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Luchando contra la marea


Cuentos_logo
 
   El mar zarandeaba el bote. Sin piedad. Sin pausa.
  Toda aquella agua salada se convulsionaba como un solo cuerpo. Cada gota que caía del cielo abría una herida en aquel enorme y azul animal enloquecido.
  Lisandro se aferraba como podía a la frágil madera. Boca abajo en el bote. Los ojos cerrados, los nudillos blancos. Murmuraba para sí tratando de ignorar la batalla que se desarrollaba a su alrededor. Brazos y piernas extendidas. Aferrado como un chimpancé. Varias veces sintió que volaba, que daba vueltas. Perdió la noción de cuál era el agua que lo rociaba.
  La tormenta se había desatado pasada la media noche y, luego de unas horas, Lisando pensó que ya nunca más amanecería. Los rugidos lastimaban sus oídos, pero no podía protegerlos. Murmuró con más ímpetu. No sabía qué, sólo palabras inconexas. Sólo una voz humana en medio de aquella locura.
  Esa tarde, en el puerto, le dijeron que no debía salir, pero hacía días que no tenía pescado para vender. Y Juancito necesitaba ir al médico, la fiebre no bajaba.
  Lisandro llevó a Juancito, el menor de sus cinco hijos, al médico, un buen hombre que le fio la consulta. Pero no podía regalarle el remedio. Juancito necesitaba el remedio.
  Ya estaba oscureciendo cuando Listando regresó al puerto. Sólo un par de viejos quedaban allí, sentados en un rincón. Miraron a Lisandro en silencio. Movieron la cabeza con desánimo cuando le vieron preparar el bote. Y lo dejaron partir en el olvido.
   Lisandro también vio las nubes que se aproximaban, pero Juancito necesitaba el remedio. Se hizo a la mar. Y había tenido suerte hasta que las nubes le alcanzaron.
  Horas después todavía bailaba en el mar, aferrado a su bote. La ropa estaba tan empapada que ya no la sentía. Bajo su estómago, estaban los pocos pescados que había logrado conseguir. Si es que todavía estaban en condiciones de ser vendidos, sino los comerían. Juancito también tendría hambre.
  La tormenta aulló su derrota muchas horas después. Pero pasó todavía más tiempo hasta que Lisandro pudo despegarse del bote. Lo primero que vio fue que algunos pescados todavía podían ser útiles. Pudo ver porque el sol ya estaba alto, quemando el aire. Lisandro miró a su alrededor. No se divisaba el puerto. Solo horizonte por todos lados.
  Murmurando para sí, tomó una decisión. Buscó el remo… que no estaba. Entonces se quedó sentado allí, todavía murmurando.
  El sol estaba muy fuerte, y su vista se nubló. Decidió cerrar los ojos unos minutos mientras pensaba qué hacer.
  Un barco pesquero lo encontró pasado el mediodía. Encogido en el bote, murmurando con los ojos cerrados. Uno de los marineros más viejos dictaminó fiebre. Y lo subieron al barco. Subieron el bote también; se quedaron con el pescado.
  Llegaron al puerto casi al anochecer. La mujer de Lisandro, que rondaba por allí desde hacía horas, logró que llevaran a su esposo hasta su casa. Y que lo pusieran en la cama, junto a Juancito.
  Ella llamó al médico, pero él ya había fiado una vez, y no podía regalar el remedio.
  La mujer decidió dejar a su esposo y a sus hijos al cuidado de Pablo, el mayor de ellos. Y fue al mercado.
  Avanzó entre la gente, pidiendo a uno, pidiendo a otro. Una frágil voz entre la multitud, pero Juancito y Lisandro necesitaban el remedio. Y ella murmuraba para sí, con los brazos extendidos, mientras una marea de genta la zarandeaba. Sin pausa. Sin piedad.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en noviembre de 2009.


Este cuento forma parte del recorrido del anochecer, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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