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El emperador - Cap V


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo V

  
   Fanny entró en la habitación llevando una bandeja. La apoyó sobre una pequeña mesa durante un momento y cerró la puerta. Luego tomó la bandeja otra vez y se acercó al hombre que estaba en la sala.
   —Señor —dijo con la mirada baja—, su té.
   Rasmus, el futuro emperador, que observaba a través de la ventana, contestó sin volverse.
   —Déjalo allí y vete, no te necesitaré más esta noche.
   Ella titubeó unos instantes, pero no había nada que pudiera hacer. Sólo debía rogar que tomara el té. Apoyó la bandeja con cuidado y se encaminó hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano sobre el picaporte, él la llamó de vuelta.
   —Espera —dijo volviéndose hacia ella—, quédate a tomar una taza conmigo.
   —¿Señor? —preguntó ella tímidamente.
   —Ven —dijo Rasmus haciendo un gesto mientras se acercaba a uno de los sillones que había en su habitación—. Tal vez sea la edad, no lo sé, pero lo cierto es que ahora que logré mi objetivo, encuentro que no tengo nadie con quien festejarlo. —Se sentó pesadamente en el sillón y estiró el brazo para asir la tetera—. Una vez hubo una mujer a la que quise, hasta admiré; tenía cabellos rubios como los tuyos, pero… digamos que tuvimos una diferencia de opiniones.
   Había terminado de servirse el té. Tomó la taza y se recostó sobre el sillón; hizo otro gesto con la mano libre y agregó:
   —Pero basta ya de eso; ven, siéntate conmigo.
   —Pero no hay otra taza —dijo Fanny, aún vacilante.
   —Debe haber alguna usada por allí —dijo Rasmus haciendo un amplio gesto que abarcó la habitación—. Los dioses saben lo mal que hacen su trabajo los sirvientes.
   Fanny se movió lentamente. No había escapatoria, tendría que tomar una taza de té. Si tan sólo supiera qué era lo que tenía dentro. Más rápido de lo que hubiera querido, encontró una pequeña taza que contenía restos de otra bebida.
   —Vamos —dijo Rasmus—, no serás mañosa, ¿no? Ninguno de los de tu clase lo es.
   Fanny asintió y se acercó con la cabeza gacha. Se sirvió un poco de té, pero se quedó parada.
   —¡Siéntate! —dijo Rasmus señalándole un sillón frente al que se encontraba él.
   Eso fue más una orden que una invitación, y ella obedeció.
 
   «¿Por qué tarda tanto?», se preguntó Otto en su escondite.
   Si ella no regresaba pronto, él tendría que salir para ver qué pasaba. Pero ¿cómo podría saber dónde se encontrarían los guardias en ese momento?
   Otto se contuvo de dar un golpe contra la pared.  
   «Estúpida mujer —pensó—, ¿qué estás haciendo.»
 
   —Vamos, bebe —la apremió Rasmus.
   —Mi señor —dijo Fanny—, es que yo…
   —Lo sé —dijo él—, es un honor inesperado, pero no lo desperdicies. — Él se inclinó hacia ella. —Y por sobre todo, no se lo comentes a nadie.   
   Ella asintió y sorbió un poco de té. Él bebió a su vez.
   —Sabes —dijo Rasmus de repente—, esta noche estoy acosado por los recuerdos. De pronto me descubro pensando en… —se detuvo, se veía confundido.
   Dejó la taza y se miró la mano, extrañado. Luego tomó el amuleto y éste brilló entre sus dedos. Volvió a mirarse la mano.
   —Es extraño –dijo él lentamente—, pero…
   Fanny no pudo ocultar el miedo en sus ojos.
   —¡Tú! —dijo Rasmus furioso—. Tú y el té… ¿qué le pusiste?
   Rasmus intentó levantarse, pero le fue imposible. Ella tampoco podía moverse, ni siquiera para dejar la taza que aun tenía en las manos.
   —Pero… tú… también… tomaste —dijo él; cada vez le costaba más articular las palabras.
 
   «No hay otra alternativa», se dijo Otto saliendo de su escondite.
   La suerte quiso que los perezosos guardias estuvieran descansando sus ojos cuando Otto dobló por el pasillo que conducía a la habitación del emperador. La puerta estaba cerrada. Otto apoyó la oreja contra ella, pero no logró escuchar ningún ruido en el interior de la habitación. Probó el picaporte y, lentamente, abrió la puerta.
   Vio a dos personas sentadas en los sillones, una de ellas era el futuro emperador. Otto cerró la puerta tras de sí y se acercó a aquel hombre. Cuando llegó hasta él, pudo ver quién era la otra persona.
   «Estúpida mujer», pensó y le dirigió una mirada fugaz a Fanny.
   Luego concentró su atención en el hombre. Por la expresión de sus ojos se dio cuenta de que había funcionado, lo que fuera que esa bruja le hubiera dado, había funcionado. La mano del futuro emperador estaba sobre su pecho, pero sus dedos no alcanzaban a rozar el amuleto.
   Otto sonrió con satisfacción. Se acercó más a él y, con delicadeza propia de una mujer, le sacó el amuleto que colgaba de su cuello. Intentó tocarlo, pero estaba demasiado caliente. Lo colocó dentro del paño que también le había dado la bruja.
   «Sólo un hechicero puede tocarlo —le había dicho Maja—. Cuídate de envolverlo bien, y tráemelo.»
   Otto guardó el amuleto así envuelto y extrajo un cuchillo de entre sus ropas. Rodeó con lentitud al futuro emperador, disfrutando cada momento. Colocó el cuchillo contra el cuello del hombre. Entonces vio la expresión horrorizada de Fanny.
   Otto rio para sus adentros, aquello sería un plus. Clavó los ojos en el rostro de la joven mujer y deslizó lentamente el cuchillo. No se escuchó ningún ruido, pero los ojos inmovilizados de Fanny eran una canción para Otto.
   El cuchillo terminó su recorrido y Otto se acercó a Fanny, todo estaba resultando demasiado fácil. La joven lo miró con ojos aterrorizados. Otto le sonrió, pero ya no había dulzura en su expresión. De un certero golpe, la dejó inconsciente. Tomó la taza que estaba en las manos de ella, y le colocó el cuchillo en su reemplazo.
   Una vez fuera de la habitación, Otto cerró la puerta con la suficiente fuerza para que llamara la atención de los guardias y corrió a refugiarse a la vuelta del pasillo. Sólo debía esperar a que hubiera bastante confusión como para poder escurrirse fuera del castillo.
   Tanteó uno de sus bolsillos, aun a través del paño, el talismán se sentía tibio.
   «Tal vez se lo dé a la bruja —pensó—, o tal vez no. Después de todo, habrá muchos hechiceros interesados en este amuleto.»

 
 

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