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Transformación lunática


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   La transformación había sido terrible. Aún le dolían todos los huesos, y su sangre corría como lava a través de sus venas. Gruñó por lo bajo y, luego, alzó el hocico para oler el aire a su alrededor. Había olor a humano, cerca.
   Refunfuñó en ansiedad y trató de divisar alguna sombra que no perteneciera a los árboles. Avanzó suavemente sobre las hojas, como levitando. No veía nada, no oía nada, pero su olfato era claro: había una presa cerca. Dejó que el olor de su víctima le guiara. Algo le decía que se trataba de un hombre, joven, probablemente dulce…
   La suave brisa nocturna se deslizaba sobre su lomo y sobre sus costados. Su pelaje no lo protegía como otras veces. Pero él sabía que su transformación había sido completa, lo sentía. Tal vez fuera el invierno que se había anticipado. No importaba, pronto entraría en calor. Su presa correría. A él le encantaba esa parte…
   Oyó un ruido de hojas rotas y se detuvo. Sus orejas trataron de erguirse pero las sintió tensas. Todavía no veía nada, y el sonido había sido débil, pero el aroma era fuerte: su presa estaba muy cerca. Tal vez escondiéndose detrás de alguno de los enormes árboles. Siguió avanzando y escuchó ruido de pasos, amortiguados, pero allí estaban. Avanzó con cautela, el hocico pegado al suelo.
   De repente el aroma se hizo más fuerte, justo detrás de un gran árbol. Rodeó el tronco con sigilo, y se abalanzó de un golpe. Sus dientes chocaron entre sí con una fina piel entre ellos. Una de esas pieles desmontables que usaban aquellas presas tan raras. Había muchas allí, un pilón. De ahí provenía el olor. Olisqueó alrededor, alzando el hocico al viento, pero no había más rastro que el que yacía entre sus patas. Enfurecido, aulló a la luna, oculta tras rosas nubes y desgarró aquellas pieles falsas.
   Cuando se hubo calmado, recordó que esas criaturas no solían dejar sus pieles por allí. Así que debería andar cerca. Descubrió sus colmillos en actitud amenazante y comenzó a merodear otra vez. No tardó en oír ruidos otra vez. Pasos que se apagaban cada vez que se detenía. Sus orejas todavía no se erguían con facilidad, tal vez porque aún sentía demasiado frío. Su presa parecía estar burlándose de él y aquello no le gustaba.
   Aulló a unas estrellas pálidas sin luna y se lanzó en una loca carrera. Los pasos se hacían más fuertes. El frío se mezclaba con los rasguños que le dejaban los árboles en su lomo, y sus patas se hicieron débiles. Pero siguió corriendo, lo conseguiría. El olor era lo único que era constante. Siempre cerca pero sin llegar a alcanzarlo. Corrió hasta que sus músculos dijeron basta, pero corrió un poco más.
   Llegó a un claro del bosque donde había un pequeño lago y se acercó empujado por la sed. Su lengua no había tocado aún el agua cuando vio a su presa allí, y se lanzó tras ella.
   Encontraron su cuerpo al día siguiente. Flotaba boca abajo en el lago del principal parque de la ciudad.

   —¿Qué sucedió? —preguntó un forense acercándose con su maletín.
   El jefe de la seguridad del parque le saludó brevemente.
   —Lo encontró uno de los muchachos. Hay un montón de ropa desperdigada no lejos de aquí —dijo señalando hacia los árboles—, parece ser que decidió tomar un baño a la luz de la luna.
   Ninguno sonrió mientras observaban cómo sacaban el cuerpo del lago.
   —No es la primera vez —dijo el jefe encogiéndose de hombros—, es sólo otro lunático.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en diciembre de 2009.


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