo una voz alegre.
      El muchacho movió la cabeza y vio la cara de aquella joven, era la misma que había tropezado con él en el bosque.
      —Parece que la fiebre bajó —dijo ella sonrojándose mientras le hablaba—, te encontramos en las afueras del pueblo, ¿qué te sucedió?
      —No lo sé —alcanzó a susurrar el muchacho.
      —No te preocupes —dijo ella—, puedes quedarte aquí hasta que te recuperes. La señora es muy amable y seguro podrás pagarle haciendo unos trabajos para ella.
      Las semanas pasaron casi con la misma velocidad que cuando había estado con aquella extraña mujer; pero ahora el muchacho podía recordar todos los días. Pronto, todos sus ratos libres los pasaba con aquella joven, generalmente daban paseos en el bosque cercano.
      —Es siempre hermoso por aquí —dijo ella apoyando sus manos en un árbol cercano.
      —No tan hermoso como tú —dijo él.
      Ella sonrió y se sonrojó un poco.
      —Deja de decir eso.
      —Pero es cierto —se quejó él—, y eso no es todo.
      Él se paró frente a ella, la tomó por los hombros, le dijo:
      —Significas mucho para mí, eres como el aire que respiro… te amo.
      Las mejillas de la muchacha ardieron todavía más, mientras sus labios se acercaban.
      —¡No! —dijo una voz chillona cerca de ellos.
      Los jóvenes se volvieron, una extraña mujer los señalaba con un dedo.
      —¡Tú me prometiste amarme para siempre! ¡Lo prometiste!
      El joven abrió los ojos desmesurados, aquella mujer era…
      —¡Lo prometiste! Y ahora dices que ella es el aire que respiras —los ojos de la mujer brillaban de furia—, pues bien, cumpliré tu deseo: ella será el aire que respiras, y tú serás el de ella; pero siempre y cuando uno de ustedes esté dormido. Si ambos están despiertos a la vez, morirán; si ambos están dormidos a la vez, morirán.
      La mujer desapareció segundos después, los amantes se miraron aterrorizados al notar que cada vez se les iba haciendo más difícil respirar.

   —¿Y qué pasó en ese momento? —preguntó Bianca, cuando creyó que la historia de la mujer había terminado—. ¿Uno de ellos se echó a dormir?
   La joven parecía estar al borde de la risa, pero la mirada de la anciana a su lado, evitó que se le escaparan las carcajadas.
   —Desde ese momento, uno de ellos tiene que estar dormido siempre. Sólo pueden verse, hablarse, durante los escasos minutos que logran soportar la falta de aire. Pero se dice que siguen juntos.
   —Bueno, no tienen otro remedio ¿o sí?
   La anciana la miró largamente antes de contestar.
   —No, no lo hay, al menos no hay ningún remedio que ellos deseen.
   Bianca se estremeció; pero su curiosidad aún no se había calmado.
   —Pero, ¿qué pasó con la mujer, la ondina?
   —Ella regresó al lago, siguió viviendo allí con su hermana, hasta que ésta se marchó detrás de otro mortal.
   —¿No se volvió vieja y murió? —preguntó la joven—. Creí que, según la leyenda, eso era lo que les sucedía si compartían el lecho con un hombre humano.
   La anciana, que ya había terminado de lavar los platos, se secó las manos en su delantal. Luego se acercó a una de las sillas y se sentó pesadamente.
   —Sólo si tienen un hijo de él —dijo por lo bajo—, sólo si tienen un hijo; aún cuando el bebé muera…
   La mujer se miró las manos arrugadas y marchitas.
   —Aún cuando el bebé muera, ella ya habrá renunciado a su inmortalidad, a su belleza…
   —Pues, yo no entiendo por qué alguien haría algo así —dijo la joven.
   Colocó el último plato en el estante cuando se escuchó que la llamaban del otro cuarto.
   —Yo no dejaría todo eso por un hombre —dijo Bianca antes de salir de la habitación.
   La anciana la miró mientras se iba, una dura tristeza se reflejaba en sus ojos.
   —Yo también pensaba lo mismo —dijo la vieja criada en un susurro—, yo también pensaba lo mismo.


   Este cuento se inspira en la leyenda de la ondina, correspondiente a la mitología germánico-escandinava.
   Se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en julio de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido del beso, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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