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Un día de picnic


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   —Dejemos el auto por acá —dijo Mariana, poco antes de que llegaran al final del camino.
  Pablo la miró por el espejo retrovisor.
  —¿Acá? Es el medio de la nada.
  —Mejor, ¿no? Nadie va a pasar.
  —Ahí hay un cartel —señaló Irene—, reconoceremos el lugar.
  Pablo suspiró. Detuvo el coche donde indicaba su novia y salieron los cuatro a la vez.
  —Gracias —murmuró Pablo al pasar junto a su amigo.
  David se encogió de hombros.
  —Da igual. Seguro que estamos solos, y tampoco vamos a quedarnos tanto tiempo.
  Mariana lo miró con el ceño fruncido.
  —No hay mucho para hacer.
  Ella apretó los labios, le puso uno de los bolsos más grandes en los brazos y se dio la vuelta para internarse en el bosque. David dejó caer los hombros hacia delante y fue tras ella. Las dos jóvenes caminaban delante, sumidas en una animada charla.
  El bosque era pequeño, lo poco que había dejado la ciudad que crecía a su alrededor. Apenas unos árboles ralos con mínimo follaje y casi ningún arbusto que los uniera entre sí.
  —¿Hasta dónde vamos? —Pablo echó una mirada atrás, donde había dejado el auto.
  —Hasta que encontremos un lugar despejado para las tiendas —dijo Irene.
  —Todo está bastante despejado por acá —murmuró David—, si apenas serán veinte árboles.
  —No te quejes tanto —Pablo iba a su lado—. Es como dices, solo nos vamos a quedar un rato.
  —¿Y para qué las tiendas? —suspiró—. Me había olvidado de eso.
  —Las chicas querían la experiencia completa —sonrió—; tal vez incuso salgas ganando algo.
  —No lo creo, no con ustedes en la otra tienda —dijo David, aunque su tono se volvió más pensativo y aceleró el paso.
  Las jóvenes se habían detenido en un claro bastante grande. Si bien no había tantos árboles, eran muy altos y solo permitían divisar un trozo de cielo libre de cables y de edificios que se perfilaban a la distancia.
  Mariana inhaló con intensidad.
  —¿Lo sienten? ¿Cuántas veces se respira un aire así en la ciudad?
  David abrió la boca para contestar, pero su amigo se le adelantó.
  —¿Dónde van las tiendas?
  —Por aquí —dijeron Mariana e Irene a la vez, y rieron.
  Tardaron casi una hora en armarlas y luego se sentaron a descansar unos minutos. Compartieron jugo y galletas.
  David suspiró.
  —¿Y qué hacemos durante el resto del día?
  —Charlar —dijo Irene.
  Él frunció el ceño.
  —Traje la tablet —comenzó Pablo—, podríamos…
  —No —negó con la cabeza Mariana—, se supone que es un día libre de tecnología, para disfrutar de la naturaleza.
  Los muchachos se miraron el uno al otro.
  —No se asusten tanto —Mariana sonrió después de dejar pasar unos momentos—, traje cartas por si quieren jugar a algo.
  —Es mejor que nada —murmuró David.
  —Tal vez podríamos hacer otras cosas para las que tampoco se necesita tecnología.
  Irene le puso mala cara.
  —Solo decía.
  —¿Es que no tienes vergüenza? —bajó el volumen de la voz—. No estamos solos.
  —Uh —puso los ojos en blanco—, son amigos, y tampoco es que ellos no…
  —Hablemos de otra cosa —lo interrumpió David—. ¿Dónde están las cartas?
  Mariana rebuscó en uno de los bolsos.
  —¿Saben lo que podríamos hacer? —dijo a la vez que le alcanzaba el mazo a su novio—. Una fogata.
  —¡Sí! —Irene batió las palmas.
  Pablo y David volvieron a mirarse uno al otro.
  —Ni siquiera hace frío.
  —No están fácil como en las películas, chicas.
  —Traje fósforos —la voz de Mariana adquirió el tono de maestra de escuela.
  —Busquemos ramas —se puso de pie Irene.
  Mariana la siguió al punto. Los muchachos se demoraron un poco más.
  —No sé por qué accedí a hacer un picnic acá, ni siquiera hay kioscos cerca—gruñó David mientras caminaba con desgana.
  —Por eso es lo más parecido a un bosque de verdad —suspiró Pablo—. Busquemos las ramas para terminar con esto.
  —Seguro se les ocurrirá otra forma de hacernos trabajar, y dudo que haya muchas ramas, esto está más seco que un desierto.
  Pablo lo miró de reojo y sacudió la cabeza.
  —¿Sentiste eso? —se detuvo de repente David.
  Pablo suspiró otra vez.
  —¿Qué pasa ahora?
  David alzó la vista. El cielo azul estaba cruzado por una delgada nube grisácea.
  —Está lloviendo.
  —No está llovie… —Pablo se detuvo y se llevó la mano a la nariz.
  —Ah, ¿viste? —sonrió David.
  —Fue solo una gota —vaciló—, no está tan nublado. Vamos, busquemos a las chicas.
  Las jóvenes se habían separado bastante de ellos. Para cuando las ubicaron, ya estaba lloviznando formalmente.
  —Tal vez sea mejor que nos vayamos.
  La expresión de Irene se apagó; tenía apretadas contra el cuerpo una cuantas ramas raquíticas.
  —Podemos esperar un poco —sonrió Pablo a su novia—, seguro que es pasajera.
  Ella le devolvió la sonrisa.
  —Toma —dijo Mariana y le dio sus ramas a David— y deja de quejarte que yo me aguanté el partido del domingo pasado sin decir una palabra. —Se volvió hacia los otros dos. —Por suerte tenemos las tiendas, ¿no fue una buena idea? Podemos jugar a las cartas y tomar unos mates mientras pasa la llovizna.
  Irene y Pablo asintieron animados.
  Sin embargo, cuando llegaron a las tiendas, llovía más fuerte. Pusieron todos los bolsos, excepto la comida en una de ellas y se acurrucaron en la otra.
  Conversaron un rato mientras preparaban el mate y trataban de ignorar la lluvia que se derramaba alrededor de la carpa. No habían jugado la primera ronda cuando las paredes comenzaron a agitarse.
  —Esto no parece ser algo pasajero —dijo David.
  —Ya estamos acá, no pasa nada por esperar un poco —dijo Mariana, aunque echó una mirada de reojo a la tienda a su alrededor.
  —Es solo agua—Pablo tomó la mano de su novia e intentó una sonrisa—. Espero, porque el auto está sin techo.
  Irene asintió y se mordió el labio.
  Fuera, los árboles se sacudían al ritmo de la tormenta hasta casi tocarse entre sí. El día se había vuelto oscuro y frío. El viento se filtró a través de la tela como si fueran simple gasa. Irene soltó la mano de Pablo y se abrazó a sí misma.
  —¿Cuánto resisten estas tiendas?
  Mariana la miró con irritación; Pablo se apresuró a rodearla con los brazos.
  —Ya se pasa, nunca dura tanto cuando llueve así de fuerte.
  En ese momento, la carpa se agitó con violencia y comenzó a gotear dentro de ella. El viento sonaba como miles de sirenas de bombero convergiendo en un punto.
   David frunció el ceño y se acercó a la entrada de la tienda, la abrió un poco.
  —Mmm, no creo que vaya a parar.
  Mariana se puso a su lado. Las cortinas de agua daban la apariencia de estar detrás de una catarata. Ya no se divisaba la otra tienda.
  Ella se alejó.
  —¿Cuánto tiempo más vamos a esperar? —preguntó David, después de unos minutos, sin dejar de mirar a través de la abertura de la carpa.
  —Tiene que parar en algún momento —Mariana comenzó a jugar sola con el mazo de cartas.
  Irene seguía abrazada a Pablo y había cerrado los ojos.
  —Creo que la otra tienda se voló —dijo David.
  —No podemos estar seguros —musitó Mariana sin mirarlo y apretó los labios.
  Media hora después, habían tenido que reforzar su tienda varias veces para que no se volara. Incluso estaban sentados de manera de sostenerla con sus cuerpos. Todos tenían las espaldas mojadas y el agua se estaba filtrando por el suelo hacia el centro de la carpa.
  Mariana corrió las cartas de lugar, no dijo nada.
  —Al menos comamos algo —David despegó la mirada de la entrada—, ¿cuánto tiempo llevamos aquí?
  —Un par de horas —Pablo mostraba un semblante serio—. En verdad espero que no esté granizando.
  Mariana enarcó las cejas.
  —Ese auto es lo que nos va a sacar de aquí.
  David acercó el bolso hacía sí y lo abrió.
  —Mmm no hay mucho…
  —Debajo de todo tiene que haber un tupper con torta, es solo un bizcochuelo.
  —¡Lo encontré! —David lo enarboló en el aire—. La p…
  —¿Qué pasa? —preguntó Pablo; Irene se incorporó.
  —Está mojado —dijo David mientras se secaba la manga y miraba dentro del bolso—. Hay bastante agua acá.
  —Quiero irme —dijo Irene.
  Mariana dejó las cartas y suspiró.
  —Está bien.
  Recogieron las pocas pertenencias que tenían allí y abrieron la tienda. El viento que los azotó los empapó al instante. Era agua fría que se pegaba a la piel y atravesaba todas sus capas.
  Fuera, se encontraron con un lugar oscuro donde los arboles rugían en un furioso murmullo de hojas.
  —¿Estás seguro de que fueron un par de horas? —David miró a su amigo, quien se llevó las manos a las orejas y le hizo un gesto.
  David repitió la pregunta a los gritos y Pablo asintió.
  —¡Mantengámonos juntos! —agregó—. ¡No se ve nada!
  David tomó la mano de Mariana, quien a su vez buscó la de Irene, y ella llevaba a Pablo que iba último. Tuvieron que inclinarse hacia delante para hacer frente al viento. El agua había ablandado el suelo a sus pies e iban caminando como si hubiera varios centímetros de nieve.
  Entonces, abundaban las ramas en el suelo; algunas, incluso, eran bastante grandes. Las hojas se les enredaban en los tobillos y casi cayeron en varias ocasiones. David tuvo que cambiar de dirección unas cuantas veces para evitar árboles que no eran capaces de ver hasta que prácticamente chocaban contra sus troncos.
  —¿Falta mucho? —gritó Irene.
  —¡No! —respondió Mariana—. ¡Deberíamos de estar ahí en cualquier momento!
  No obstante, caminaron una hora más y no encontraron el auto, ni el cartel, ni siquiera el camino.
  Se detuvieron. La lluvia seguía corriendo.
  —Te equivocaste de dirección —Pablo acercó su cara a unos centímetros de la de David.
  —¡No! Es por acá, solo que no está el auto.
  —¡Un auto no puede desaparecer!
  Irene apretó la mano de Mariana; ésta se adelantó.
  —Vamos, chicos, lo que pasa es que no se ve nada, debe de estar por acá.
  —Ah, ¿sí? —Pablo se volvió hacia ella—. Decime dónde.
  —Tal vez cuando amaine un poco…
  —¿Estás loca? Hace horas que decís lo mismo y esto no para.
  —Tranquilízate —David se interpuso entre ellos.
  —¿Y ahora por qué la defiendes? Ni siquiera querías estar acá.
  —No, pero ella no tiene la culpa de la tormenta.
  Irene se acercó a su novio.
  —Por favor —apoyó la mano sobre su pecho.
  —¿Tú también? Es el auto lo que se perdió, no una tienda y un par de pavadas, ¡el auto!
  —Ya lo sé —hizo una pausa—. No pudo desaparecer, es solo que no lo vemos.
  Pablo inhaló con fuerza.
  —Vamos a buscarlo, no te preocupes.
  Pablo volvió la cabeza, no contestó. Mariana se acercó a David y le murmuró al oído.
  —¿Estás seguro de que era en esta dirección?
  Él vaciló.
  —No se puede estar seguro de nada con esta lluvia —se volvió hacia Pablo—. Voy a subir a uno de los árboles, eso nos ayudará a ver.
  El rostro de su amigo se animó. Asintió y se acercó él también a un árbol. Les llevó mucho tiempo ascender y ninguno logró llegar a la cima. Los árboles estaban más grandes y frondosos.
  Desde el lugar donde habían llegado, se veían arboledas en todas direcciones, un felpudo verde movido por el viento. El follaje estaba parando bastante de la tormenta que caía desde cielo, el cual se había convertido en un océano.
  Bajaron a duras penas, se encontraron con algunas hojas enormes y más arbustos a los pies de los troncos. David se quedó mirándolos con ceño fruncido. Pablo se apresuró a alejarse.
  —No está por ningún lado, ¡no se ve nada!
  Irene se acercó a él.
  —¡No me digas que está todo bien!
  —Esto no tiene sentido —dijo David al acercarse a ellos.
  —¡Claro que no!
  David lo ignoró y se dirigió a Mariana.
  —Esto ya no es un bosque, parece una jungla. —Señaló alrededor. —Miren, antes había mucho espacio entre los árboles, y ahora ya casi no se puede caminar entre ellos.
  —Tiene que ser nuestra percepción —dijo Mariana—, un bosque no se convierte en jungla en unos minutos.
  —Parece que está parando —dijo Irene después de unos minutos.
  Pablo se volvió hacia ella con irritación, pero era cierto que había menguado lo suficiente como para ver alrededor, aunque el agua no dejara de caer. Ya ni siquiera trataban de ocultarse de ellos, simplemente la dejaban correr.
  —¿Y qué vamos a hacer? —dijo Pablo después de otro momento de silencio—. ¿Quedarnos aquí hasta que pare del todo?
  —No, sigamos caminando —dijo David.
  —¿Sin saber a dónde vamos? —preguntó Mariana mientras se apresuraba a seguir a Pablo, quien ya se había puesto en movimiento.
  David le hizo un gesto de negación con la cabeza.
  Esa vez no se habían dado la mano, cada uno iba a su propio ritmo, aunque sin dejar de apresurarse. El avance era cada vez más difícil, tenían que apartar las ramas y los arbustos con las manos para abrirse camino. Los hilos de agua fluían por una tierra llena de verde y marrón.
  De repente, Pablo se detuvo.
  —¿Qué sucede? —preguntó Mariana.
  David se adelantó. Frente a ellos había un caudaloso río que les cortaba el camino.
  —Eso no es posible —dijo Mariana.
  —Pero está ahí —dijo David.
  —¿Qué hacemos? —preguntó Irene.
  Antes de que alguien pudiera contestar, un arbusto se agitó a su lado y un torrente de agua los arrastró hacía el cauce del río. El agua los empujó varios cientos de metros antes de que pudieran salirse de allí. Los primeros en hacerlo fueron Pablo y Mariana. Minutos después, David ayudó a Irene, pero quedaron del otro lado del río.
  —¡Crucen hacia aquí! —gritó Pablo por sobre los rugidos del agua que los rodeaba.
  David negó con la cabeza, mientras intentaba detener los escalofríos de Irene.
  —No la toques —gruñó Pablo.
  —No pueden —dijo Mariana y lo agarró del brazo.
  Pablo se zafó y se alejó de ella hacia el río.
  —No hagas locuras —dijo ella—, el torrente es muy fuerte, te llevará otra vez. Tuvimos mucha suerte de poder salir. —Señaló a la distancia. —¡Mira! Hacia allí se ensancha todavía más y aun no deja de llover.
  El agua caía sobre ellos de forma consistente. Pablo se acercó hasta la orilla y caminó de un lado a otro.
  —Vamos.
  —¿A dónde? —se volvió Pablo hacia ella, tenía los ojos rojos e hinchados, la nariz inflamada. —Mira alrededor, esto es una maldita jungla.
  Mariana le hizo caso. Los árboles se trenzaban entre sí. Las hojas de los arbustos eran enormes y se movían sin cesar bajo la lluvia y el viento. O al menos Mariana esperaba que solo eso fuera lo que las agitaba. Se abrazó a sí misma.
  —Tenemos que cruzar al otro lado —dijo Pablo y volvió a mirar hacia allí.
  David le estaba haciendo señas.
  Con brusquedad, Pablo se dio la vuelta y agarró a Mariana por el codo.
  —¿Qué? ¿Qué haces?
  —Allá —dijo Pablo y apuntó hacia el recodo del río—, allí podremos cruzar.
  Mariana miró hacia el otro lado. David e Irene ya se habían puesto en marcha. Se dejó arrastrar por Pablo mientras intentaba estudiar el recodo. Allí los arboles llegaban al borde mismo del río y se inclinaban sobre sus aguas.
  Alcanzar ese punto les llevó un par de horas. El suelo, en su totalidad, estaba cubierto de vegetación que les llegaba más arriba de las rodillas, incluso a veces hasta la cintura. Pablo, que era una cabeza más alto que Mariana, había tenido que detenerse más de una vez para ayudarla.
  —Vamos, no te demores.
  —¡Hago lo que puedo! —dijo ella mientras desenganchaba su remera de una de las tantas ramas.
  Ya tenía rasguños por todos lados, que no dejaba de lavarse con la continua agua. A veces, cuando corrían de lugar algunos arbustos, les caían cataratas de agua encima.
  —¡Maldición! —dijo Mariana mientras trataba de secarse la cara. —¡Esta maldita agua! ¿Es que nunca va a parar de llover?
  —Solo tenemos que esperar —dijo Pablo con una sonrisa, y mirada dura.
  Le dio la espalda para seguir avanzando. Mariana entornó los ojos antes de seguirlo.
  Cuando llegaron al recodo, David e Irene ya estaban allí. Ella estaba sentada sobre lo que parecía ser una gran roca y él estaba arrodillado a sus pies, sosteniéndole las manos.
  —¿Qué está haciendo? —murmuró Pablo y aceleró el paso hacia el río.
  —Espera —Mariana lo sostuvo de la remera.
  Pablo se dio la vuelta con furia. Ella retrocedió y señaló hacia sus pies. La ribera se hundía en el río con una profunda pendiente. Él apretó las mandíbulas y asintió.
  Del otro lado del río, David ya los había divisado. Se acercó a la orilla, puso las manos a ambos lados de la boca.
  —¡Van a tener que cruzar ustedes, Irene se torció un tobillo!
  —¡Se supone que tenías que cuidarla!
  Mariana miró a Pablo de reojo. David negó con la cabeza y no contestó.
  Pablo echó un vistazo alrededor. Había árboles cuyas ramas se extendían sobre el río, eligió el que tenía las más gruesas. Ninguno cruzaba todo el ancho, a mitad del cauce tendrían que saltar a otra rama.
  —Iré yo primero —dijo Pablo—, así sabrás dónde es seguro pisar.
  Se trepó al árbol sin siquiera prestarle atención a Mariana. Avanzó con torpeza a través de las ramas, bajo la estrecha mirada de los demás. La lluvia había atenuado un poco, pero no dejaba de caer. El río se arremolinaba bajo las ramas donde Pablo se disponía a saltar. A Marina le pareció ver algo oscuro allí, aunque desapareció después de un pestañeo. Pablo hizo equilibrio y saltó al otro árbol. Irene dio un grito ahogado e intentó ponerse de pie. Se tuvo que sostener de David. Pablo vaciló entre las ramas antes de poder llegar al otro lado.
  Apenas lo hizo. Se acercó a Irene y empujó a David. Éste avanzó hacia él y se contuvo a último momento. Luego se volvió hacia Mariana.
  —Vamos, tú puedes —bajó las manos un instante para mostrarle que sonreía—. Si alguien puede, eres tú.
  Mariana sonrió con debilidad y asintió. Se acercó al árbol con decisión. Avanzó más o menos con la misma dificultad que Pablo. Llegó a saltar a la siguiente rama, y cayó al río poco después. David no vaciló en lanzarse tras ella. Después de unos minutos de lucha lograron llegar hasta la orilla, donde Pablo e Irene los ayudaron a alejarse del agua. En ese momento garuaba, aunque el cielo seguía encapotado y se volvía cada vez más oscuro.
  —Será mejor que descansemos un poco —dijo David cuando recuperó el aire.
  —¿Y después qué?
  David suspiró.
  —No lo sé, Pablo, pero no se nos va a ocurrir algo si estamos agotados.
  Su amigo se alejó un poco con Irene, y no tardaron en quedarse dormidos. Mariana y David los imitaron.
  Se despertaron cuando estaba un poco más claro, aunque seguía lloviendo. Mariana se acercó a Irene y le revisó el tobillo.
  —No puedo seguir —dijo Irene y su voz mostró que estaba llorando.
  —No podemos quedarnos aquí.
  —¿Y qué vamos a hacer? —comenzó a hipar—. No hay a dónde ir, estamos perdidos.
  —¿Qué sucede? —se acercó Pablo y se interpuso entre Mariana e Irene.
  Mariana se puso de pie.
  —Deja —dijo David.
  —¡No! —se zafó ella—. ¿Qué te pasa a ti? —Empujó a Pablo—. Estás actuando como un imbécil.
  —¿Yo? ¿No será ese el razonable de tu novio que actúa como si no pasara nada? ¿Acaso esto es normal?
  —¡Lo estoy intentando! —dijo David—. Al menos lo hago.
  —Por favor —susurró Irene.
  —¡Deja de llorar! —Mariana se volvió hacia ella.
  —¡No le grites!
  —Tenemos que calmarnos todos —intentó David.
  —¡No digas lo que tenemos que hacer!
  —Tal vez tengamos que separarnos —dijo Mariana.
  —¿Y hacer qué? —seguía llorando Irene.
  —Lo que a cada uno se le dé la gana —masculló su amiga.
  Se miraron fijamente durante unos minutos y luego, con lentitud, se dieron la espalda. La lluvia seguía cayendo cuando comenzaron caminar en diferentes direcciones. Si la civilización todavía estaba por allí, quedaba lejos.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato que tenga lugar durante una tormenta.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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