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Asombrada


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   —¿Asombrada? —preguntó con voz incrédula—. No, no creo que esa sea la palabra.
   Se acomodó en su asiento y fijó la mirada en un punto lejano.
   —No, creo que más bien la sensación sería como…
   Encogió los ojos como queriendo fijar la vista en algo en particular que no lograba enfocar.
   —Sería algo más parecido a…
   Frunció los labios en el esfuerzo de encontrar la palabra adecuada. Luego de unos minutos de tirante silencio su cuerpo se relajó.
   —No, no sé cómo expresar lo que sentí —suspiró—. Pero no estaba asombrada —recalcó señalando con el dedo al hombre que tenía en frente. Éste se encogió de hombros y repuso:
   —Yo sí, cualquiera lo estaría.
   Y, sin esperar repuesta, dio media vuelta y se alejó.
   Cynthia permaneció observando la espalda del señor mientras este salía de la cafetería. No lo conocía. Era sólo un extraño buscando una conversación momentánea, sin sentido. Esas conversaciones que las personas se sienten obligadas a mantener luego de haber presenciado juntos un hecho. Pero no lo conocía, y no podía estar de acuerdo con él.
   Miró por sobre su hombro hacia donde había ocurrido todo. Ya casi no quedaban rastros y el resto de la clientela seguía tomando café.
   «¿Asombrada? —pensó frunciendo el ceño nuevamente—. No, no lo creo», se dijo sacudiendo su cabeza. Y volvió a fijar la atención en la taza de café que tenía delante de ella.
   Hacía varios minutos que lo revolvía distraídamente y ya no quedaban rastros de azúcar ni de leche. Ahora sólo se observaba un color chocolate claro y uniforme.
   No entendía por qué la gente insistía en sentirse asombrada por hechos tan comunes.
   «Fue asombroso —resonó una voz grave en su cabeza—, ver cómo aparecía primero la cabecita, y luego los brazos y luego las piernas con sus pequeños pies.»
   El rostro dueño de aquella voz con los ojos humedecidos, emocionados, se le apareció en aquel momento con suma claridad. Hacía sólo unos días que un compañero de trabajo había sido padre. En aquella ocasión contó a toda la oficina, en medio de exclamaciones, cómo había sido el parto.
   «Fue asombroso», repetía cada dos o tres palabras, a veces tomando por los hombros a la persona de turno.
   Cynthia no podía entender qué era lo que las personas le encontraban de asombroso. Después de todo, nacen personas todos los días.
   «Nosotros mismos llegamos así», se decía.
   Es cierto que no es lo mismo el nacimiento de un hijo propio que el de cualquier otro; pero aún así, un nacimiento es un nacimiento. Y no es nada nuevo.
   —¿Va a usar el cenicero?
   La pregunta le volvió a la realidad de un salto; aún con la mano sosteniendo la cucharita dentro de un café casi frío.
   —Le molesta si tomo el cenicero —insistió la voz.
   Cynthia miró hacia un costado y encontró a una mujer bastante mayor sonriéndole.
   —No —contestó con una sonrisa automática—, no es molestia, llévelo.
   —Gracias —dijo la mujer y dudó solo unos instantes antes de agregar—. Le pedí a una camarera que me alcanzara uno, pero la pobrecita parece estar todavía bastante afectada por lo que pasó.
   La señora presionó el cenicero, con ambas manos, sobre su pecho.
   —Yo misma todavía no lo puedo creer —dijo abriendo mucho los ojos—. ¿No le pareció asombroso?
   Cynthia contestó con una leve inclinación de la cabeza y una sonrisa condescendiente. Era mejor no discutir. La señora pareció estar satisfecha con la respuesta y se alejó hacia su mesa. Cynthia la observó alejarse y aprovechó para mirar al resto de las personas dentro de la cafetería. La mayoría murmuraba aceleradamente entre sí. Decidió apurarse a terminar su café e irse de allí. No quería tener más conversaciones inútiles. ¿Por qué la gente insistía en asombrarse de cualquier cosa? No le fue difícil terminar el café casi frío y juntar todas sus cosas. Ni siquiera se paró a ponerse el abrigo antes de atropellarse hasta la puerta.
   Afuera la recibió una mañana fría y ventosa. El cielo estaba totalmente despejado pero el sol ya no era lo suficientemente fuerte. Caminó sin prestar atención a su alrededor. Regañándose a sí misma por haber olvidado los guantes. Al doblar en una esquina chocó con alguien.
   —Disculpe —dijo una voz masculina.
   Cynthia no le contestó y lo esquivó para seguir.
   —¿No nos habíamos visto antes?
   Una mano la tomó del brazo. Alzó la vista para ver al intruso. Era el señor del café, el primero que le había hablado.
   Cynthia se soltó el brazo molesta.
   —Puede ser —murmuró e intentó continuar su camino, pero el hombre le cortó el paso.
   —¡En la cafetería! —exclamó—. ¿No es así? Nos vimos en la cafetería.
   Cynthia no podía creer su intrusión, a quién le importaba si se habían visto antes o no. Trató de rodearlo pero él se interpuso nuevamente en su camino.
   —No estabas asombrada, eso fue lo que dijiste, ¿no? —continuó—. ¿Cómo era que te sentías? No recuerdo la palabra que usaste.
   —No dije nada —contestó Cynthia con un creciente malhumor.
   —¿Estás segura? —insistió.
   Cynthia notó que había comenzado a tutearla.
   —Sí —gruñó—, estoy segura.
   Dio media vuelta y cruzó la calle. No había avanzado más de cinco pasos cuando aquella mano volvió a tomarla, ésta vez, del hombro y la hizo detenerse. Se dio vuelta en redondo para volver a encontrarse con ese hombre.
   —Déjeme en paz o llamaré a la policía. Hay un oficial cerca de aquí.
   —No hay necesidad de eso —sonrió él—, sólo quiero hablar contigo, ¿es eso un crimen?
   —Yo no quiero hablar con usted. Y no me trate como si nos conociéramos. Es la primera vez que nos vemos y…
   —La segunda —la corrigió.
   Cynthia ya casi no podía contener su furia.
   —Aún así, yo no le di permiso para que me trate con tanta confianza. Y ciertamente no quiero hablar con usted.
   Sin esperar respuesta reanudó su marcha con un paso acelerado. No miró hacia atrás hasta que se hubo alejado tres cuadras. Recién allí se permitió un respiro. Miró a su alrededor, no había nadie. Intentó tranquilizarse, su pecho todavía estaba agitado por la pequeña carrera.
   —Otra vez volvemos a encontrarnos.
   Cynthia se sobresaltó, allí en frente tenía otra vez a aquel hombre. ¿Cómo podía ser? Éste la miraba con una expresión alegre, aunque su mirada era algo fría. Inquietante. Cynthia no podía quitar sus ojos de los de él, ya casi los tenía a menos de cinco centímetros de los suyos. Recién ahí notó que el extraño la tenía sujeta por ambos hombros, le extrañó no haber notado antes que llevaba guantes, unos muy familiares. Su sonrisa había desaparecido. Escuchó como en un susurro.
   —Ahora no puedes decirme que esto no es asombroso, ¿o sí?
   Cynthia intentó moverse, pero no pudo. Quiso cerrar los ojos, pero ya no tenía control sobre ellos. No entendía qué intentaba lograr aquel hombre. Sabía que debía estar asustada, sabía que debía estar huyendo; pero sólo logró quedarse allí parada, en los brazos de aquel hombre y perdida en sus hipnotizantes ojos. Logró esbozar unas palabras con sus labios, y en un último susurro aseveró:
   —No, en realidad, no lo encuentro asombroso.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en abril de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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