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El emperador - Cap II


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo II


    La habitación estaba escasamente decorada. Pocos muebles y aún menos calor. Maja cerró la puerta con fuerza y le señaló a su acompañante uno de los dos sillones raídos que dominaban el cuarto. Luego dirigió una mirada al hogar e hizo un pequeño gesto. El fuego no tardó en prenderse.
   —¿Quiere un té? —preguntó Maja.
   —Si no es mucha molestia.
   Maja salió de la habitación dejando al viejo solo frente al fuego. En todo el tiempo que tardó en preparar el té, no volvió a dirigirle la palabra. El hombre, por su lado, se mantuvo inmóvil en el sillón, contemplando sus propias manos sobre su regazo.
   Maja regresó con una bandeja y dos tazas. Apoyó la bandeja en una mesita baja entre los dos sillones.
   —¿Y qué es lo que usted está haciendo en la calle a estas horas? —le preguntó Maja la viejo mientras le alcanzaba a la taza.
   —Buscándote a ti —respondió Jesper.
   El té tembló un segundo, tal vez debido al traspaso de manos.
   —¿A mí? —preguntó Maja.
   —Sí —dijo Jesper—, quería saber si habías sido tú.
   —Si yo había sido ¿qué?
   —Lo sabes muy bien —dijo Jesper mirándola por encima de la taza—. Me pareció extraña tanta torpeza de tu parte, pero cuando alguien está desesperado… ejem… comete errores que no cometería de otra forma.
   —Maestro, no creo saber de qué habla.
   —Por supuesto que lo sabes —la voz del viejo adquirió fuerza—, aunque no lo hubieras hecho tú, tendrías que haberlo sentido.
   La expresión de Maja se endureció.
   —Lo sentí —dijo por lo bajo—, pero ya era tarde.
   Jesper la miró inquisitivamente, y Maja se desplomó sobre el otro sillón.
   —Le dije que no estaba lista, pero no me hizo caso.
   El viejo suspiró.
   —Klara —dijo en un murmullo—. Su nombre se agregará a la larga lista de quienes fallecieron intentándolo.
   —Se lo advertí —dijo Maja entre dientes.
   El viejo la miró apaciblemente.
   —¿Y estás enojada porque no te hizo caso, porque no lo logró o porque arruinó tus planes?
   Maja sonrió.   
   —Supongo que por todo.
   El viejo volvió a suspirar.
   —Mi niña, ¿por qué continúas con esto? Crees que si pudiera hacerse no lo habríamos hecho ya.
   —Tal vez —dijo Maja lentamente—, tal vez es que no lo intentaron lo suficiente.
   Jesper negó con la cabeza y tomó un poco de té antes de responder.
   —Lo hicimos —dijo mirando tristemente a Maja—, los mejores hechiceros de la Orden lo intentaron todo; pero no sirvió de nada. Sencillamente, Rasmus se volvió demasiado poderoso, tú mejor que nadie lo sabes.
   —Sí, lo sé —dijo Maja mordiéndose el labio—. Sé mucho sobre él, por eso sé que debemos detenerlo. No tiene una idea de la destrucción y del dolor que es capaz de generar…
   Jesper tomó un poco más de té y dejó la taza en la bandeja, sobre la mesita.
   —Mi niña —dijo con dulzura—, lo que te hizo fue terrible, todos sentimos compasión por ti; pero si dejas que ese deseo de venganza se apodere de ti, nunca lograrás conseguir tranquilidad.
   Maja se incorporó en el sillón y lo miró de frente.
   —Justamente, de eso se trata —sonrió—: tranquilidad. Y la única forma en que la conseguiré es acabando con él.
   El viejo suspiró una vez más, y se levantó del sillón. Caminó lentamente hacia la puerta y la abrió. Antes de salir, dijo:
   —Mi niña, creo tu nombre también se agregará a esa lista si sigues este camino.
   —Maestro —dijo Maja—, mi nombre está allí hace años.
   Jesper se volvió para cerrar la puerta.   
   —En verdad, lo siento, pequeña. Siento todo lo que has sufrido y lo que todavía sufrirás.
   La puerta se cerró con delicadeza.
   Maja se quedó observándola. El viejo la había llamado “pequeña”, así era como la llamaba Rasmus cuando todavía era humano. Sin quererlo, se sumergió en recuerdos. Los primeros eran tan alegres, algunos incluso dulces. Se dejó envolver por ellos, al calor del fuego.
   Bastante lejos de allí, había otra persona empapada de memorias. El hombre estaba solo en una habitación ricamente adornada. Parado junto a la ventana, mirando a lo lejos el contorno de una torre sólo iluminada por la luz de la luna.
   «Fue desde allí», se dijo a sí mismo.
   Recordó su vida en aquella torre. Allí donde una vez se le había ocurrido la idea, donde la había planeado y donde había llegado a ponerla en marchar.
   «Y solo faltan tres días —pensó— para que mi plan llegue a su fin, y seré el emperador.»
   Sonrió levemente.
   —Rasmus, el emperador —murmuró.
   Apoyó una mano sobre el vidrio como si quisiera acariciar aquella lejana torre.
   «Sí —se dijo—, le debo mucho a aquella torre.»

 

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