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El beso


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   Era como siempre lo había soñado. Ella estaba acostada sobre la hierba, en el vasto patio que constituían los alrededores de la granja del abuelo. Sentía el frío húmedo de las pequeñas hojas acariciando su espalda desnuda, mientras el sol de la tarde le bañaba el rostro y los hombros.
   Y entonces habría un eclipse, uno personal y muy esperado; él se alzaría sobre ella, tapando el sol y reemplazándolo con su sonrisa. Poco a poco se acercaría a ella, con las brisas de su respiración sobre los ojos, las mejillas, la boca. El corazón se le comprimiría a la espera de su primer…
   Ella bajó los párpados y entreabrió los labios. La presión en su pecho estaba volviéndose insoportable. No podía respirar. La urgencia se expandía a su garganta, sus oídos. Los párpados estaban pesado, la nariz tapada. El aire sencillamente no estaba ahí. Se aferró al pasto a sus costados, estaba húmedo y helado, se resbalaba entre sus dedos. Tuvo que clavar las uñas en la tierra, pero no le dolió, lo único que sentía era el ardor en la garganta y en el pecho.   
   Los labios de él volvieron a presionarse contra los suyos, pero no eran tiernos ni amorosos, sino urgentes y ansiosos y atropellados y exigentes.
   Tosió con fuerza, los oídos estallaron y vomitó agua.
    —Vamos, reacciona —escuchó a lo lejos, pero no podía abrir los ojos.
    Sentía el calor del sol sobre los párpados, y eso hacía que el resto de su cuerpo pareciera más frío. Y allí estaban los labios otra vez, presionando sobre los suyos.
    —No, no, —ella apartó la cara, o creyó hacerlo, casi no podía moverse.
    Vomitó otra vez. El agua del lago, lo supo. Reconocía su sabor, su olor, de todos los veranos pasados en la granja del abuelo. Solía bañarse en él…
    La presión en el pecho otra vez, y luego los labios.
    —No —dijo ella—, así, no. —Lo pensó, lo murmuró, lo susurró.
    Así no se suponía que tenía que ser.
    —Vamos, vamos.
    La voz la presionaba y unos dedos recorrían su rostro.
    —Despierta.
    Ella abrió los ojos, el sol enmarcaba como aureola el rostro de un muchacho desconocido, muy diferente del que creía que sería su primer beso.
    —Así no tenía que ser —susurró una vez más antes de quedarse exhausta.
    Lo último que vio fue la sonrisa de un hombre desconocido, el que le dio su primer beso.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en julio de 2013.


Este cuento forma parte del recorrido del verano, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido del beso, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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