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No me traicionarás


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   —Sabes lo que te sucederá si me traicionas—. Gabriel habló casi en un susurro, de espaldas a Juan, pero éste se sobresaltó.
   —Yo nunca…
   —Solo quería que lo recordaras.
   Gabriel se volvió y se dejó caer en el sofá, sin apartar los ojos de su subordinado.
   Juan se encogió, bajó la vista.
   —Lo sé —susurró.
   Gabriel se recostó y alzó los largos dedos de su mano donde apoyó la cabeza.
   —Puedes irte.
   Juan tuvo que despegar los pies del suelo mientras farfullaba unas apresuradas gracias. Le llevó una vida llegar hasta la puerta, y solo respiró cuando la cerró tras él. Aun así sintió un escalofrío al echarle una última mirada.
   Recorrió los extensos pasillos hacia la salida en solitario. El único sirviente de su amo aparecía nada más que para dejarlos entrar, nunca para permitirles salir. Juan alcanzó la entrada sin prestar atención a su camino.
   Fuera, lo recibió una noche de invierno. Se levantó las solapas del abrigo, hundió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza para embestir la noche.
   ¿Qué iba a hacer? No podía darle lo que quería, eso estaba claro. ¿Pero realmente podía huir? No conocía a nadie que lo hubiera logrado. Ni siquiera a alguien que lo hubiera intentado.
   Un grito a su izquierda lo sacudió. Se detuvo de golpe. Un coche, con un cochero en penumbras coronándolo, pasó rozándole las puntas de los pies. Juan se asustó y luego rio. Tenía preocupaciones más importantes y después de todo… después de todo esa no sería una mala forma de morir. Mejor que la que recibiría de su amo si lo abandonaba.
   ¡Pero él no iba a abandonar! Escupió al piso y retomó la marcha. ¿Por qué pensaba últimamente tanto en ello? Él nunca había abandonado ninguna de sus empresas. Sin poder controlarlo, recordó cuál era la pena por renunciar, casi la misma que por fracasar, pero entonces la mejor opción era…
   ¡No, no, no! Él no era un traidor, ni uno que abandonara. Se paró en el siguiente cruce y pateó el suelo.
   «¡Tiene que haber otra forma!»
   Cuando puso un pie para cruzar, escuchó el coche que se acercaba. Retrocedió y lo observó pasar, con detenimiento.
   «No —se repitió—. No puedo darle lo que pide y él lo sabe. ¡Maldita sea! Lo sabe.»
   Cruzó la calle enojado y murmurando para sí.
   Entonces ¿qué hacer? ¿Qué hacer? Si intentara huir y él… sintió que el cuerpo se le congelaba.
   «No puedo pensar en eso —se amonestó—. Si le digo que no puedo… —se rió para sí—, cómo si pudiera decirle eso (como si me animara). ¿Entonces…?»
   Se detuvo en otra esquina. El viento frío traía por la calle a un coche enloquecido. Juan lo miró y lo entendió. Lo comprendió. Esperó a que estuviera cerca, a que no pudiera detenerse.

   —Pase —dijo Gabriel sin mirar la puerta.
   El mayordomo entró, respetuoso, en la habitación; cojeaba con torpeza.
   —¿El señor desea algo más antes de que me retire?
   —¿Lavaste el coche?
   —Sí, mi señor.
   Gabriel sonrió imperceptiblemente.
   —Puedes retirarte.
   El criado asintió y se volvió mansamente.
  —Gracias, mi señor —agregó antes de cerrar la puerta tras de sí y alejarse sin mirar atrás.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en septiembre de 2011.


Este cuento forma parte del recorrido del invierno, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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