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El emperador - Cap III


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo III


    Diez años antes.    
  
   —Te equivocas, pequeña —dijo el Rasmus, el hechicero, mientras se inclinaba sobre el hombro de una joven mujer—. Las palabras son esas, sí; pero el orden es erróneo.
   La rubia mujer se mordió el labio inferior mientras repasaba mentalmente las palabras que tenía escritas frente a sí.
   —El orden es todavía más importante que las palabras en sí —dijo su maestro alejándose de ella para acercarse a una de las ventanas.
   Estaban en la última habitación de una de las torres más altas dentro del complejo perteneciente a la orden de hechicería. Rasmus miró por la ventana. A lo lejos, una torre casi igual e alta, se elevaba al lado de un castillo. Allí estaría el emperador en ese momento. En la cama en la cual parecía estar pasando la mayor parte de su reinado. Su único hijo había sido aislado hacía tiempo, en la parte opuesta del castillo. Todos temían que el único heredero se contagiara de la misteriosa enfermedad que acosaba a su padre. Y lo único que deseaban era que el joven príncipe se casara pronto y tuviera hijos, muchos hijos.
   —El orden lo es todo —repitió Rasmus frente a la ventana- si ordenas todo correctamente, el resto de las cosas actúan por sí solas.
   La joven mujer observó una vez más las palabras que había escrito y en seguida procedió a tacharlas todas. Luego de unos minutos, las escribió de nuevo. Rasmus se acercó a ella.
   —Ah —dijo con satisfacción—, ahora sí, ahora sí.
   La joven sonrió a su vez y se relajó sobre su asiento.
   —Eso será todo por hoy, pequeña Maja —dijo el maestro—. Debemos prepararnos para los festejos de mañana.
   —Sí, maestro —dijo Maja poniéndose de pie comenzando a ordenar las cosas que habían utilizado—. Todos están muy ansiosos, aunque me parece que algunos parecen bastantes nerviosos.
   El maestro asintió en silencio.
   —¿Cree usted que es porque el emperador no asistirá? —preguntó Maja.
   —Puede ser, pequeña, puede ser.
   —Pero, si en verdad los festejos van a ser presididos por el príncipe Erik, como dicen. ¿Cuál es el problema?
   Rasmus miró los azules ojos de Maja que lo observaban expectante.
   —Es el cambio lo que preocupa a la gente, pequeña, el cambio siempre genera incertidumbre.
   La joven asintió en silencio.
   —Lo veré mañana, entonces —dijo y salió de la habitación sin cerrar la puerta.
   Rasmus la vio alejarse y luego volvió a acercarse a la ventana. Su vista se clavó en la torre lejana mientras su mano buscaba algo en su pecho. Segundos después, un amuleto brillaba entre sus dedos.
   —El cambio es el problema —repitió—. Por eso, lo que este imperio necesita es algo que nunca cambie —apretó el amuleto con más fuerza mientras éste quemaba sus dedos—. Lo que este imperio necesita es un emperador que nunca muera.
 
   A la mañana siguiente los alrededores del castillo estaban colmados de gente. Las decoraciones hechas para las fiestas se extendían a todas las casas alrededor. Personas de distintos rangos y oficios estaban mezcladas entre sí, y muchos luchaban por acercarse a sus conocidos.
   —Hola, Maja —dijo un anciano dirigiéndose a una joven rubia de ojos azules.
   —¡Señor! —dijo Maja algo incómoda—, es un honor…
   —No, no —dijo el anciano—, nada de señor hoy, muchacha. Hoy, solamente, soy Jesper, es parte de lo que significan estos festejos, ¿sabías?   
   —Está bien, Jesper— dijo Maja sonriendo tímidamente—, sé que los festejos significaban algo distinto en los comienzos pero eso fue hace muchos años...
   Jesper soltó una sonora carcajada cuando vio que Maja se callaba de repente, con algo de rubor en sus mejillas.
   —No te preocupes, Maja —dijo palmeando el hombro de la muchacha—, ya sé que estoy viejo.
   Maja sonrió nuevamente.
   —Hay mucha más gente de la que esperaba —dijo Jesper mirando a su alrededor.
   —Creo que todos sienten curiosidad —dijo Maja.
   Jesper sonrió.
   —Sí, muchacha, todos sentimos curiosidad.
   En ese momento, se sintió como si mil trompetas sonaran a la vez. La muchedumbre se calló y miró en unísono hacia las puertas del castillo, expectante.
   Un hombre solo apareció a través de ellas.
   —El príncipe Erik —resonó una voz atronadora.
   Maja estaba lo suficientemente cerca para ver sus rasgos.
   «Es muy apuesto», pensó, y se sonrojó levemente.

 

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