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Una casita encantadora


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   Era una casita adorable. La miraron con ojos enamorados, como se miraban el uno al otro. Hacía horas que comían en el valle, sentados uno frente al otro. Disfrutando cada bocado durante una eternidad, mientras contemplaban aquella casita perdida entre tanto verde.
   —Así me gustaría vivir —susurró ella—. En una linda casita, rodeada de verde —se volvió hacia él con los ojos llenos de luz—; sería como un enorme jardín.
   —Hermoso —murmuró él, sin saber a quién aplicaba esa palabra y decidiéndose a que se refería a todo.
   No había nadie más en aquel extenso valle. Más allá de la casita, se asomaba el comienzo de un bosque. Hacia el otro lado, lejos de la pareja sentada, estaba el camino que los había llevado hasta allí. El camino que partía del pueblo donde estaban vacacionando.
   —Tanta paz —murmuró ella y mordió una manzana.
   —Hermoso —dijo él nuevamente, mientras miraba la mandíbula de su enamorada y se prometía construirle una casita así.
   El resto del día se desvaneció ante sus ojos y pronto se vieron amenazados por la noche.
   —Deberíamos volver —dijo él con cautela, pero sin moverse.
   —Sí —dijo ella, pero tampoco se movió.
   La oscuridad se avecinaba a zancadas.
   —Ya casi es de noche —dijo él, amagando a levantarse.
   —Qué hermosas se verán las estrellas desde aquí —murmuró ella.
   Él se sentó.
   Pero las estrellas no aparecieron, la noche llegó nublada. En minutos, los enamorados alcanzaban a percibirse, pero ya no se veían.
   —Lloverá en cualquier momento —dijo él y, esta vez, sí se levanto.
   Ella se movió con pereza, pero guardó las pocas cosas que encontró en la canasta y se dispuso a seguirlo.
   Él miró a su alrededor, seguro de que el camino estaba detrás, pero antes de que pudiera decir algo, grandes gotas de lluvia caían sobre él.
   —¡Corre! —dijo haciendo caso de su propia orden.
   Ella se guio por su oído y corrió tras él, segura de que su amor la guiaría. El corría alejándose del agua, suponiendo que ella lo seguía. Por suerte, ambos corrían hacia el mismo lado.
   En pocos minutos, y sólo un poco empapados, llegaron a la casita solitaria.
   —Perfecto —murmuró ella, y él golpeó a la puerta.
   No se oían ruidos dentro ni tampoco se veían luces a través de las ventanas.
   Él golpeó de nuevo mientras ella se pegaba a su lado tratando de esquivar la lluvia. Él se cansó pronto y probó el picaporte. La puerta no estaba trabada y se abrió con facilidad. La oscuridad allí dentro era impenetrable. Ellos se miraron entre sí y ella se apegó más a él.
   —¡Hola! —llamó él—. ¿Hay alguien aquí?
   Le respondió un eco: quí, quí, quí…
   —Qué raro —musitó él.
   Un fuerte viento los empujó dentro y antes de darse cuenta la puerta se cerraba tras de ellos.
   —¿Que pasó? —preguntó ella.
   Asó, asó, asó...
   —Nada —dijo él tratando de convencerse—, fue sólo el viento.
   Tiró de ella y trató de avanzar hacia la puerta.
   —¿Donde está? —murmuró poco después.
   Stá, stá, stá…
   —¿Qué cosa? —preguntó ella.
   Osa, osa, osa…
   —La puerta —dijo él—, debería estar justo aquí.
   Quí, quí, quí...
   Él la arrastró un poco más, ella lo siguió callada; pero la puerta no apareció.
   —Caminemos un poco más —dijo él.
   Más, más, más…
   Ella lo siguió.
   —¿Ves algo? —dijo él al cabo de un rato.
   Lgo, lgo, lgo…
   —No —dijo ella apretándose más a él.
   —Bueno —dudó él.
   Eno, eno, eno...
   —Tal vez —dijo él—, deberíamos caminar otro poco.
   Oco, oco, oco…
   Ella no estaba convencida, pero caminó tras él; su amor los guiaría.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2009.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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