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Rompecabezas de ensueño


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   Era el rompecabezas más grande que había intentado armar: diez mil piezas. Había tenido que comprar una mesa donde poder armarlo, una mesa que ocupaba casi todo el comedor.
  Hacía meses que colocaba las piezas pacientemente, pero el paisaje que se estaba formando era tan hermoso que cada minuto valía la pena. Anocheceres convertidos en madrugada lograron armar el marco externo. Ahora, cada segundo libre era utilizado para llenarlo; fines de semana enteros, con sus noches.
  ¡Qué hermoso sería cuando estuviera terminado! Ya hasta había elegido la pared donde colgarlo. Sería un mural en su habitación. Dormiría todas las noches contemplando aquel maravilloso paisaje y tal vez soñaría con él. ¡Oh, sí, ojalá entrara en sus sueños y permaneciera allí! Podría vivir feliz entre aquellos árboles, aunque fuera en la tierra onírica, aunque fuera solo con los ojos cerrados, aunque fuera no más que un recuerdo de cada amanecer.
  Una noche llegó el momento esperado. Quedaban menos de veinte piezas, y las manos le temblaban cada vez que colocaba una. Diez piezas restantes, y la figura que paseaba en el medio de aquel paisaje estaría completa. Sería como reencontrarse con un amigo. Lo había observado tantas veces en la tapa de la caja del rompecabezas. Un rostro triste en el centro de aquella escena maravillosa. ¡Cuántas veces se había preguntado el porqué de esa tristeza! Ella estaría tan feliz si estuviera entre aquellos árboles, si pudiera acercarse a ellos aunque fuera una sola vez…
  Quedaban cinco piezas, una nariz, una boca y dos ojos. Se le resbalaban entre los dedos y tuvo que agacharse varias veces para buscarlas por el piso. Una se había escondido detrás del modular, otra rodó debajo de un sillón, una tercera casi escapa hacia el balcón. Una fría tenaza comprimió su estómago cuando vio ese pedacito de cartón plastificado ir rebotando alegremente hacia el balconcillo. Había llegado justo a tiempo. Su mano se cerró sobre la huidiza pieza justo antes de que llegara una brisa. Entró de vuelta al comedor y cerró el acceso a aquel pozo que casi destruye sus sueños.
  Tuvo que respirar profundamente repetidas veces para dejar de temblar. Avanzó hacia la mesa para colocar la anteúltima pieza y hasta creyó oír un diminuto clic. Cerró los ojos y reprimió una sonrisa: ya solo quedaba una, solo una. Su mano no dejaba de temblar y tuvo que utilizar ambas para sostener la pieza y lograr colocarla en su lugar. No podía hacerla encajar, la tenaza volvió a su estómago. ¡No podía ser que no entrara! Era la única pieza que quedaba, la última. Se mordió el labio mientras daba vueltas la pieza en todos los sentidos posibles, pero aquella salvaje no quería entrar.
  «Son solo nervios», pensó y cerró los ojos otra vez, intentando calmarse.
  Recorrió el último hueco con los dedos, acariciando sus bordes. Imaginó la pieza encajando allí perfectamente, naturalmente… pero no, ¡no entraba! Dio un salto hacia atrás, con la pieza aferrada entre las manos. El paisaje inconcluso la observaba bajo la luz de un sol naciente que se filtraba a través de las cortinas.
  —No puede ser —murmuró—. El resto de las piezas están bien, lo sé.
  Miró a la pequeña rebelde en su mano, tenía la forma correcta, entonces ¿por qué no entraba? Un ruido la sobresaltó, miró extrañada a su alrededor, luego se dirigió a su dormitorio y apagó el despertador. Pronto debería ir al trabajo, pero todavía tenía tiempo y solo le quedaba una pieza, solo una.
  Se acercó nuevamente al rompecabezas, la mano le transpiraba y el cartón le daba leves pinchazos en la palma. Lo volvió a intentar: para un costado, para el otro, dándola vuelta, y vuelta otra vez. Saltó hacia atrás mesándose el cabello.
  —¡No puede ser! —gritó y contuvo las lágrimas.
  Miró impotente al maléfico paisaje y huyó hacia la cocina. La cafetera estaba completamente vacía y el último paquete de café yacía moribundo sobre la mesada.
  «Estoy demasiado cansada», pensó. «Necesito descansar unos minutos.»
  Llegó al dormitorio sin darse cuenta y se tiró sobre la cama. No escuchó el teléfono ni el celular que sonaron repetidamente durante todo el día. Despertó cuando ya era de noche, desorientada. El número que titilaba en el reloj despertador la desconcertó, pero cuando recordó lo que había sucedido, empujó todas las demás preocupaciones de su mente y fue a terminar la batalla con aquella pieza.
  La encontró donde la había dejado: sobre el rompecabezas incompleto, cubriendo parcialmente el último hueco. Se acercó a ella y presionó y presionó y presionó… La pieza aún se resistía. Observó el paisaje completo en la tapa de la caja. Le resultaba extraño, como si no lo hubiera visto en verdad antes, como si… ¡era el rostro! ¡Ahora estaba sonriendo! Una sonrisa malévola desde un paisaje agobiante.
  Sacudió la cabeza. Respiró hondo. Volvió a mirar. Allí seguía, un rostro sonriente la desafiaba. Ella miró la última pieza que le quedaba en la mano y el espacio vacío. Con férrea determinación lo intentó otra vez… ¡Maldita pieza! No quería entrar.
  Le pareció escuchar un ruido que provenía de la caja. ¿Acaso ese bendito rostro se estaba riendo? Ah, no, eso no era aceptable. Fue a la cocina a preparar lo último que quedaba de café. Ignoró el teléfono que volvía a sonar. Tenía una larga noche por delante, lo sabía, pero ella sería la vencedora.
  —Ya lo verás —murmuró mientras oía la risa que provenía del comedor—, pondré esa pieza así sea lo último que haga en mi vida.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2010. Un tiempo después, fue traducido al francés, puede leer más aquí.


Este cuento forma parte del recorrido del anochecer, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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