Buscar este blog

* indicates required
Sí, te estás suscribiendo a mi lista de mail, pero no te preocupes, yo también odio el spam. Además, puedes desuscribirte cuando quieras.

Solo un sueño


Cuentos_logo
 
   El salón refulgía, como si estuviera adornado con miles de diamante de variados colores. O tal vez se veían así porque ella no dejaba de girar y girar entre esos brazos tibios que la sostenían como sus propias piernas nunca lo habían hecho antes.
   El baile era magnífico. Había allí gente de todo el reino, y de otros también. Ella había visto tantas caras nuevas que ya no recordaba ninguna, solo la que tenía enfrente. Ese rostro estaba a unos pocos centímetros de ella y era uno que nunca había esperado tener tan cerca. El príncipe le sonreía mientras los hacía girar por el enorme salón. Las demás parejas se movían para abrirles camino a su paso, y ellos giraban con ligereza a través de todo el salón.
   Ella no sentía nada, nada más que el brazo que aferraba su cintura, que la mano que sostenía sus dedos con delicadeza y los pies que rozaban los suyos, apretados en esos zapatos nuevos, y que nunca la pisaban.
   Vio la sonrisa del príncipe acercarse y de repente sintió pavor. Si bien era hermosa, por algún motivo, no quería que esos labios rozaran los suyos.
   Lo empujó, se liberó de su abrazo y soltó su mano.
   Salió corriendo entre los gritos de los asistentes del baile. La voz del príncipe se ahogaba entre ellos y ella no escuchó nada. Corrió hasta que ya no hubo gente a su alrededor. Una leve corriente de aire fresco le decía que estaba cerca de una salida y se apresuró hacia allí. Corrió mientras bajaba los escalones, se torció el tobillo y se le rompió un tacón. Corrió un poco más y lo que quedaba del zapato se le salió del pie.
   Se detuvo.
   Estaba aterrorizada. No porque el príncipe la encontrara, sino porque lo hiciera e intentara besarla. No quería ese beso. Reprimió un grito ahogado y siguió corriendo.
   Escuchó pasos agitados a su espalda y apresuró el paso, ya solo quedaban algunos escalones. Saltó los últimos y el pie se le clavó en una piedra. Sofocó un chillido y se agachó para sostenerse el pie. Estaba húmedo. Cuando separó las manos para observarlas vio que estaba sangrando. Se cayó hacia atrás, le faltaba la respiración.
   Todavía se escuchaban los pasos, pero ella solo tenía oídos para su propia respiración, sentía el terror de esa sangre. Notó un agudo pinchazo en el dedo, también estaba sangrando. Se miró la mano y vio el anillo, aunque no la sangre. Perdió la respiración. La sangre no estaba; sin embargo, lo había estado, en su fiesta de cumpleaños, cuando había bailado con aquel príncipe.
   Se llevó las manos a la boca y se rozó los labios. Cerró los ojos con fuerza. Eso había ocurrido hacía mucho tiempo, no sabía cuánto. No importaba que los pasos se acercaran, no eran reales, ella estaba dormida. Llevaba durmiendo tanto tiempo que ya no se acordaba. Solo podía soñar con el baile, el príncipe y el beso.
   Ahora recordaba por qué la asustaba tanto. Porque había pasado y desde entonces ella dormía, dormía eternamente hasta que se lo devolvieran.
   Los pasos ya no se acercaban. Estaba sola al final de las escaleras. Oía el baile en los salones del palacio, el palacio de su padre, su fiesta de cumpleaños. La que había anticipado durante tanto tiempo y ahora revivía a cada rato. Había planificado ese festejo durante meses, tal vez durante años. Inclusive había ayudado a coser su propio ajuar. Era la fiesta en la que dejaría de ser una niña, se convertiría en mujer y podría reír como su madre mientras giraba por el salón de baile.
   Aquella noche llegó clara y cálida. Todo el reino estaba presente y todos la querían a ella tanto como ella a su reino. Pero quien llamó su atención fue un príncipe de otro lugar. Si bien no reconoció sus ropajes, su sonrisa era de ensueño y sus manos estaban tan cálidas que le abrasaban la piel a través del vestido. Había bailado con él casi toda la noche, canción tras canción, sin cansarse, sin querer detenerse. Deseaba que el salón cubriera kilómetros y kilómetros solo para que ella pudiera seguir girando.
   Pudieron pasar años desde la primera vez que viera a aquel extraño príncipe y que dieran el último baile antes de alejarse hacia una de las mesas donde todavía quedaba algo de comida y bebida. Ella se sentó de inmediato, para poder descansar los pies; él la animó a apartarse otra vez y acercarse a los jardines, allí donde comenzaba el inmenso laberinto verde.
   El lugar estaba tan iluminado que era como si fuera de día. Por allí merodeaban varias parejas que habían dejado el baile tiempo atrás. Ellos dos se internaron en uno de los rincones más apartados. En ese lugar había un pequeño banco donde se sentaron.
   Estaban tan cerca que sus rodillas se pegaron unas a las otras. Ella bajó la mirada hacia sus manos. Se acomodó el vestido y sintió un pinchazo, la sangre comenzó a salir con prisas. Él tomó su mano y acarició su dedo con los labios hasta que ya no sangró. Ella volvió a bajar la mirada hacia su regazo, donde latían sus manos.
   Él se acercó un poco más. El aire a su alrededor había perdido la frescura de la noche y ardía con toda la intensidad de un amanecer. Cuando ella volvió a levantar el rostro, los labios de él cayeron sobre los suyos. Ella cerró los ojos y abrió la boca un poco, sintió el aliento de él y después cómo ella perdía la respiración.
   Notó un fuerte resplandor a través de los párpados y, sobresaltada, se separó de él y abrió los ojos. Ya no estaban solos. Había una extraña mujer a su lado. No la reconocía.
   La mujer rio.
   —Oh, mi pequeña princesa, me temo que ha llegado la hora.
   Se escuchó un grito ahogado. La princesa se dio la vuelta para ver a su madre caer en los brazos de su padre. Estaba lleno de gente a su alrededor.
   —Mi pequeña princesa —repitió la mujer—. ¿Qué es eso en tus labios? ¿El sabor de tu primer beso? Ahora es de mi hijo y de nadie más. Dormirás hasta que se te devuelva.
   —No, por favor —intercedió su padre—, ella es tan joven.
   —Y lo seguirá siendo. Será joven por una eternidad. Al igual que mi hijo, mientras él posea su primer beso. Su primer beso de mujer.
   El príncipe seguía sentado frente a la princesa. Ella lo miraba con ojos llorosos, él solo tenía ojos para su madre.
   —Por favor —repitió el monarca—, castígame a mí, yo fui el que olvidó invitarte.
   La reina se aferraba a su marido.
   —Ah, mi querido rey —el hada se volvió hacia él—, te estoy castigando a ti.
   La reina, en un impulso, abandonó a su esposo y corrió hacia su hija. Llegó a ella cuando ésta ya cerraba los ojos.
   —Mami, tengo mucho sueño.
   La madre sollozó y la apretó entre sus brazos. Ella se deslizó dentro del sueño, donde todavía escuchaba las voces de la fiesta. Y por un momento creía estar todavía dando vueltas en los brazos del príncipe. Hasta que sentía el beso y el agudo dolor en el dedo. Y la sangre, la sangre que corría por su mano. Podía sentir el regusto en sus labios, en su lengua. Quiso sacarse ese sabor de la boca, pero no podía despertarse.
   Siempre volvía a soñar con la fiesta, la fiesta y el baile, la fiesta y el príncipe, la fiesta y el beso. Se removió en sueños e intentó abrir los ojos que ya tenía abiertos, no podía. Lo único que veía era la fiesta, lo único que oía eran los sollozos de su madre, que se alejaban más y más, y lo único que sentía era el beso en su boca, el beso con sabor a sangre.
   Ella estaba consciente de que dormía y de que lo había hecho durante mucho tiempo, si bien no cuánto. Solo sabía que debía seguir soñando hasta que le devolvieran su beso, su primer beso de mujer. Sin embargo, cada vez que los labios del príncipe se acercaban ella, salía corriendo, aterrorizada. Era imposible saber el tiempo transcurrido porque siempre se veía igual. Eternamente joven, eternamente dormida.
   Los acordes de las canciones sonaron otra vez y ella supo que el baile comenzaba. La música la llamaba. Su príncipe la estaría esperando. Se llevó los dedos a los labios y se secó la saliva.
   Sentía ganas de dormir. ¿Cómo podía ser que tuviera sueño cuando estaba dormida? Tal vez porque en los sueños podía pasar cualquier cosa. La música la fue adormeciendo y ella a duras penas llegó a su habitación antes de perder la fuerza en todo su cuerpo. El baile seguiría allí cuando quisiera ir.
   Se recostó en la cama antes de cerrar los ojos. Oía el sollozo lejano de su madre y ya casi nada la música, aunque sí voces y voces. Casi tantas como en el baile, risas y risas como si a nadie le importara que ella estuviera durmiendo. El sollozo de su madre ya solo era un recuerdo. Las voces estaban más cerca y también sintió un calor que se aproximaba a ella, casi como el del príncipe. Sintió que el ardor se reunía en su frente y notó el roce de unos labios.
   El beso la sobresaltó y se incorporó de golpe en la cama. La risa llenó sus oídos, era una risa conocida, una risa que la tranquilizaba. Enfocó los ojos en el origen de ese sonido.
   —Lamento haberte asustado, hija —él le rozó la mejilla—, solo quería despedirme de ti. Me voy de viaje por trabajo durante unos días. —Le acarició la frente—. Vuelve a dormirte, todavía es muy temprano.
   Ella volvió a recostarse; no obstante, no cerró los ojos. Observó cómo su padre le dedicaba una última sonrisa antes de abandonar la habitación. Ella se quedó en la cama hasta que salió el sol.
   ¿Qué había sucedido con el sueño? ¿Había cambiado luego de tantos años?
   No se movió hasta que escuchó ruidos en la parte de abajo de la casa. Ese lugar era a la vez conocido y extraño. Se levantó y dio unos pasos. El pie no le molestaba.
   «Solo fue un sueño», se dijo y le aterrorizó pensarlo. Esta no era su verdadera vida ¿no? Ella era una princesa.
   Salió de la habitación y chocó contra una mujer que la agarró por los hombros y la sacudió.
   —¿Qué haces todavía durmiendo? ¿Es que no vas a preparar nuestro desayuno?
   La arrastró hasta la cocina. Allí había otras dos jóvenes de su edad. Reían de forma descabellada y no se volvieron a verla. La mujer la empujó hacia las hornallas.
   —Ve a preparar el desayuno. ¡Apúrate! Tenemos un día muy agitado. La modista estará aquí pronto, tus hermanas quieren vestidos nuevos para el gran evento.
   Ella, parada frente a la cocina, de repente supo qué era lo que debía hacer. Sus movimientos eran automáticos mientras preparaba la comida. Las voces a sus espaldas se parecían a las del sueño, palabras y palabras en un torrente sin sentido, abrumador.
   Después del desayuno, la empujaron hasta la sala para que limpiara. Sus hermanas recibirían a la modista allí.
   «Pero no son mis hermanas, no en realidad», dijo para sí mientras sacudía el polvo del piso y de los muebles.
   Todavía seguía fregando alrededor de ellas mientras la modista tomaba las medidas. Las jóvenes ya habían elegido las telas.
   —No escatimaremos en gastos —dijo la mujer mientras se pavoneaba al caminar por el salón—. Es el baile real —sonrió y la princesa dejó caer lo que tenía en las manos. La mujer se volvió con los ojos entornados—. ¡Ten más cuidado!
   —¿Un baile? —murmuró ella.
   —Sí —dijo la ayudante de la modista, una muchacha joven—, el baile real. Dicen que el propio príncipe buscará allí esposa.
   La modista le hizo una seña para que se callara.
   —Y seré yo —dijo una de las hermanas.
   —No, seré yo —aseveró la otra.
   Ella se llevó los dedos a los labios.
   «Un baile. El príncipe. —Cerró los ojos. —El sueño.»


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Reescribe un cuento de hadas clásico.


Este cuento forma parte del recorrido del beso, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El respeto es algo que nos beneficia a todos.