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La huida


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   Una mujer uniformada de verde no vio al que subía la escalera; pero podía sentirlo, cerca, como si le estuviera respirando sobre el cuello. La poseyeron unas locas ganas de correr, pero se contuvo y trató de no mirar hacia atrás.
   Sabía muy bien cómo actuaban ellos.
   «¿Cuántas otras mujeres, como yo, han tratado de huir —pensó ella—, de escapar de la organización? Pero ellos siempre las encontraron, a todas ellas.»
   Ese hombre la seguiría a una distancia prudente, constante, con una calma que sólo podía poseer alguien seguro de obtener su presa. No había forma de que la perdiera de vista, su uniforme la hacía sobresalir con la misma intensidad de una fogata en medio de la noche.
   «Idiota —se dijo a sí misma—, ¿por qué no pensé en ello? Sólo hubiera tardado unos minutos en cambiarme.»
   Ella alcanzó el final de las escaleras y no pudo evitar volverse, aunque fuera sólo por un segundo. El hombre seguía allí.
   Ella miró a su alrededor, creyó ver una salida y se dirigió hacia lo que podía ser su salvación. Seguía tratando de mantener la calma; pero su corazón, acelerado, la obligaba a caminar con más rapidez.
   Se apresuró. Evadió, impaciente, a toda la gente que se le cruzaba. No volvió a darse la vuelta, no era necesario, sabía que él todavía estaba detrás de ella, lo presentía, tan inexorable como el tiempo que la abandonaba a cada paso.
   «Sabía que no lo lograría —se dijo a sí misma—, ¿por qué lo intenté de todas formas.»
   Apretó su mandíbula con fuerza.
   «Y ahora uno de esos horribles hombres está detrás de mí —se sobresaltó de sólo pensarlo—. Detrás de mí.»
   Ella ya estaba casi por cruzar la puerta cuando él le tocó el hombro. Ella tembló, un frío se expandió desde su hombro hasta cada uno de los dedos de sus pies, pero no se volvió. Él se acercó a su oído y le dijo las palabras que ella había temido, las únicas que ella sabía que él pronunciaría:
   —Te hemos encontrado.
   Ella trató de dar otro paso hacia la puerta, pero la mano de aquel hombre seguía sobre su hombro, clavándola en ese lugar. Ella sintió un poco más la presión y, resignada, se volvió. Era la primera vez que veía a uno de esos hombres de cerca. Su rostro era absurdamente normal, y sus ojos, tan comunes, le decían la misma promesa que habrían oído tantas mujeres antes. Otras mujeres de uniforme, algunas incluso con uniforme verde. Ella lo miró de frente, sabía exactamente lo que le iba a decir, y sabía que no era cierto. ¿Cuántas historias había escuchado de promesas vanas dadas a aquellas mujeres que huían? Todas regresaban convencidas de que serían perdonadas, pero nunca más se las volvía a ver.
   Ella pudo ver que él iba a decir aquellas palabras. Frases inútiles que no lograrían calmarla, que ni siquiera lograrían sonar a verdad. Entonces ella, mantuvo su mirada y sin hablar, le pidió sólo una cosa... que no mintiera.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en julio de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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