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Feliz fin de año y Feliz Año Nuevo


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   Llegamos al último día del año y eso ya es algo para festejar. 😃 Así que no solo los saludo por el nuevo año que se avecina sino por haber logrado terminar otro año, ¡festejemos!
   En lo personal, estoy feliz de terminar el año con buenas noticias sobre un tema que me preocupó durante meses. Y, como no podía ser de otra manera, llega el momento de hacer un balance de lo ocurrido, más allá de los retos que comentaba en este post .
 

Resumen desordenado de fin de año

 
   Este resumen no tiene ninguna lógica especial, ni siquiera tiene lógica, estoy escribiendo lo que recuerdo haber logrado en este año, y puede ser que se me olviden algunas cosas.  
    • Participé en Nanowrimo y no solo completé las palabras del mes, sino que escribí muchas más ya que, durante noviembre, llevé adelante tres borradores. 😀 Una locura, pero me siento bien de haber cumplido las metas de palabras que me había marcado. 
      • Pro --> escribí el borrador de un libro de no-fición que no tenía planeado.
      • Contra --> sigo sumando a la pila de borradores no corregidos.
        • Y este último punto es uno de los que más me molestan de este año, no haber avanzado con los borradores pendientes.
    • Escribí muchos cuentos y mucha escritura breve.
      • Y participé en varios concursos, y no gané ninguno. 😐
    • Publiqué varios ebooks, entre ellos el primer libro de la serie Brujas Anónimas en una versión corregida (de la cual ya estoy pensando cambiar la tapa) y una nueva novela: Antifaces.
      • Y esta nueva novela también está disponible en tapa blanda. 😎 Todavía no me llegó el ejemplar que me pedí, así que hay que esperar para esa foto.
          Antifaces_tapa_completa
           
    • Armé un calendario de publicación en los blogs y redes sociales, ¡y lo cumplí casi todo el año!
      • También agregué content upgrade a algunos posts.
    • Cumplí con mi meta anual de borradores, pero estoy muuuy atrás con las correcciones. Esto ya lo dije, sí, pero es un tema que me persigue, me acosa, ¡me vuelve loca! Doy vueltas y vueltas con diferentes estrategias y todavía no encontré la ideal para mí.
    • Ya desde el lado más personal:
      • realicé casi todas las visitas a los médicos de control (siempre me falta alguno).
      • ordené un poco el ropero y, en general, tuve momentos de orden.
      • me deshice de muchos libros, y todavía faltan más. La idea es quedarme solo con los que signifiquen mucho o tengan valor como libros de referencia. 
      • mantuve un diario muy conciso, más bien frases sueltas, pero me llevó a conocer el bullet journal que parece que llegó para quedarse.
    • Por último, comencé un newsletter --> todavía es un poco tímido, pero va a crecer el año que viene y trae un libro gratis.
Tapa_cuentos_mitologicos

   ¿Qué opinan? ¿Tienen algún comentario o sugerencia para mejorar el próximo año? Tienen tiempo, porque en enero y febrero los blogs no van a seguir su calendario habitual, ¡es lo que me hace el calor, no me puedo concentrar! Pero también es momento de descansar, juntar fuerzas y planificar el resto del año.
   Me despido con un fuerte abrazo y un...
 ¡Feliz Año Nuevo!
 
 
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La última gárgola



Cuento_La_ultima_gargola
 
   «Sólo un poco más —pensó—, sólo falta un poco más.»
   Movió lentamente la mano, doblando los dedos uno a uno hacia adentro, hasta lograr crear un puño.
   «Sí —se dijo—, falta muy poco.»
   A su alrededor, las brillantes luces de un sol en despedida se atenuaron en melancolía. La luna y las estrellas brillarían con fuerza en esa noche de plenilunio, pero jamás lograrían siquiera simular la claridad del día. Pero ello no le molestaba a ella, sus delicados ojos no soportaban tanta luz, ni su piel agradecía el calor.
   Se irguió completamente abriendo su boca en un mudo grito de placer.
   «Sí —pensó—, soy libre otra vez.»
   Se volteó rápidamente.
   «¿Dónde está el enemigo? No pudimos haberlos vencido en una sola noche, eran demasiados.»
   Giró sobre sí misma varias veces, pero no había nadie más allí, sólo rocas dispersas a su alrededor.
   «¿Qué es esto? —se dijo—. ¿Acaso son las ruinas de nuestro castillo? ¿Acaso la batalla fue perdida?»
   Se aproximó a un pilón de roca y estiró la mano para tocarlas.
   «Es raro —pensó—, no se siente igual que la piedra del castillo, pero hay algo familiar en ella, algo…»
   Oyó un ruido no muy lejos de donde ella estaba, y entornó los ojos. Aunque no fue capaz de ver ningún movimiento, caminó hacia el lugar de donde provenía el ruido. La noche era fresca y ella podía sentir la brisa golpear sobre sus brazos desnudos. Cuando giró, luego de pasar unos arbustos, se quedó helada: allí estaba el castillo, medio destruido. Corrió hasta las puertas, y se detuvo de repente.
   «No —se dijo—, algo no está bien. Este no es mi castillo, este no es mi hogar.»
   El ruido se escuchó otra vez, pero esa vez ella alcanzó a ver una sombra y la siguió sigilosamente hasta su escondite.
   «Es sólo un perro», pensó al descubrir la forma de la sombra, y se alejó de allí sin siquiera intentar acariciarlo.
   Volvió hacia donde estaba el castillo. Sólo algunas paredes seguían en pie y había pilones de roca por doquier.
   «¿Cómo puede ser esto? —se dijo—. ¿Es que no quedó nadie, nadie más?»
   Aún cuando su cuerpo era frío por naturaleza, pudo sentir un escalofrío recorrerla de la cabeza a los pies. Se abrazo a sí misma y repitió: «¿es que no quedó nadie más?»
   Se sentó cerca de uno de los pilones de roca, y apoyó la espalda sobre ellas.
   «Esto no es posible —se dijo—, si todos hubieran resultado muertos, me habrían matado a mí también; pero si hubieron sobrevivientes, ¿por qué no me llevaron con ellos?»
   Miró a su alrededor nuevamente y suspiró.
   «No lograré nada aquí sentada, llorando, será mejor que los busque.»
   Se irguió nuevamente y estiró sus alas…, o al menos creyó hacerlo.
   «Cierto —pensó—, las perdí la última noche; pero, ¿por qué no fui curada?»
   Este hecho sólo acrecentó sus temores.
   «Porque no quedó nadie para hacerlo», pensó tímidamente, pero sin querer convencerse de ello. Comenzó a caminar otra vez entre los escombros, lanzando mudos gritos a la luna.
   «No puede ser —se decía—, ¿es que no quedó nadie más?»
   Por fin, cerca del amanecer, el cansancio la venció y se sentó nuevamente junto a las rocas. Las luces a su alrededor comenzaron a calentarse. Sus dedos se volvieron cada vez más tiesos, pero ella no hizo ningún intento de adoptar la pose requerida. Ni siquiera se molestó en limpiar sus lágrimas mientras miraba al sol naciente.
   «¿Es que acaso soy la última? —pensó—, no podría soportar serlo; por favor, no quiero ser la última.»
   Decenas de hombres se acercaban lentamente al castillo a medio construir, dos de ellos iban hablando:
   —Te juro —dijo Maikel— que es como si nunca me hubiera ido.
   —Son los años los que te aquejan —dijo Charles—, mira cómo corre aquel joven.
   Maikel gruñó a su lado al ver que el joven corría hacia ellos.
   —Señor, señor —dijo el muchacho dirigiéndose a Maikel—, desapareció, desapareció.
   —¡Cálmate, muchacho! y explícate mejor, ¿qué es lo que desapareció?
   —La estatua, señor, la estatua encantada —dijo el joven.
   —¿La gárgola? —preguntó Charles.
   —¿Estás seguro? —le preguntó Maikel al muchacho.
   —Sí, señor.
   Maikel gruñó nuevamente.
   —Diles a todos los hombres que la busquen —le dijo Maikel al muchacho—, diles que yo lo ordeno.
   El joven se alejó de allí a la carrera, mientras gritaba la orden a los demás hombres.
   —Todavía no entiendo por qué la trajeron —dijo Charles.
   Maikel se encogió de hombros.
   —Simplemente les llamó la atención que estuviera entera, era la única que todavía…
   —¡Señor, señor! —se escucharon los gritos de varios hombres—. Aquí está señor, pero…
   —Pero ¿qué? —bramó Maikel mientras se apresuraba hacia el lugar donde se apiñaban los hombres.
   —Está maldita, señor, como todas las rocas de aquel castillo, no deberíamos haberlas tomado para construir —dijo uno de los hombres.
   —Ese castillo fue derribado hace más de mil años, ya no hay maldición —gruñó Maikel, pero cuando se abrió paso para ver lo que conmocionaba a los hombres, no pudo emitir otra palabra.
   —Entonces, ¿cómo explicas esto? —dijo Charles que seguía su lado—. Una estatua que antes se erguía, ahora está sentada, ¿cómo puede hacer eso la simple piedra?
   Maikel se acercó a la gárgola.
   —No la toque, señor, esta maldita —dijo uno de los hombres.
   —Deberían haberla dejado allí, no sé porqué la trajeron —agregó otro más.
   —Hay que destruirla —murmuró uno de ellos.
   —Sí —contestaron más voces—, hay que destruirla.
   Los hombres se apretaron alrededor de la estatua, con mazas en sus manos.
   Si la roca pudiera moverse, se habría dicho que la gárgola sonrió cuando sintió las mazas cayendo sobre ella.

   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2008.
   Durante un tiempo, en el blog se llevó a cabo una encuesta donde se podía votar por el ser fantástico sobre el cual trataría el cuento de la semana. Este es uno de los resultados de aquel juego. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».
 
Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.


¿Sabías que de este cuento nació la idea para un novela?

 
Tapa_El_despertar_gargolas

El despertar de las gárgolas

Novela de fantasía

   Un reino que huye después de perder la última batalla con su eterno enemigo. Despojados de todo, los sobrevivientes llegan a un pueblo abandonado. Allí esperan crear una nueva vida, allí Tura cree que por fin puede cambiar la suya. Después de todo, ¿por qué ser una granjera cuando su amistad con el príncipe Guillen la puede llevar mucho más alto?
   Mientras su pueblo trata de sobrevivir al enemigo que todavía los persigue, Tura encuentra un poder que nadie quiere que tenga. Ella es capaz de despertar a las gárgolas, las que pueden salvar a su reino y elevarla a ella. Siempre quiso poder, pero ¿alguna vez supo si podría manejarlo?

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La huida


Cuentos_logo
 
   Una mujer uniformada de verde no vio al que subía la escalera; pero podía sentirlo, cerca, como si le estuviera respirando sobre el cuello. La poseyeron unas locas ganas de correr, pero se contuvo y trató de no mirar hacia atrás.
   Sabía muy bien cómo actuaban ellos.
   «¿Cuántas otras mujeres, como yo, han tratado de huir —pensó ella—, de escapar de la organización? Pero ellos siempre las encontraron, a todas ellas.»
   Ese hombre la seguiría a una distancia prudente, constante, con una calma que sólo podía poseer alguien seguro de obtener su presa. No había forma de que la perdiera de vista, su uniforme la hacía sobresalir con la misma intensidad de una fogata en medio de la noche.
   «Idiota —se dijo a sí misma—, ¿por qué no pensé en ello? Sólo hubiera tardado unos minutos en cambiarme.»
   Ella alcanzó el final de las escaleras y no pudo evitar volverse, aunque fuera sólo por un segundo. El hombre seguía allí.
   Ella miró a su alrededor, creyó ver una salida y se dirigió hacia lo que podía ser su salvación. Seguía tratando de mantener la calma; pero su corazón, acelerado, la obligaba a caminar con más rapidez.
   Se apresuró. Evadió, impaciente, a toda la gente que se le cruzaba. No volvió a darse la vuelta, no era necesario, sabía que él todavía estaba detrás de ella, lo presentía, tan inexorable como el tiempo que la abandonaba a cada paso.
   «Sabía que no lo lograría —se dijo a sí misma—, ¿por qué lo intenté de todas formas.»
   Apretó su mandíbula con fuerza.
   «Y ahora uno de esos horribles hombres está detrás de mí —se sobresaltó de sólo pensarlo—. Detrás de mí.»
   Ella ya estaba casi por cruzar la puerta cuando él le tocó el hombro. Ella tembló, un frío se expandió desde su hombro hasta cada uno de los dedos de sus pies, pero no se volvió. Él se acercó a su oído y le dijo las palabras que ella había temido, las únicas que ella sabía que él pronunciaría:
   —Te hemos encontrado.
   Ella trató de dar otro paso hacia la puerta, pero la mano de aquel hombre seguía sobre su hombro, clavándola en ese lugar. Ella sintió un poco más la presión y, resignada, se volvió. Era la primera vez que veía a uno de esos hombres de cerca. Su rostro era absurdamente normal, y sus ojos, tan comunes, le decían la misma promesa que habrían oído tantas mujeres antes. Otras mujeres de uniforme, algunas incluso con uniforme verde. Ella lo miró de frente, sabía exactamente lo que le iba a decir, y sabía que no era cierto. ¿Cuántas historias había escuchado de promesas vanas dadas a aquellas mujeres que huían? Todas regresaban convencidas de que serían perdonadas, pero nunca más se las volvía a ver.
   Ella pudo ver que él iba a decir aquellas palabras. Frases inútiles que no lograrían calmarla, que ni siquiera lograrían sonar a verdad. Entonces ella, mantuvo su mirada y sin hablar, le pidió sólo una cosa... que no mintiera.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en julio de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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Traición


Cuentos_logo
 
   Bajó los escalones restantes como si ese cuerpo que dejaba a un costado no fuera más que otra roca. Guardó el cuchillo sin molestarse en limpiarlo primero, y dobló por el pasillo hacia la izquierda. Las luces del pasadizo eran tan insignificantes como las luciérnagas en la noche, pero ella conocía el camino. No habría más guardias hasta llegar a las celdas. Ni siquiera debería haber encontrado a aquel.
   «No importa —pensó—, limpiaré después.»
   No disminuyó el paso mientras acomodaba sus cabellos y ponía en orden su ropa. Todavía no se acostumbraba a sus nuevos atavíos, aunque ya hacía casi dos meses que había sido elevada al rango de hechicera de la corte. El amuleto que colgaba de su cuello brillaba con fuerza, y cuando se acercó a la celda que buscaba, comenzó a vibrar. Ella lo tomó en sus manos, estaba caliente; y trató de controlarlo, pero éste se movía entre sus dedos como un pequeño pájaro tratando de escapar.
   —No lo lograrás —dijo una voz áspera, desde la celda contigua.
   Ella soltó el amuleto y se acercó lo necesario para ver al ser andrajoso que estaba allí.
   —El amuleto siempre me reconocerá cuando esté cerca —dijo el viejo— y querrá volver a mí.
   —Entonces hay una sola solución —dijo ella con un tono extremadamente frío.
   —¿Realmente piensas hacerlo? —preguntó él.
   Ella se arrimó un poco más, y una débil luz se reflejó sobre su enfermizo rostro, que apenas conservaba los rasgos de la hermosa mujer que supo ser.
   —Ah —dijo él pausadamente—, siempre lo habías planeado así, entonces ¿para qué encerrarme primero? ¿Tanto te regocijas con el dolor ajeno, mujer?
   —Se lo prometí —susurró ella.
   —Y harías cualquier cosa por él, lo sé; pero ¿qué cambió ahora? ¿Por qué estás dispuesta a agregar asesinato a tu traición, cuando significaría defraudarlo?
   Ella volvió a sujetar el amuleto.
   Él se rio por lo bajo.
   —Por supuesto, pero yo te advertí que no podrías usar el amuleto, sólo yo soy su amo. Podrás vestir mis ropas ahora, pero sigo siendo el maestro; ¿o acaso creíste, débil mujer, que te enseñaría todos mis hechizos?
   —No necesito que lo hagas, sólo debo matarte para poseer el amuleto, y ya no habrá límites para mi poder.
   —¿Qué esperas entonces?
   Ella miró hacia ambos lados, y sólo por un segundo se mostró nerviosa.
   —Ah, ya veo —dijo él lentamente—. No le has dicho lo que harías y buscas cómo cubrirte, bien, yo no te ayudaré.
   Ella se acercó a la reja, y la abrió con un leve toque.
   —No saldré —dijo él.
   —Lo harás —dijo ella empuñando un puñal.
   —Veo que has practicado —dijo él sardónicamente.
   —¡Sal!
   —No.
   Ella tomó el amuleto hirviendo con su mano libre.
   —¡Sal! —repitió.
   —El hombre comenzó a andar con paso torpe; como si toda su energía estuviera destinada a alimentar el odio de su mirada. Avanzaron lentamente hasta la escalera. Allí, él se detuvo y se volvió hacia ella, con una sonrisa malévola.
   —Las profecías siempre se cumplen —dijo.
   —No ésta —dijo ella.
   —Todas se cumplen, siempre, de una manera o de otra, lo hacen —su voz fue tan dura que las piedras de las paredes parecieron temblar—. No hay forma de salvar a tu amante.
   —No, esta profecía no se cumplirá —repitió ella.
   —Pequeña —dijo él volviendo al apodo que usaba cuando ella era su aprendiz—, ya se ha cumplido.
   —¡Mientes! Lo dejé a salvo, en su habitación.
   —¿Y cómo sabes que no salió?
   Ella dudó por segunda vez frente a ese hombre, y lo odió por eso; su antiguo maestro siempre conseguía hacerla dudar.
   —Las puertas están cerradas, con algo más que cerraduras.
   —No sólo hay puertas en el castillo, mujer —dijo él con un horrible tono alegre.
   —No, no —repitió ella y casi sintió el deseo de dar patadas al piso como solía hacer cuando era pequeña—, yo lo hubiera sabido, lo hubiera visto.
   —Y lo hiciste —dijo él.
   —Estás delirando —dijo ella—, demasiado tiempo en esa celda.
   —¿Acaso no le enseñaste a crear una máscara de sí mismo? —dijo él, ignorando su comentario—. Yo mismo te enseñé ese truco.
   Los ojos de ella se abrieron de par en par sin que pudiera controlarlo.
   —Mira hacia el suelo —dijo él con una sonrisa torva.
   El puñal tembló en su mano y cayó al piso antes de que lo hiciera ella cuando reconoció el cuerpo. No era un guardia al que había matado; era su amante.
   —¡No! —gritó—. ¡No puede ser! ¿Qué estaba haciendo él aquí?
   —Vino a verme a mí.
   —¡Tú lo planeaste!
   —No, fuiste tú; y sólo tú —rio él.
   —No lo reconocí —balbuceó ella—, pero debería, el amuleto debería haberme dejado...
   —Pero el amuleto sentía mi presencia y es tan traicionero como tú.
   —¡Cómo tú me enseñaste! —dijo ella entre dientes.
   Él rio.
   —Sí, te enseñé bien; tenía mejores planes para ti —suspiró con algo de tristeza—, pero el destino quería esto para ti.
   —¡Tú lo sabías! —gritó ella—. Sabías que sería así como sucedería, ¿por qué no me lo dijiste?
   —Porque sino él no hubiera muerto, ¿y cómo podría yo acceder al trono si el único heredero seguía vivo?
    —Pero ahora morirás tú también —dijo ella levantándose de un salto, nuevamente con el puñal en su mano.
   Él hizo un leve gesto con la mano, y el amuleto brilló con más intensidad. Ella se detuvo, petrificada.
   —¿Qué sucede?
   —Lo que te advertí que sucedería si alguien se atrevía a usar el amuleto en mi contra —dijo él con calma—. Tiene mi esencia, y lo sabes, ¿acaso no me conoces?
   —Eres un bastardo traidor.
   Él se rio en silencio mientras se acercaba a ella.
   —Traidor... como todo lo que hay a mi alrededor —dijo él, acariciándole la mejilla. Su mano bajó hasta el cuello y le arrancó el amuleto, luego, se dio vuelta y comenzó a subir las escaleras.
   —¿Qué vas a hacer conmigo? —dijo ella, todavía no podía moverse.
   Él se dio vuelta nuevamente, y le miró esbozando una media sonrisa, luego miró al cuerpo a sus pies:
   —Ya hice todo lo que debía.
   Sin decir más, siguió subiendo los escalones. Ella lo miró desaparecer tras la puerta que lo conducía a la libertad.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en mayo de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos». También es una precuela de la novelette «El emperador».


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Dormida


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   Ella se había dormido, él se había levantado. El sol había salido hacía poco, todavía no iluminaba lo suficiente; solo se veían contornos y sombras en la habitación, pero él no se molestó en prender la luz.
   Fue hasta el baño con paso decidido y cerró la puerta con cuidado, las luces seguían apagadas. La ducha no duró mucho y, quince minutos después, también había terminado de cepillarse los dientes. Salió del baño mientras el agua del tanque todavía cargaba.
   Iba a salir de la habitación, para desayunar, cuando oyó el teléfono. La campanilla era tan insistente como sólo podía serlo temprano en la mañana. Él se acercó a la mesita de luz, ella todavía dormía. La miró un momento, ni siquiera se había movido.
   Descolgó el teléfono, el auricular estaba frío, su oreja resistió el primer contacto. La llamada era del trabajo, la secretaria de su jefe, quería saber si ya se había levantado, si ya había mirado su correo. Él contestó lo mejor que pudo y colgó.
   Caminó de vuelta hacia la puerta de la habitación, se tomó unos minutos para mirar alrededor. Ella todavía dormía, en la misma posición. Él salió.
   El café tardó mucho en hacerse, tal vez porque sabía que él estaba apurado por comenzar su trabajo. A pesar de ello, decidió que no encendería la computadora hasta que no hubiera desayunado. Tal vez ella se levantaría a desayunar con él; miró hacia la habitación, no oyó ningún ruido.
    Media hora más tarde estaba frente a su escritorio y vio lo que le habían enviado. Golpeó la mesa en frustración, otra vez el mismo problema. Estuvo trabajando hasta el mediodía, sin levantar la mirada de la pantalla. Ella seguía dormida. El teléfono sonó de nuevo.
   Él lo dejó sonar, pero ella no lo atendía. Él se levantó, tomó el auricular y contestó con gruñidos, y colgó con fuerza. Luego se detuvo para ver si escuchaba algún sonido desde la habitación. Nada. Le pareció extraño que ella no se hubiera levantado, pero lo cierto era que había estado despierta hasta tarde, algo sobre un dolor de cabeza. No lo recordaba bien.
   Volvió a su escritorio, decidió prestar atención a cualquier movimiento en la habitación contigua. Pasaron dos horas, y no se dio cuenta. El teléfono sonó de vuelta. Él esperó, pero ella seguía dormida, y no contestó. Él se levantó de nuevo.
   Se dirigió a la habitación, ella seguía dormida en la misma posición en que la había dejado. Se acercó a la cama y susurró su nombre. Ella no se movió. Él se acercó más y se sentó a su lado. Acarició su rostro, pero el sueño todavía la retenía. Dijo su nombre de vuelta, de nuevo, más fuerte. Ahora la estaba sacudiendo, pero ella seguía son los ojos cerrados.
   El teléfono dejó de sonar. Él se levantó de la cama y salió de la habitación. No había nada que pudiera hacer. Esa mañana él se había levantado, y ella se había dormido.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en abril de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


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Asombrada


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   —¿Asombrada? —preguntó con voz incrédula—. No, no creo que esa sea la palabra.
   Se acomodó en su asiento y fijó la mirada en un punto lejano.
   —No, creo que más bien la sensación sería como…
   Encogió los ojos como queriendo fijar la vista en algo en particular que no lograba enfocar.
   —Sería algo más parecido a…
   Frunció los labios en el esfuerzo de encontrar la palabra adecuada. Luego de unos minutos de tirante silencio su cuerpo se relajó.
   —No, no sé cómo expresar lo que sentí —suspiró—. Pero no estaba asombrada —recalcó señalando con el dedo al hombre que tenía en frente. Éste se encogió de hombros y repuso:
   —Yo sí, cualquiera lo estaría.
   Y, sin esperar repuesta, dio media vuelta y se alejó.
   Cynthia permaneció observando la espalda del señor mientras este salía de la cafetería. No lo conocía. Era sólo un extraño buscando una conversación momentánea, sin sentido. Esas conversaciones que las personas se sienten obligadas a mantener luego de haber presenciado juntos un hecho. Pero no lo conocía, y no podía estar de acuerdo con él.
   Miró por sobre su hombro hacia donde había ocurrido todo. Ya casi no quedaban rastros y el resto de la clientela seguía tomando café.
   «¿Asombrada? —pensó frunciendo el ceño nuevamente—. No, no lo creo», se dijo sacudiendo su cabeza. Y volvió a fijar la atención en la taza de café que tenía delante de ella.
   Hacía varios minutos que lo revolvía distraídamente y ya no quedaban rastros de azúcar ni de leche. Ahora sólo se observaba un color chocolate claro y uniforme.
   No entendía por qué la gente insistía en sentirse asombrada por hechos tan comunes.
   «Fue asombroso —resonó una voz grave en su cabeza—, ver cómo aparecía primero la cabecita, y luego los brazos y luego las piernas con sus pequeños pies.»
   El rostro dueño de aquella voz con los ojos humedecidos, emocionados, se le apareció en aquel momento con suma claridad. Hacía sólo unos días que un compañero de trabajo había sido padre. En aquella ocasión contó a toda la oficina, en medio de exclamaciones, cómo había sido el parto.
   «Fue asombroso», repetía cada dos o tres palabras, a veces tomando por los hombros a la persona de turno.
   Cynthia no podía entender qué era lo que las personas le encontraban de asombroso. Después de todo, nacen personas todos los días.
   «Nosotros mismos llegamos así», se decía.
   Es cierto que no es lo mismo el nacimiento de un hijo propio que el de cualquier otro; pero aún así, un nacimiento es un nacimiento. Y no es nada nuevo.
   —¿Va a usar el cenicero?
   La pregunta le volvió a la realidad de un salto; aún con la mano sosteniendo la cucharita dentro de un café casi frío.
   —Le molesta si tomo el cenicero —insistió la voz.
   Cynthia miró hacia un costado y encontró a una mujer bastante mayor sonriéndole.
   —No —contestó con una sonrisa automática—, no es molestia, llévelo.
   —Gracias —dijo la mujer y dudó solo unos instantes antes de agregar—. Le pedí a una camarera que me alcanzara uno, pero la pobrecita parece estar todavía bastante afectada por lo que pasó.
   La señora presionó el cenicero, con ambas manos, sobre su pecho.
   —Yo misma todavía no lo puedo creer —dijo abriendo mucho los ojos—. ¿No le pareció asombroso?
   Cynthia contestó con una leve inclinación de la cabeza y una sonrisa condescendiente. Era mejor no discutir. La señora pareció estar satisfecha con la respuesta y se alejó hacia su mesa. Cynthia la observó alejarse y aprovechó para mirar al resto de las personas dentro de la cafetería. La mayoría murmuraba aceleradamente entre sí. Decidió apurarse a terminar su café e irse de allí. No quería tener más conversaciones inútiles. ¿Por qué la gente insistía en asombrarse de cualquier cosa? No le fue difícil terminar el café casi frío y juntar todas sus cosas. Ni siquiera se paró a ponerse el abrigo antes de atropellarse hasta la puerta.
   Afuera la recibió una mañana fría y ventosa. El cielo estaba totalmente despejado pero el sol ya no era lo suficientemente fuerte. Caminó sin prestar atención a su alrededor. Regañándose a sí misma por haber olvidado los guantes. Al doblar en una esquina chocó con alguien.
   —Disculpe —dijo una voz masculina.
   Cynthia no le contestó y lo esquivó para seguir.
   —¿No nos habíamos visto antes?
   Una mano la tomó del brazo. Alzó la vista para ver al intruso. Era el señor del café, el primero que le había hablado.
   Cynthia se soltó el brazo molesta.
   —Puede ser —murmuró e intentó continuar su camino, pero el hombre le cortó el paso.
   —¡En la cafetería! —exclamó—. ¿No es así? Nos vimos en la cafetería.
   Cynthia no podía creer su intrusión, a quién le importaba si se habían visto antes o no. Trató de rodearlo pero él se interpuso nuevamente en su camino.
   —No estabas asombrada, eso fue lo que dijiste, ¿no? —continuó—. ¿Cómo era que te sentías? No recuerdo la palabra que usaste.
   —No dije nada —contestó Cynthia con un creciente malhumor.
   —¿Estás segura? —insistió.
   Cynthia notó que había comenzado a tutearla.
   —Sí —gruñó—, estoy segura.
   Dio media vuelta y cruzó la calle. No había avanzado más de cinco pasos cuando aquella mano volvió a tomarla, ésta vez, del hombro y la hizo detenerse. Se dio vuelta en redondo para volver a encontrarse con ese hombre.
   —Déjeme en paz o llamaré a la policía. Hay un oficial cerca de aquí.
   —No hay necesidad de eso —sonrió él—, sólo quiero hablar contigo, ¿es eso un crimen?
   —Yo no quiero hablar con usted. Y no me trate como si nos conociéramos. Es la primera vez que nos vemos y…
   —La segunda —la corrigió.
   Cynthia ya casi no podía contener su furia.
   —Aún así, yo no le di permiso para que me trate con tanta confianza. Y ciertamente no quiero hablar con usted.
   Sin esperar respuesta reanudó su marcha con un paso acelerado. No miró hacia atrás hasta que se hubo alejado tres cuadras. Recién allí se permitió un respiro. Miró a su alrededor, no había nadie. Intentó tranquilizarse, su pecho todavía estaba agitado por la pequeña carrera.
   —Otra vez volvemos a encontrarnos.
   Cynthia se sobresaltó, allí en frente tenía otra vez a aquel hombre. ¿Cómo podía ser? Éste la miraba con una expresión alegre, aunque su mirada era algo fría. Inquietante. Cynthia no podía quitar sus ojos de los de él, ya casi los tenía a menos de cinco centímetros de los suyos. Recién ahí notó que el extraño la tenía sujeta por ambos hombros, le extrañó no haber notado antes que llevaba guantes, unos muy familiares. Su sonrisa había desaparecido. Escuchó como en un susurro.
   —Ahora no puedes decirme que esto no es asombroso, ¿o sí?
   Cynthia intentó moverse, pero no pudo. Quiso cerrar los ojos, pero ya no tenía control sobre ellos. No entendía qué intentaba lograr aquel hombre. Sabía que debía estar asustada, sabía que debía estar huyendo; pero sólo logró quedarse allí parada, en los brazos de aquel hombre y perdida en sus hipnotizantes ojos. Logró esbozar unas palabras con sus labios, y en un último susurro aseveró:
   —No, en realidad, no lo encuentro asombroso.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en abril de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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Retos de lectura y escritura para el año - resumen


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   No hace mucho, publiqué un post con mis retos de lectura y escritura para este año. Si lo recuerdan (o acaban de leerlos), sabrán que fueron bastante desafiantes.
   Ya estamos tan cerca del final de este año que es momento de revisarlos y ver cuáles alcancé y cuáles no. Creo que va a ser más de lo segundo L.
 

Retos de lectura y escritura – fin del camino

 
   Como todavía faltan unos días para el fin de año y siempre hay que tener esperanza, pienso actualizar este post si hay alguna diferencia para el primero de enero.
 
Retos_lectura_escritura_resumen
  
    • Retos de lectura
      • Alcanzados (esto lo pueden ver en mis lecturas del año en Goodreads)
        • Leer un clásico y un libro que haya ganado un premio, es el mismo libro: Matar a un ruiseñor.
        • Leer una colección de cuentos: hay varios aquí, voy a poner como ejemplo: That thing aroung your neck.
        • Leer un libro de un autor debutante: Invierno asesino, al menos es debutante en el género, no estoy tan segura del resto.
        • Leer una memoria o biografía: leí una mini de Einstein y estoy leyendo una de Louisa May Alcott, así que lo considero como alcanzado.
        • Leer una novela de más de 600 páginas: Winter, final de la saga Crónicas Lunares.
        • Leer una novela gráfica: el manga de Orgullo y prejuicio.
        • Probar un audiolibro: más cuentos con Dark and Stormy Knights.
      • No alcanzados --> el que más me duele es no haber leído nada de un autor local.
        • Leer un libro de un autor auto-publicado.
    • Retos de escritura
      • Alcanzados
        • Escribir más formatos breves --> fue el único alcanzado en su totalidad.
      • Semi alcanzados (no sé si existe esa expresión, es que hice, pero no tanto como para considerar que está alcanzado).
      • Conteo diario de palabras y seguir calendario de escritura y edición --> hubo un arranque y paro varias veces al año, todavía no está completamente implementado, sobre todo el de edición. Lo que más cumplí fue el conteo de palabras.
      • Escribir un cuento a la semana y en otros géneros --> los pongo juntos porque en general exploro otros géneros en los cuentos, pero fue bastante poco la incursión en otros géneros. Y lo del cuento a la semana no lo pude mantener todo el año, aunque creo que lo conseguí por poco más de seis meses.
      • Enviar cuentos a concursos y revistas literarias --> sí a la primera parte, a la segunda no encontré.
    • No alcanzados --> el que más me duele fue no ponerme a día con los borradores retrasados.
      • El diario de ideas es algo que quise empezar el año pasado y no sé cuándo pasó tanto tiempo porque ahora me di cuenta que hace más de un año que no lo toco.
      • Recuperar la escritura libre --> ahí todavía falta un poco, pero en la escritura breve fue donde lo dejé más libre.
      • Editar y corregir más --> por un lado, está atado a ponerme al día con los borradores retrasados. Por otro, si bien incorporé la revisión en la planificación de novelas y cuentos, todavía le falta mucho para terminar de estar implementado.
   En resumen, había apuntado a la luna, y la caída fue algo fuerte. Sobre el último punto que me había propuesto:
    • Mantener la pila de libros a leer en un máximo de veinte --> tampoco llegué.
   ¿Qué opinan? ¿Fue este año un fracaso? Estoy bastante decepcionada conmigo misma. No solo por estos objetivos, hubo muchos más a nivel personal que tampoco pude cumplir.
   ¿Cómo les fue a ustedes? 
 


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Un mundo sumergido


Cuentos_logo
 
   Sentía su cuerpo flotar levemente mientras rozaba con suavidad los bordes de la bañera. El espacio dentro apenas era suficiente para que estirara las piernas. Si quería sumergir la cabeza, tenía que flexionar las rodillas fuera del agua. Pero ella no quería hacerlo, no en ese momento. Su cuerpo estaba tenso. A pesar de que llevaba el suficiente tiempo en el agua como para que se le arrugaran los dedos, todavía no lograba relajarse.
   Aun cuando se quedaba inmóvil, sentía el fluir del agua acariciando su piel. Sentía su peso, cómo tiraba de ella hacia abajo. Y ella quería ceder, eso era lo que la atemorizada. Quería ceder. Había allí una añoranza que creía perdida años atrás. Y, no obstante, nunca antes había sentido esa aprensión a estar sumergida.
   Levantó una mano y observó a las gotas correr desde sus dedos hacia su muñeca. Sintió un escalofrío, el agua ya estaba fría. El otro brazo se le resbaló y casi cae bajo el agua. Se sostuvo con ambas manos. El corazón latiendo con fuerza. El agua formaba olas alrededor de su cuerpo, remolinos que la tocaban en cada milímetro de su piel.
   Volvió a recostarse. No podía juntar fuerzas para levantarse. Ni siquiera ahora que el agua estaba congelada, ahora que ella estaba congelada. Todavía no se decidía a dejarse ir. Había sido tan fácil unos días atrás.
   En realidad, siempre había sido sencillo. Por lo menos para ella. Si bien había oído que la afinidad de los bebés con el agua era grande, en realidad ella recordaba ese contacto con plena memoria. Incluso se acordaba de cuando había estado sumergida en un líquido similar durante meses, dentro de su madre. Lo podía visualizar con muchos detalles, hasta casi evocar las sensaciones de ese momento.
   Por eso su primer día en la piscina había sido un alegre recordar. Pronto aprendió a no comentar más ese recuerdo, la gente parecía no comprender, o responder con sonrisas incrédulas. Ella se acostumbró a esconderse de ellos en el agua, el único lugar donde hallaba paz.
   Durante su niñez, había sido casi imposible para su madre sacarla de la bañera antes de pasada una hora. Después, cuando fue mayor, ella pasaba mucho tiempo nadando. Incluso, un verano, llegó a tener el récord de tiempo sumergida sin respirar. Sin embargo, para ella era más bien un acto privado. Nunca llegó a competir.
   Le gustaba llegar del trabajo todas las noches y preparar su baño de inmersión. No ponía música, no bajaba la luz. Solo el agua caliente y un poco de sales. Y se quedaba allí hasta que se enfriara. A veces, agregaba un poco más de agua caliente y se demoraba durante otros largos minutos.
   Esa noche, hacía tres días había hecho lo mismo. Cuando ya faltaba poco para que tuviera que salir, para que tuviera que ir a dormir a su cama, añadió más agua caliente y se sumergió una última vez. Le gustaba abrir los ojos y mirar alrededor, sin fijarse en nada en particular.
   Le llevó unos instantes darse cuenta de que una luz titilaba a lo lejos. Cuando por fin reparó en ella, lo primero que pensó fue que se trataba del reflejo de las luces del baño. Aunque algo no cuadraba. Después de varios minutos tuvo que salir a tomar aire. Cuando volvió a sumergirse, las luces ya no estaban allí, y ella creyó que había sido su imaginación hasta que vio unas sombras a lo lejos.
   «¿A lo lejos? ¿Cómo puede verse algo tan distante dentro de mi propia bañera?»
   Salió otra vez a la superficie. Su baño estaba igual que siempre.
   El agua estaba congelada y le pesaba sobre la piel. La urgía a sumergirse otra vez. Poco después de hacerlo, advirtió movimiento, oyó ruidos lejanos que se transformaron en voces. Fue entonces cuando salió de un salto de la bañera.
   Casi se cayó al salir, pero no se detuvo hasta que hubo revisado toda la casa y se aseguró de que puertas y ventanas estuvieran cerradas. Regresó al baño, y después de observar la bañera unos minutos, dejó correr el agua.
   Los siguientes días se había bañado, si bien no sumergido. Fueron los días que más rápido había salido del agua. Ella, que prefería siempre estar en la bañera, en vez de fuera, que incluso había rechazado salidas para poder llegar a su amada agua. Se había bañado, y no sumergido.
   La tentación era cada vez más fuerte y no podía resistir.
   Al sumergirse vio sombras con las luces. En un punto lejano, más allá de los bordes de su bañera. Le llevó varias sumersiones más darse cuenta de que esas sombras eran contornos de edificios, no como los de su ciudad, mas sin duda eran construcciones, llenas de luces y voces. Sin embargo, no había visto nada más. No había visto a nadie.
   Durante varios días solo podía esperar a llegar a su casa para sumergirse en la bañera toda la noche. En algunas ocasiones temió quedarse dormida y solo entonces salió unas horas para dormitar en la cama antes de regresar a la bañera.
   Durante el fin de semana se quedó todo el tiempo dentro, llenando de agua caliente la bañera cada vez que se enfriaba. Ya era capaz de ver todo el contorno de la ciudad. La había visto con luces de diferentes colores. La había oído con más y menos voces. Había visto sus días y sus noches. Sus caminos, sus casas. Aunque no a sus habitantes. El agua la urgía a llegar allí; no obstante, cuando intentaba acercarse, chocaba con el borde de la bañera, la ciudad estaba más allá.
   El fin de semana siguiente optó por hacer un pequeño viaje a una playa cercana. No le avisó a nadie ya que, con toda seguridad, sonreirían como con su recuerdo de la niñez. La bañera ya no le alcanzaba, y tampoco una piscina, lo había intentado. El mundo sumergido estaba demasiado lejos. Se quedó parada frente a esa agua extraña y sintió el mismo anhelo. Se hundiría hasta encontrar ese mundo, su mundo sumergido.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato que involucre agua como elemento relevante de la historia.


Este cuento forma parte del recorrido del verano, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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Cómo organizo mis libros en la biblioteca


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   Este post trata sobre un tema que me ha desvelado más de una vez y que todavía no tiene solución: cómo organizar los libros en la biblioteca.
   Cada tanto, siento el impulso de poner en orden mis libros (a veces acosada por las pilas que crecen por toda la habitación cual plantas en tierra fértil). Pero el problema es siempre el mismo, ¿cuál es el criterio a usar?
 

Tres maneras de organizar mis libros (una ya abandonada)

 
   Voy a comenzar por decir que, por varios motivos, el último de ellos el libro de La magia del orden, decidí reducir el tamaño de mi biblioteca física. Y esto va en contra de lo que quería hace unos años cuando me hice un mueble a medida para mis libros. (Si se preguntan, en el momento tengo dos bibliotecas, una biblioteca baja y otra biblioteca con escritorio). La meta es dejar no más de quinientos libros (solo porque es un número redondo), y todavía no llego L.
   Estos son los métodos de organización que están activos en este momento. Ninguno me convence por completo ya que hay libros que pueden estar en varios lugares a la vez, y nunca sé dónde ponerlos.
    • Biblioteca escritorio -> temática; en un estante está la mitología, con una amplia mayoría griega, y en otro, libros de la infancia.
    • Biblioteca uno -> tiene estantes dedicados (y a veces con inquilinos) a:
      • Libro_logo
      • Terror: ahí está Lovecraft, Koontz y vampiros varios.
      • Detectives: encontramos a Christie, Sanders, Conan Doyle.
      • Clásicos: Lo que el viento dejó se llevó, La Odisea, etc.
      • Otros libros de la niñez: Mujercitas, Corazón, etc.
      • Temas variados: matemáticas, estudio de los gestos… en fin, una mezcla (que incluye algo de Asimov que tal vez debería estar en la siguiente).
      • Diccionarios y gramática.
    • Biblioteca dos -> casi todo está por autor, allí tenemos:
      • Asimov, Le Guin, Sanderson, King, Austen, Tolkien, etc.
      • Un estante también agrupa los libros de cuentos. Y aquí están las antologías en las que participé, pero no mis libros, que los tengo… en la mesa de luz.
    • Biblioteca baja -> tiene estantes dedicados a:
      • Escritura: en inglés y en castellano (y acá hay uno de Le Guin que a lo mejor debería estar con los demás de ella).
      • Varios ficción: incluye, saga Cinder, Vencer al dragón, El juego de Ender, La historia sin fin, un libro de haikus, etc.
 
   En resumen, estos son los tres métodos por los cuáles tengo ordenadas mis bibliotecas (y además pongo los libros por tamaño, pero las series las mantengo juntas):
    • Por autor -> la duda es cuando tengo uno de un tema o género específico.
    • Por tema o género -> la duda es si mezclo idiomas o no.
    • Por idioma -> éste ya está prácticamente en desuso, sobre todos por las sagas que empecé en español y después tuve que seguir en inglés porque la editorial dejó de publicarlas.    
   Creo que es bastante más simple que mi método para leer un libro.
   ¿Cómo organizan ustedes sus libros? ¿Tienen algún consejo?



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Demasiado juego


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   Saltó otra vez, con fuerza. El piso de madera crujió y tembló, algunos muebles oscilaron.
   ―¡Basta! ―gritó su madre, de espaldas, desde la cocina.
   Chilló también la vecina de abajo.
   El niño sonrió astutamente. Volvió a trepar, hasta donde sus cabellos rozaban el techo. Balanceó los brazos, dobló las rodillas… Saltó.
   El piso, cansado de los embistes, abrió un hueco.
   La vecina retuvo el grito mientras lo veía caer a través de su techo, y su piso.
   Mientras el niño seguía bajando, su madre soltó un suspiro.
   ―Por fin haces caso. Ahora quédate quieto un poco, te llevaré la merienda.


   Este minicuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en diciember de 2014.


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Besos


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   —Te amo —susurró Emilio.
   Inés sonrió y le rozó el brazo. Emilio asintió, contuvo la respiración, y volvió a su tarea.
   —Casi nada —murmuró ella—; falta poco.
   Él volvió a asentir y serruchó con más fuerza. Inés se mordió el labio y se acercó con cuidado; sopló suavemente sobre la oreja de su amante.
   Emilio sonrió, sin mirarla. Inés buscó su boca. Él se detuvo.
   —Un poco más —masculló sobre los labios de ella.
   —Encenderé el auto —suspiró Inés.
   —Antes de levantarse, se inclinó sobre su ex-marido y le dio un frágil beso sobre la frente manchada.


   Este minicuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2012.


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¡Asesinato!


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   Asesinato.
   La palabra navegó de boca en boca. Se hinchó y se infló con la fuerza de la marea de murmullos. Se susurró, se murmuró y finalmente se gritó. ¡Asesinato!
   El hombre yacía en un costado de la sala. La mesa, con la pata rota; la silla, en un rincón. Un charco corría como arroyo cobrizo.
   Los vecinos clamaron justicia.
   El difunto se movió.
   ―¿Eh…? ―babeó rodando sobre una caja aplastada.
   El vaho de su aliento acalló cualquier rumor.


   Este minicuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2011.


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Cuatro tipos de libros de fantasía que deberías conocer



   Llevo bastante tiempo hablando de la literatura fantástica, casi una obsesión, ¿no? En el post anterior divagaba un poco sobre mi elección de este género, en este espero brindar un poco de información más práctica.
   A continuación, dejo un pequeño listado de algunos de los sub-géneros de la literatura fantástica. 

Tipos_libros_fantasia
 

Tipos de fantasía en la literatura

 
  •    Alta fantasía
  •    Llamamos así a la fantasía estilo Tolkien (sí, él marcó un estilo). Estamos es un mundo completamente diferente del nuestro, muchas veces basado en sociedades medievales, lleno de personajes no-humanos y con una prosa que busca la belleza. Es muy buena, cuando está bien hecha; es muy fácil excederse y caer en el disparate.
 
    Escritura_logo
  •    Fantasía cómica
  •    Y ya que caímos en el disparate, nos quedamos en él. Todos los géneros pueden ser parodiados, ¿por qué no éste? Si bien el objetivo principal es hacer reír, también puede tener un aspecto serio y profundo. Otra vez, no hay que exagerar ya que parodia no es lo mismo que un sin-sentido enorme. Suele haber un análisis inteligente detrás de la parodia.

  •    Fantasía urbana
  •    Traigamos la fantasía al aquí y al ahora, la mayoría de nosotros viene en una urbe, así que las leyendas tienen que venir a donde estamos. Las criaturas fantásticas se insertan en el mundo real y cotidiano. El mayor reto es justamente cómo explicar esa inserción y cuánto se va a incorporar; si, por ejemplo, es solo magia, sería más fácil de disfrazar que dragón completo.

  •    Fantasía oscura
  •    Adiós a los finales felices y hola a la violencia sin fin. Esta es la elección para los extremistas. Las cosas malas no dejan de ocurrirle a los personajes y a ellos no parece asombrarles porque así es su mundo: oscuro. No creo que haga falta decir lo fácil que es excederse en ese aspecto. Pero también da la oportunidad de profundizar en temas que no suelen tocarse demasiado en los demás tipos.
  
   Como nada en la vida es absoluto, estos géneros pueden mezclarse en diferentes medidas, aunque, en general, una obra suele tener más de uno en particular. Por ejemplo, mi última novela es una fantasía urbana.
   ¿Cuál es el sub-género que más les gusta? ¿Creen que faltaba alguno importante?
 


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Una cerradura para cada llave


Cuentos_logo
 
   Se levantó de golpe. Se sentó en la cama, y se arrepintió de inmediato. La cabeza le latía como el corazón de un elefante. Volvió a recostarse en la cama y trató de recuperar la respiración. Tuvo que cerrar los ojos para evitar la luz que ingresaba a través de la ventana cuya persiana había olvidado bajar. Se pasó la lengua por los dientes y sintió arcadas. Apoyó el dorso de la mano sobre la boca y esperó a que se le pasaran.
   Cuando pudo abrir los ojos otra vez, miró al reloj en la mesa de luz: ya había pasado el mediodía. Frunció el ceño y se dejó caer sobre la almohada.
   Pasaron varios segundos antes de que susurrara:
   —Domingo.
   Cerró los ojos de nuevo un instante y respiró profundamente. Cuando volvió a divisar su habitación, ésta se hallaba inmóvil. Levantó las manos para correr los cobertores y sintió algo pesado en su mano izquierda. La abrió con una mueca de dolor. Había apretado tanto el objeto que se le había incrustado en la palma y en los dedos. Lo observó un largo momento. Le llevó tiempo darse cuenta de que era una llave. Una de esas antiguas, pesada, con dos dientes y con un mango trabajado.
   —¿De dónde es? —musitó sin dejar de mirarla.
   Se levantó de la cama y la comparó con las suyas. No era similar a ninguna. Inspiró e hizo un esfuerzo por recordar la noche anterior. ¿De quién sería esa llave? ¿Por qué la tenía ella, tan apretada en su mano?
   Aun sin un solo recuerdo en su mente, fue hacia la ducha. El latido detrás de sus ojos y la sensación de su boca le decían que había estado en un bar la noche anterior, pero no sabía nada más. Revisó todas las cerraduras de su casa, no encajaba en ninguna.
   Llamó a sus amigos.
   Ninguno de ellos había perdido una llave. Ella no podía hacer nada más que observarla sobre su palma mientras hablaba con cada uno de ellos. Incluso conversó con algunos que no habían ido al bar la noche anterior ya que no recordaba quiénes habían estado allí y quiénes no. Tampoco se acordaban muchos de ellos. Por lo menos sabían que habían llegado todos juntos; sin embargo, entrada la noche se habían perdido de vista. Ella declinó una invitación para verse esa noche y, luego de colgar, ya no llamó a nadie más.
   Pasó la tarde del domingo revisando cada parte de su casa, cada cajón, cada baúl, caja o cualquier cosa que pudiera tener una cerradura. No encontró ninguna donde encajara la llave. A pesar de ello, no podía dejar de mirarla, sentía algo familiar respecto a ella. Y haberla tenido apretada con tanta fuerza tenía que significar algo.
   A la noche, con la casa patas para arriba, se dio un baño cliente y volvió a meterse en la cama. No fue hasta que oyó rezongar a su estómago, que se dio cuenta de que no había comido. No quiso levantarse. El dolor de cabeza por fin se había ido, aunque todavía estaba exhausta y al día siguiente era lunes.
   Dejó la llave sobre la mesa de luz y se durmió casi sin proponérselo.
   Cuando se despertó por la mañana, tenía la llave otra vez en la mano, la notó apenas abrió los ojos y no la vio en la mesa de luz. Sintió pánico.
   Después de mucho dudarlo, se decidió a llevar la llave consigo al trabajo. Luego de que varias personas le preguntaran por la noche del sábado, notó que algunos de ellos habían estado en ese bar. Sin embargo, ninguno recordaba haberse ido de allí con ella, ni tampoco perder nada en ese lugar.
   Durante la hora de almuerzo, se quedó en la oficina para probar la llave en cada una de las cerraduras, en cada uno de los cajones que encontró. Volvió a sentarse en su silla con un suspiro. No funcionaba en ninguna. Miró la llave otra vez, y tuvo que guardarla cuando comenzó a retornar la gente.
   De regreso a su casa, pasó por el bar al cual habían ido el sábado, parecía no más que una casa vieja. Llamó repetidas veces, incluso golpeó y dio gritos. Estaba cerrado. Era lunes, después de todo, y ni siquiera había llegado el atardecer.
   Siguió camino hacia su edificio. La mano en el bolsillo, apretando la llave.
   Sabía que había algo distinto mientras andaba y no terminó de entenderlo hasta que llegó a la puerta de su casa y sacó la mano con la llave desconocida. Estaba latiendo contra su palma. No se veía diferente, sino que la sentía, sentía los pequeños latidos acompasados al suyo y entonces recordó algo.
   —No puede ser —susurró sin dejar de mirar la llave en su mano, aun parada frente a la puerta cerrada de su casa.
   El recuerdo fue fugaz: solo una visión del bar y un cuarto trasero, uno con menos gente, menos ruidos y algunas bebidas extrañas. La memoria se detuvo allí.
   Ella esperó un poco más, ninguna otra imagen entró en su mente. Le costó quitar la llave de su vista para abrir la puerta de su casa.
   —Una vez dentro, no podía parar de moverse de un lado a otro, con la llave en mano, aunque no hacía nada en particular. Si bien quería regresar al bar, sabía que seguiría cerrado. Solo podía esperar. Se llevó las manos a la cabeza y bufó. Luego recorrió el departamento en busca de algo de beber; lo único que encontró para distraerse fue dormir.
   Durmió hasta el mediodía del día siguiente, después de haber llamado para avisar que estaba enferma. Y se quedó en la cama hasta que se hizo de noche. Entonces se vistió con rapidez y fue al bar. Había poca gente esa noche, no obstante, ella no se fijó en nadie, llegó al pequeño cuarto como si lo conociera.
   Allí había algunas personas que la miraron durante un momento, y nada más. Los tragos estaban servidos en las diferentes mesas, como si estuvieran dispuestos para que los tomara quien quisiera. No parecían tener nada de particular salvo que daban la sensación de latir como la llave. Tomó uno en sus manos y los recuerdos la abatieron.
   Con los ojos todavía agrandados y conteniendo la respiración, soltó el vaso y sacó la llave. No le importó la gente que la miraba mientras ella se levantaba la ropa y encajaba la llave en su ombligo. Ajuste perfecto.
   Ella parpadeó.
   —Pero ¿qué abre?
   El latido le quemaba la mano sudorosa que no se animaba a girar.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Céntrate en cómo llegó a tener esa llave y qué abre.


Este cuento forma parte del recorrido de la llave, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.



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¿Por qué elijo la literatura fantástica?



   Si pasaron suficiente tiempo en el blog o si conocen mis libros, saben que mi mayor foco está en la literatura fantástica. Tal vez, en algún momento, se preguntaron por qué este género y no otro. Bueno, eso es algo que yo también me cuestioné y voy a tratar de contestar ahora.
   Primero lo primero. ¿Literatura fantástica es lo único que leo y escribo? Respuesta: no. En la lectura puedo pasar por casi cualquier género, aunque me echan un poco para atrás las novelas históricas. Si les interesa, pueden ver aquí qué ando leyendo y qué leí. Si bien últimamente me focalizo en el género, tuve mis momentos de leer solo terror o libros whodunit (recuerden que empecé a leer décadas antes de Goodreads). En cuanto escritura, en general exploro otros géneros en los formatos breves, como cuentos o Aglaya.

Porque_elijo_literatura_fantastica
 

¿Por qué la mayoría de mis libros son de fantasía?

 
   El primer punto de contacto con la fantasía pura (que recuerdo) fue El señor de los anillos. Pero si analizo mi gusto por los cuentos extraños y maravillosos, terminar en la literatura fantástica me parece lo más natural. Las razones que me atraen para escribir en este género son las mismas que me invitan a leerlo, por ejemplo:
   La absoluta libertad de creación. Sí, el mundo y sus elementos tienen que ser coherentes, pero más allá de eso, no hay límites. Puede ser lo que uno quiera y me encanta explorar los límites de la realidad. ¿Se puede hacer de otro modo? Claro, aunque me parece que no tanto en otros géneros.
Escritura_logo   También está el espíritu de asombro. La literatura fantástica, si bien no es un lo mismo que lo extraño, ofrece un punto de quiebre con la realidad, una vuelta de tuerca y la capacidad de dejarte asombrado con lo que en el mundo ordinario puede ser lo más cotidiano. (Sí, está muy relacionado con el punto anterior.)
   Y por supuesto, el componente humano, otro de los lugares de exploración. Porque, aunque haya elfos o magos, siempre estamos hablando de nosotros, siempre estamos hurgando en nuestra propia humanidad. ¡Y qué mejor que hacer eso despojando al ser humano de varias de sus características o cambiarlo y convertirlo en otra cosa! (Después de todo, me gusta la mitología, ¿no?)
   En conclusión, creo la literatura fantástica es un género donde todavía hay mucho que explorar y me encanta la posibilidad de crear nuevos mundos, aun cuando están dentro de este, y conocer a todos sus habitantes, desde todos los ángulos posibles.
   ¿Y ustedes por qué eligen la literatura fantástica?
 
Mi última novela publicada, Antifaces, tiene una nueva reseña.
 


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El cajón


Cuentos_logo
 
   El cajón estaba abierto. Eso fue lo que la sorprendió cuando entró en la habitación. Se quedó unos minutos en el umbral, sin moverse, solo se oía el rumor del lavarropas del vecino de arriba.
   Cuando pudo reaccionar, soltó el picaporte y prendió la luz, aunque todavía fuera de día. Se acercó al cajón, su contenido estaba intacto. Contó todo lo que había dentro, lo miró varias veces, no parecía faltar nada. Lo cerró y dejó la mano apoyada unos minutos.
   ―¿Fui yo? ―susurró mientras cerraba los ojos y trataba de recordar sus movimientos de esa mañana.
   La rutina era tan mecánica que resultaba imposible recordar los pasos. Solo imágenes difusas del cepillo de dientes, la ropa sobre la cama y el fuego de la hornalla. Suspiró y soltó el cajón. No importaba, tendría que haber sido ella, nada más estaba fuera del lugar.
   Fue a la cocina, para decidir qué preparar para la cena. Abrió la heladera y la cerró, por el rabillo del ojo había visto el comedor, donde la puerta estaba abierta. Se alcanzaba a ver el largo pasillo que llevaba a las puertas de los vecinos.
   Se acercó con cuidado, apretando los labios, conteniendo la respiración. El sonido del ascensor al activarse la alteró y cerró la puerta de un golpe. Pasó la llave y suspiró. Se volvió, la casa seguía en silencio. Regresó a la cocina, donde la hornalla ardía sola.
   Se llevó los dedos a los labios, miró la heladera y después otra vez la hornalla. La apagó y volvió a echarle una ojeada a la puerta de entrada y a la heladera. Solo entonces, retornó a su habitación.
   Dudó cuando vio la luz prendida, pero recordó haberla prendido. Le echó un vistazo al cajón, seguía cerrado, lo rozó con los dedos para asegurarse. Se paseó un rato por la habitación, tratando de calmarse. Decidió echarse un rato.
   Apagó la luz y se tiró sobre la cama, boca arriba. Se despertó poco después o al menos eso le pareció. Se levantó y prendió la luz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad, vio que el cajón estaba abierto.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en marzo de 2014.


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¡Qué calor!


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   El calor la golpeó cuando salió del edificio. Había pasado todo el día en un sueño de aire acondicionado y ahora le esperaba el penoso regreso al hogar. El aire estaba tan inmóvil que apenas si entraba en sus narices y no llegaba a ningún otro lugar. Tomó una abocanada, pero le quemó la garganta. Al final, se resignó a caminar a través de ese día gomoso.
   Las sandalias se le pegaban al asfalto y más de una vez creyó que se le iban a romper las tiras del esfuerzo que hacía al levantar el pie. La cartera pasó de pesar unos gramos a pesar unos cuantos kilos. La correa se le hundía en la carne del hombro. Un hombro que estaba quedando más abajo que el otro.
   Las cuadras se alargaban a medida que avanzaba con los pies hundidos en la acera casi hasta las rodillas. De repente, le pareció que la gente a su alrededor había crecido, o tal vez ella se estaba derritiendo. Por lo menos así parecía indicarlo la transpiración que le corrí a por la espalda y que hacía que sus pies rebotaran dentro de las sandalias. Casi con la lengua llegándole al mentón, llegó a la parada del autobús. Tardó una eternidad en llegar uno, con la gente creciendo como yuyo seco a través de ventanas y puertas. Ella se subió de todas maneras, quería llegar a su casa. Encontró la máquina de boletos extrañamente alta y tuvo que pedirle a alguien que le comprara el boleto. Pasó todo el viaje sosteniéndose de las piernas de los demás pasajeros.
   Cuando llegó a su parada tuvo que saltar a la vereda… ¡Cada vez hacían más altos esos escalones! La cartera le rozaba los tobillos y le pareció raro, pero tal vez la correa se había estirado por el calor. Caminó las pocas cuadras que la separaban de su casa sintiéndose insólitamente liviana. Antes de llegar a la puerta ya rebuscaba en su cartera por la llave. La encontró y le pareció demasiado grande, más grande de lo que la recordaba, ¡y eso que la había visto esa mañana! Aunque lo que realmente le sorprendió fue el cerrojo de la puerta: estaba por encima de su cabeza.
   ¿Cómo? Sí, por encima de su cabeza.
   «Este calor ―se dijo― lo complica todo».
   Escudriñó a su alrededor, pero los gigantes que la rodeaban parecían no notar su presencia. Ya no arrastraba la cartera demasiado pesada, y las sandalias las había perdido por algún lado, la llave la dejó junto a la puerta.
   Pronto se vio rodeada de muros que crecía a su alrededor, y ella estaba en un surco, un camino. Había más como ella en ese camino, todos yendo en fila. Ella los siguió. La fila era rutinaria, el calor agobiante y también notó que acarreaba algo pesado sobre su hombro. Pero no podía hacer otra cosa que seguir caminando, para escapar de ese calor que la consumía.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en enero de 2011.


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