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En el altillo


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   Era un altillo lúgubre y frío. Silvana buscó un interruptor en vano. Estaba muy oscuro, aunque la luz de un sol de mediodía trataba de filtrarse por las sucias ventanas. Silvana entornó los ojos, pero todo era sombras a su alrededor. Sombras de diferente tamaño y espesura.
   Abajo, a lo lejos, se escuchaba la voz del agente de la inmobiliaria hablando por teléfono. Silvana estuvo a punto de cerrar la puerta, pero algo le llamó la atención. Había captado un movimiento, pero al fijar la mirada en aquel punto todo estaba quieto.
   —¡Señora López! —gritó el hombre que estaba en la planta baja—. ¡Lo siento, pero debo volver a la agencia!
   —Ya bajo —contestó Silvana, pero no se movió.
   —No hace falta— gritó el hombre—, dejaré la puerta abierta, trábela antes de irse y llámeme.
   —¡Está bien! —dijo Silvana.
   —¡Buenas tardes! —dijo el hombre.
   Minutos después Silvana escuchó un leve portazo. Ella seguía mirando las sombras, sin animarse a entrar. Amagó a cerrar la puerta, y allí estaba otra vez, esa sensación de que algo se había movido. Al fin, Silvana dio un paso y se inclinó hacia delante Todo estaba inmóvil. Silvana miró a su alrededor sin soltar el picaporte de la puerta.
   «¿Qué guardarán aquí? —se preguntó arrugando la nariz—. Todo huele a polvo y vejez. Ni siquiera hay luz. Deberían tirarlo todo.»
   Volvió a enderezarse y miró a su alrededor otra vez. Suspiró: en realidad no era tan malo. El alquiler era más barato sólo con la condición de dejar algunas habitaciones en paz, incluido el altillo. De todas formas, ella no lo necesitaba.
   Estaba a punto de cerrar por tercera vez la puerta cuando allí estaba de nuevo: algo se movía entre las sombras. Esa vez, Silvana avanzó más de un paso y descubrió, con asombro, que sus pies no chocaban con nada.
   Llegó hasta el centro de la habitación, pero todo continuaba inmóvil y en silencio. Giró sobre sí misma, era imposible distinguir la más mínima forma en aquel revoltijo de sombras. La luz era tan escasa que Silvana levantó la vista, para mirar dudosa las ventanas, ¿serían reales?
   Tuvo un acceso de tos, el olor a viejo era agobiante. El aire era tan pesado, como si nunca se ventilara la habitación. Sin embargo, ella había encontrado la puerta sin llave, seguro que era abierta a menudo. Sin pensarlo, miró hacia la puerta, parecía estar más entornada de lo que ella la había dejado.
   Volvió a girar sobre sí misma y, esta vez, su pie tropezó con algo. Otra sombra pasó cerca de su cabeza, más cerca de lo que ella recordaba que estuviera. Captó otro movimiento con el rabillo del ojo y se volvió con rapidez. Se golpeó la rodilla con algo puntiagudo. Cuando se agachó, sin quererlo, su frente golpeó contra algo más. Maldijo en silencio con los puños apretados. Intentó mirar a su alrededor sin moverse mucho. La puerta estaba casi cerrada.
   «Qué raro —pensó—, no hay ninguna corriente de aire.»
   Sin darse cuenta se movió y se magulló el codo. Se dio media vuelta y su falda se enganchó en algo que la hizo caer. El suelo que la recibió estaba oculto por objetos que ella no alcanzó a identificar.
   Alzó la vista, pero sólo veía sombras informes sobre ella. Escuchó un ruido sordo: la puerta se había cerrado. Quiso levantarse, pero sus pies estaban atorados. Trató de sostenerse pero su brazo se hundió en la negrura, y una bocanada de polvo la hizo toser. Cada vez que se movía, chocaba contra algo y, hasta le pareció estar hundiéndose. Ya no veía sombras a su alrededor, sólo oscuridad.
   «Esto es una locura», pensó y se retorció con decisión, pero no consiguió nada.
   «¡Cuántas cosas pueden haber en este altillo? —se preguntó—. ¿Cuántas cosas se pueden juntar en una vida?»
   Luego de unos minutos, volvió a moverse, pero cada vez se hundía más. Trató de gritar, pero el polvo sólo la dejaba toser. Siguió moviéndose, segura de que alguien la encontraría. El agente de la inmobiliaria debía volver, al menos para cerrar la puerta principal.
   Tal vez había pasado una hora, cuando le pareció que alguien la llamaba. Movió los brazos cuanto pudo y su mano tocó algo que creyó reconocer; sí, eran dedos. Silvana estaba segura que era la mano del agente, pero estaba tan fría. Trató de decir algo, pero sólo alcanzó a toser débilmente, y entonces presionó con fuerza aquella mano inerte.
   El agente de la inmobiliaria subió a revisar las habitaciones superiores. Llamó a Silvana varias veces y terminó frente a la puerta del altillo. Dudó unos segundos antes de comprobar que la puerta seguía cerrada. Nunca le habían es llave. Bajó las escaleras con estrépito.
   —Siempre lo mismo —masculló—, se van sin avisar y no son capaces de poner la traba de la puerta principal. ¿Cuánto cuesta poner una simple traba? ¿Cuánto cuesta llamar para avisar?
   Salió de la casa y cerró la puerta tras de sí.
   Arriba, Silvana no había escuchado nada más que su nombre, y seguía aferrada a aquella mano.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2009.


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