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Traición


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   Bajó los escalones restantes como si ese cuerpo que dejaba a un costado no fuera más que otra roca. Guardó el cuchillo sin molestarse en limpiarlo primero, y dobló por el pasillo hacia la izquierda. Las luces del pasadizo eran tan insignificantes como las luciérnagas en la noche, pero ella conocía el camino. No habría más guardias hasta llegar a las celdas. Ni siquiera debería haber encontrado a aquel.
   «No importa —pensó—, limpiaré después.»
   No disminuyó el paso mientras acomodaba sus cabellos y ponía en orden su ropa. Todavía no se acostumbraba a sus nuevos atavíos, aunque ya hacía casi dos meses que había sido elevada al rango de hechicera de la corte. El amuleto que colgaba de su cuello brillaba con fuerza, y cuando se acercó a la celda que buscaba, comenzó a vibrar. Ella lo tomó en sus manos, estaba caliente; y trató de controlarlo, pero éste se movía entre sus dedos como un pequeño pájaro tratando de escapar.
   —No lo lograrás —dijo una voz áspera, desde la celda contigua.
   Ella soltó el amuleto y se acercó lo necesario para ver al ser andrajoso que estaba allí.
   —El amuleto siempre me reconocerá cuando esté cerca —dijo el viejo— y querrá volver a mí.
   —Entonces hay una sola solución —dijo ella con un tono extremadamente frío.
   —¿Realmente piensas hacerlo? —preguntó él.
   Ella se arrimó un poco más, y una débil luz se reflejó sobre su enfermizo rostro, que apenas conservaba los rasgos de la hermosa mujer que supo ser.
   —Ah —dijo él pausadamente—, siempre lo habías planeado así, entonces ¿para qué encerrarme primero? ¿Tanto te regocijas con el dolor ajeno, mujer?
   —Se lo prometí —susurró ella.
   —Y harías cualquier cosa por él, lo sé; pero ¿qué cambió ahora? ¿Por qué estás dispuesta a agregar asesinato a tu traición, cuando significaría defraudarlo?
   Ella volvió a sujetar el amuleto.
   Él se rio por lo bajo.
   —Por supuesto, pero yo te advertí que no podrías usar el amuleto, sólo yo soy su amo. Podrás vestir mis ropas ahora, pero sigo siendo el maestro; ¿o acaso creíste, débil mujer, que te enseñaría todos mis hechizos?
   —No necesito que lo hagas, sólo debo matarte para poseer el amuleto, y ya no habrá límites para mi poder.
   —¿Qué esperas entonces?
   Ella miró hacia ambos lados, y sólo por un segundo se mostró nerviosa.
   —Ah, ya veo —dijo él lentamente—. No le has dicho lo que harías y buscas cómo cubrirte, bien, yo no te ayudaré.
   Ella se acercó a la reja, y la abrió con un leve toque.
   —No saldré —dijo él.
   —Lo harás —dijo ella empuñando un puñal.
   —Veo que has practicado —dijo él sardónicamente.
   —¡Sal!
   —No.
   Ella tomó el amuleto hirviendo con su mano libre.
   —¡Sal! —repitió.
   —El hombre comenzó a andar con paso torpe; como si toda su energía estuviera destinada a alimentar el odio de su mirada. Avanzaron lentamente hasta la escalera. Allí, él se detuvo y se volvió hacia ella, con una sonrisa malévola.
   —Las profecías siempre se cumplen —dijo.
   —No ésta —dijo ella.
   —Todas se cumplen, siempre, de una manera o de otra, lo hacen —su voz fue tan dura que las piedras de las paredes parecieron temblar—. No hay forma de salvar a tu amante.
   —No, esta profecía no se cumplirá —repitió ella.
   —Pequeña —dijo él volviendo al apodo que usaba cuando ella era su aprendiz—, ya se ha cumplido.
   —¡Mientes! Lo dejé a salvo, en su habitación.
   —¿Y cómo sabes que no salió?
   Ella dudó por segunda vez frente a ese hombre, y lo odió por eso; su antiguo maestro siempre conseguía hacerla dudar.
   —Las puertas están cerradas, con algo más que cerraduras.
   —No sólo hay puertas en el castillo, mujer —dijo él con un horrible tono alegre.
   —No, no —repitió ella y casi sintió el deseo de dar patadas al piso como solía hacer cuando era pequeña—, yo lo hubiera sabido, lo hubiera visto.
   —Y lo hiciste —dijo él.
   —Estás delirando —dijo ella—, demasiado tiempo en esa celda.
   —¿Acaso no le enseñaste a crear una máscara de sí mismo? —dijo él, ignorando su comentario—. Yo mismo te enseñé ese truco.
   Los ojos de ella se abrieron de par en par sin que pudiera controlarlo.
   —Mira hacia el suelo —dijo él con una sonrisa torva.
   El puñal tembló en su mano y cayó al piso antes de que lo hiciera ella cuando reconoció el cuerpo. No era un guardia al que había matado; era su amante.
   —¡No! —gritó—. ¡No puede ser! ¿Qué estaba haciendo él aquí?
   —Vino a verme a mí.
   —¡Tú lo planeaste!
   —No, fuiste tú; y sólo tú —rio él.
   —No lo reconocí —balbuceó ella—, pero debería, el amuleto debería haberme dejado...
   —Pero el amuleto sentía mi presencia y es tan traicionero como tú.
   —¡Cómo tú me enseñaste! —dijo ella entre dientes.
   Él rio.
   —Sí, te enseñé bien; tenía mejores planes para ti —suspiró con algo de tristeza—, pero el destino quería esto para ti.
   —¡Tú lo sabías! —gritó ella—. Sabías que sería así como sucedería, ¿por qué no me lo dijiste?
   —Porque sino él no hubiera muerto, ¿y cómo podría yo acceder al trono si el único heredero seguía vivo?
    —Pero ahora morirás tú también —dijo ella levantándose de un salto, nuevamente con el puñal en su mano.
   Él hizo un leve gesto con la mano, y el amuleto brilló con más intensidad. Ella se detuvo, petrificada.
   —¿Qué sucede?
   —Lo que te advertí que sucedería si alguien se atrevía a usar el amuleto en mi contra —dijo él con calma—. Tiene mi esencia, y lo sabes, ¿acaso no me conoces?
   —Eres un bastardo traidor.
   Él se rio en silencio mientras se acercaba a ella.
   —Traidor... como todo lo que hay a mi alrededor —dijo él, acariciándole la mejilla. Su mano bajó hasta el cuello y le arrancó el amuleto, luego, se dio vuelta y comenzó a subir las escaleras.
   —¿Qué vas a hacer conmigo? —dijo ella, todavía no podía moverse.
   Él se dio vuelta nuevamente, y le miró esbozando una media sonrisa, luego miró al cuerpo a sus pies:
   —Ya hice todo lo que debía.
   Sin decir más, siguió subiendo los escalones. Ella lo miró desaparecer tras la puerta que lo conducía a la libertad.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en mayo de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos». También es una precuela de la novelette «El emperador».


Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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