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Don Cosme, el viejo


Cuentos_logo
 
   Todas las mañanas iba a visitarlo. El camino no era largo, pero el ascenso resultaba penoso en verano. Y el viejo vivía en la mismísima cima de la colina. Noelia resopló y se limpió el sudor de la frente. Esa vez llevaba además una canasta con comida para darle al anciano. Su marido siempre le decía que se esforzaba demasiado, que no era su obligación visitarlo todos los días.
  —Es parte de mi trabajo como mujer del párroco del pueblo —replicaba ella—. Además, él pobre está tan solo…
  El sudor le empapaba la espalda, pero ella no aminoró el paso. Sabía que si se detenía un minuto, ya no llegaría a la cima. La alcanzó poco después y sonrió cuando vio que el viejo la esperaba en la entrada de su cabaña, sentado sobre un viejo tronco. Noelia se acomodó el pelo y se limpió el rostro, dejando solo una sonrisa.
  —¿Cómo está hoy, don Cosme? 
  El viejo la miró fijamente, pero no dijo nada, nunca lo hacía. Sus ojos, de un celeste casi blanco, la siguieron cuando ella entraba en su casa. No hizo ningún esfuerzo por ayudarla mientras ella acomodaba sus regalos, ni tampoco se los agradeció. Noelia nunca lo había escuchado hablar.
  —Hoy le he traído una sorpresa, don Cosme —la esposa del párroco sonrió mientras sacaba una bandeja cubierta del canasto—. Una tarta de frambuesas solo para usted. Es pequeña, pero la hice así para que no se le arruinara.
  Como siempre, el viejo no apartó la vista de ella, ni siquiera por la tarta. Después de acomodar la comida, Noelia miró a su alrededor y trató de limpiar y ordenar un poco. Nunca se quedaba mucho tiempo, el olor era fuerte en la cabaña, y la compañía del viejo se volvía inquietante con el correr de los minutos.
  —Bien —dijo luego de un momento—, creo que esto es todo por hoy, volveré a visitarlo mañana.
  Avanzó hacia la salida, pero el viejo no se apartó.
  —Permiso, don Cosme.
  El viejo dio un paso hacia adelante, ella retrocedió.
  —Por favor, don Cosme. Solo debe correrse un poco…
  El viejo la empujó dentro y cerró tras de sí una puerta que Noelia nunca había visto.
  —¡Don Cosme! ¿Qué…? .
  El viejo la acorraló contra una pared y clavó los ojos en ella. Noelia trató de apartarse, pero aquellos dedos nudosos le atenazaban las muñecas.
  Cerca del mediodía, el párroco se preocupó por la ausencia de su esposa y fue a buscarla en el último lugar donde sabía que había ido.
  Todavía resoplando, se acercó al viejo sentado en un tronco al lado de la puerta. Las preguntas fueron vanas.
  Cuando ya se iba, escuchó ruidos dentro de la cabaña. Una mujer anciana se afanaba en la cocina. Cuando ésta se volvió, el párroco vio sus ojos blancos como la leche.
  Se fue murmurando un adiós. No recordaba que el viejo tuviera una esposa y Noelia nunca lo había mencionado, estaba casi seguro de eso.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en enero de 2011.


Este cuento forma parte del recorrido del verano, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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