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El regalo del unicornio


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   —Magia —dijo Melvin mirando a sus hermanos—, eso es lo que haré, trabajaré con la magia.
   Sus tres hermanos mayores se rieron a la vez.
   —¿Y cómo harás eso? —dijo Alvin, el mayor—. Tú no naciste mago.
   —Y tampoco tienes dinero para convertirte en uno —dijo Carl, el segundo.
   —No necesariamente hace falta nacer mago ni tener dinero para serlo —dijo Melvin—; sólo es necesario conseguir que un unicornio se te acerque.
   Sus hermanos se rieron nuevamente.
   —¡Cómo si eso fuera fácil! —dijo Alvin.
   —Ni siquiera los más consumados magos lo logran —dijo Carl.
   —Además —dijo Hans, el hermano que sólo le llevaba dos años a Melvin—, sólo se dejan ver y tocar por una doncella virgen. Sé que eres virgen, pero no sabía que eras mujer.
   Todos los hermanos estallaron en carcajadas. Esto aumentó la determinación de Melvin que, apretando los dientes, dijo:
   —Ya verán.
   Y se alejó de allí mientras sus hermanos se desternillaban de risa. Se dirigió al bosque que empezaba a pocos metros de su casa. Hacía años que no había ningún animal peligroso por allí así que Melvin caminó sin miedo, sin rumbo.
   —Ya verán —murmuraba para sí.
   Marchó durante horas sin mirar a su alrededor, sin pensar en nada más que en repetir la conocida rima:
          «Si quieres la magia de un unicornio conseguir;
          recuerda, no lo debes seguir.
         Su regalo sólo gratis da,
         cuando es él quien por ti va.
          No importa lo que tus instintos digan,
          quédate quieto y no lo sigas.»
   Cuando el sol comenzaba a debilitarse, llegó a un pequeño lago. Melvin se despertó de su ensoñación. No recordaba ese lago, pero no solía pasar mucho tiempo en el bosque, al menos no más allá que a unos metros de la casa. Era un lago tranquilo y Melvin decidió sentarse a contemplarlo un rato.
   Sabía que lograría hacer callar a sus hermanos pero… ¿cómo? Ansiaba tanto poseer magia, ser especial. Miraba sus manos con impotencia cuando escuchó un ruido cerca de él. Levantó la vista y lo vio. Era tan blanco y tan… pequeño.
   «No es más que un potrillo», pensó Melvin, pero no había dudas, un pequeño cuerno se elevaba en su frente.
   Melvin se concentró en mantenerse inmóvil mientras el pequeño unicornio se acercaba al lago. Sabía que no debía moverse, que debía dejar que él se arrimara… si quería.
   «Los haré callar —se dijo Melvin pensando en sus hermanos—, ya no podrán reírse de mí.»
   De pronto, el unicornio alzó su hocico y olfateó el aire. Luego lo miró a Melvin, con sus ojos plateados. Melvin tembló.
   «Es tan hermoso —pensó—, y está tan cerca…»
   El pequeño unicornio tembló a su vez, y Melvin vio miedo en esos ojos plateados. En un rápido movimiento el unicornio se echó hacia atrás y salió a la carrera. Melvin lo vio tropezarse con unas rocas y disminuir su marcha.
   —No —murmuró Melvin y, sin pensarlo, se levantó y lo siguió.
   Lo encontró cerca de allí, todavía avanzaba pero rengueaba. Melvin se acercó a él con cuidado. El pequeño unicornio se volteó y volvió a mirarlo con esos ojos plateados que ahora sufrían. Melvin trataba de moverse con lentitud mientras mantenía una sonrisa amigable en su rostro. El unicornio temblaba, pero no trató de huir. Melvin se arrodilló cerca de él y manteniendo las manos entrelazadas en su espalda trató de ver la pata que el animal tenía recogida. Vio una esquirla de piedra clavada. Acercó una mano con cautela, siempre cuidando de no tocarlo. La esquirla no estaba clavada con profundidad y pudo sacarla sin mucho esfuerzo. Luego, con la misma cautela, se alejó. Esos ojos plateados seguían clavados en Melvin; y luego, sobre Melvin.
   Melvin se volvió: un unicornio adulto estaba detrás él. El pequeño unicornio se acercó al otro. Melvin creyó que sus ojos no podrían resistir tanta belleza. Los contempló hasta que sus ojos le dolieron y tuvo que cerrarlos. Cuando los volvió a abrir, estaba oscuro pero ya no estaba en el bosque sino que estaba en su cama. Podía oír voces a su alrededor y lo que parecía ser los sollozos de su madre.
   —¿Cómo sucedió? —preguntó una voz autoritaria.
   —Como no volvía para la cena —dijo Carl—, lo fuimos a buscar. Estaba sólo a unos metros de la casa. Los ojos abiertos, la mirada perdida…
   —Pues es muy raro, tal vez estuviera incubando algo…
   Los lamentos de su madre se hicieron más severos.
   —¿Está seguro de su diagnóstico, doctor? —preguntó Alvin.
   —Sí, este niño está ciego.
   Melvin se asustó, ¿estaban hablando de él? Estiró el brazo, los dedos como rayos.
   —¡No! —gritó con todas sus fuerzas.
   Su madre corrió hacia él pero se detuvo de repente al ver que todas las velas de la habitación se encendieron con un fuego azul.
   —¿Qué fue eso? —dijo Hans.
   —Parece —dijo Carl—, parece…
   —Magia —completó Alvin—. Esas velas arden con el color de la magia.
   Melvin se agitó en su cama. La imagen de los unicornios estaba impresa en su mente.
   —¡No! —continuaba gritando mientras los fuegos de las velas danzaban a su alrededor.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2008.
   Durante un tiempo, en el blog se llevó a cabo una encuesta donde se podía votar por el ser fantástico sobre el cual trataría el cuento de la semana. Este es uno de los resultados de aquel juego. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».
   También existe una hermosa ilustración hecha por Daniel Reyes que se puede ver aquí.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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