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La señora Ana


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   —¿Lo ves? —preguntó Sonia en un susurro.
   —Sí —dijo Pedro mientras asentía lentamente—, pero no está solo.
   —¿Qué? —dijo Sonia alzando la voz, automáticamente se tapó la boca con ambas manos.
   —Shh —la regañó Pedro—. Hay alguien más en la habitación, pero no alcanzo a ver quién es.
   —¿Puedes oír algo? —preguntó Sonia.
   Pedro acercó más su oreja al pequeño agujero en la pared.
   —Hablan demasiado bajo —dijo—, no alcanzo a distinguir lo que dicen.
   —Entonces esperaremos —dijo Sonia—; tal vez yo pueda esperar cerca de la puerta para seguir a esa persona cuando salga.
   —¡No! —dijo Pedro entre dientes y la tomó del brazo—. Es demasiado peligroso, ni siquiera deberíamos estar aquí.
   —Pero es nuestra oportunidad de hacer algo —dijo Sonia con fervor—. ¿No quieres ser parte de la revolución?
   —Ya somos parte —dijo Pedro—, pero cada uno contribuye a su manera; todavía no puedo creer que nos hayan hecho vigilar al gran Sir Ronald, la mano derecha del rey.
   Sonia se ruborizó.
   —La señora Ana siempre dijo que nos mantuviéramos alejados de él —sostuvo Pedro.
   —La señora Ana es increíble —dijo Sonia, e intentó no elevar la voz—. Ella me ha inspirado tanto, a tomar las riendas, a luchar por mi…
   —Sí, sí —dijo Pedro dándole unos golpecitos en el brazo—, pero aun ella creía que era mejor dejar tranquilo a Sir Ronald.
   —Pero ella siempre dice que hay que tomar riesgos para vencer.
   —Aún así… espera —murmuró Pedro y se apretujó contra la pared—, creo que escucho algo…
   —¿Qué?
   —Shh.
   Sonia esperó con impaciencia.
   —Es una mujer —dijo Pedro al fin—, está con una mujer.
   Sonia lo miraba expectante, pero Pedro sólo agregó:
   —Creo que ya podemos irnos.
   —¿Qué? ¿Por qué?
   —No va a suceder nada importante —dijo Pedro—, al menos nada que tenga que ver con la revolución.
   —Pero… pero… deberíamos quedarnos, por las dudas, por si… pasa algo —dijo Sonia con poca confianza.
   Pedro la miró algo irritado.
   —Eso no tiene sentido.
   Sonia se ruborizó otra vez.
   —La señora Ana no se rendiría.
   —No nos estamos rindiendo, es que no hay nada que hacer.
   —Pero la señora Ana…
   —¿La señora Ana qué? ¿Qué fue lo que dijo? —preguntó Pedro—. Nunca eres capaz de pasar las instrucciones de forma clara. Estoy empezando a dudar de que realmente nos haya dado esta misión.
   —Debemos hacer algo espectacular.
   —¿Por qué? —dijo Pedro, que miraba a Sonia cada vez con más desconfianza.
   —Para ser héroes.
   —¿Eso fue lo que dijo la señora Ana?
   —No, no, ella no dijo eso, no dijo nada sobre…, pero eso no importa, lo que importa…
   —¡Espera! —Pedro la tomó por los hombros—. Exactamente, ¿qué fue lo dijo? ¿Cuál era la misión?
   Las mejillas de Sonia se incendiaron aún más.
   —¡Maldición, Sonia! Esto es una locura, sabía que era raro…
   —Pero ya que estamos aquí.
   Las voces del otro lado se hicieron más fuertes.
   —Olvídalo —dijo Pedro—. Vámonos.
   —No —dijo Sonia.
   —Bien, haz lo que quieras —Pedro la apartó de su camino—. Estoy dispuesto a ayudar a la revolución —dijo antes de irse—, pero no estoy preparado para morir por ella.
   Sonia se quedó sola y se acercó al agujero en la pared; tuvo que ponerse en puntas de pie para poder apoyar la oreja sobre él. Las voces se estaban acercando, rápidamente se hicieron más nítidas.
   —Es tan fácil —se escuchó decir a la mujer—; esos chiquillos llenos de hormonas e ideales, dispuestos a hacer lo que les pida.
   —Y tú —dijo el hombre—, tan dispuesta a pedirles cosas.
   Ambos rieron quedamente.
   Sonia se quedó congelada. Conocía aquella voz, esa voz era la que más amaba en el mundo. Cuando alcanzó a reaccionar, las voces ya no hablaban y sólo se oían confusos ruidos de besos y caricias.
   Saltando con torpeza, Sonia trató desesperadamente de ver algo a través del agujero; pero aún cuando pudiera llegar a él, era tan pequeño que no se podía distinguir nada del otro lado.
   Se quedó otro minuto contemplando el agujero y luego salió de su escondite y dio la vuelta al edificio, hacia la entrada principal.
   —Debo saberlo —murmuraba para sí—, debo saber si es ella.
   La puerta estaba cerrada y, por suerte, no había nadie alrededor. Aunque eso no era una sorpresa, era una noche sin luna y estaban a mitad del invierno. Sonia se abrazó a sí misma con fuerza, tratando de entrar en calor mientras buscaba un lugar donde esperar.
   Caminó durante varios minutos, sin dejar de mirar cada tanto hacia la puerta, pero ésta no se abrió. Tampoco fue capaz de encontrar un lugar donde esconderse y desde el cual fuera capaz de vigilar aquella puerta.
   Finalmente, decidió sentarse junto a unos barriles que estaban a unos metros de la entrada y que la protegerían un poco del viento que se había levantado.
   —Debo saber si es ella —dijo para sí mientras se sentaba—, así que esperaré. Después de todo —sonrió—, fue ella misma quien me enseñó el valor de la paciencia.
   Pasaron varias horas y la sorpresa y el enojo de Sonia se fueron convirtiendo en esperanza.
   «Tal vez —pensaba—, tal vez sólo esté haciendo esto para conseguir información. Tal vez todo esto sea en beneficio de la revolución. Tal vez no estuviera hablando de nosotros. O tal vez sí, tal vez estaba fingiendo para conseguir la confianza de Sir Ronald. Tal vez…»
   La puerta seguía sin abrirse y la noche se prolongaba en un intenso frío. Pero Sonia continuaba tejiendo sus pensamientos mientras movía los dedos ateridos en un intento de que no se le congelaran.
   De repente, sintió que alguien la sacudía.
   —Sonia —susurró una voz de hombre.
   Ella se sobresaltó. Pedro estaba a su lado.
   Todavía era de noche. Miró hacia la puerta, seguía cerrada. Pero ella se había dormido, ¿cuánto tiempo había pasado dormida? ¿Se habría abierto la puerta mientras ella soñaba?
   —Sonia —dijo Pedro—, ¿qué estás haciendo aquí? Estás congelada, te vas a enfermar.
   —Debo saberlo —murmuró Sonia—, debo saber si es ella.
   Pedro puso la mano sobre la frente de la joven.
   —Parece que tienes fiebre, seguro te enfermarás; ven conmigo —la tomó de los hombros, tratando de hacerla levantar.
   —No, no —dijo Sonia—, debo saberlo, debo saber si es ella.
   —¿De qué estás hablando?
   Sonia miró hacia la puerta.
   —Ya no hay nadie allí —dijo Pedro.
   —¿Qué? —dijo Sonia con un hilo de voz.
   Pedro la rodeó con los brazos y logró ponerla de pie.
   —Primero te busqué en el escondite, y ya que estaba allí, me fijé. Sir Ronald se fue, la habitación está vacía; se habrán ido en algún momento de la noche.
   —No —susurró Sonia, y perdió el equilibrio.
   Pedro la cargó en brazos.
   —Niña tonta —dijo, pero Sonia ya no lo escuchaba—, quedarte aquí sola, en el frío. ¿Para qué? ¿Para morir como una heroína? Ja, heroína...
   Siguió murmurando sus quejas hasta que llegó a una gran casa blanca, la única que todavía tenía luces encendidas. La puerta se abrió antes de que él llamara.
   —Aquí está —dijo Pedro llevando a Sonia en brazos—. Aquí está, señora Ana, estaba frente a la puerta, congelándose.
   —Muchas gracias, Pedro —dijo con una sonrisa la señora Ana—. Ven, preparé una habitación para ella.
   Pedro la siguió.
   —Creo que tiene fiebre, estaba diciendo algo sobre que tenía que saber si era ella —dejó a Sonia sobre la cama—. Creo que hablaba sobre la mujer que estaba con Sir Ronald. Es eso, o está delirando.
   —¿Pero tú no la viste, a esa mujer? —preguntó la señora Ana, sus ojos concentrados en Pedro.
   —No, señora, como le dije antes, apenas noté que había algo raro en esa supuesta misión, me fui de allí. ¿Qué iba a hacer? Sir Ronald probablemente sólo estaba divirtiéndose con alguna de las damas de la corte.
   La señora Ana lo miró con fijeza durante algunos segundos más y luego su rostro rompió en una sonrisa.
   —Bien —dijo con dulzura—. Ahora déjanos solas; yo me ocuparé de Sonia. Sé exactamente qué hacer con ella.
   Pedro salió de la habitación y vio cómo la señora Ana cerraba la puerta.
   —Espérame en la sala —dijo la señora Ana—, todavía hay algo que quiero hablar contigo.
   Pedro asintió y se dirigió hacia la sala, sólo se volvió una vez a mirar la puerta de la habitación donde había dejado a Sonia.
   «Niña tonta —volvió a pensar Pedro—, quedarse allí congelándose. Tiene suerte si llega a sobrevivir.».


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en abril de 2009. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del invierno, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido del beso, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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