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Apesta


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  Sangre. Gustavo miró a su alrededor. La habitación estaba repleta de sangre. Salpicada en el techo, escurrida en las paredes, desparramada por el piso. Gustavo arrugó la nariz, la minúscula ventana del cuarto no servía mucho. Estaba solo, parado justo debajo de una bombilla amarillenta. Dejó que los minutos corrieran en silencio.
  —Detective —sonó una voz enclenque desde el corredor—, llegaron los forenses.
  Gustavo se volvió con lentitud hacia la puerta abierta, tres personas se apiñaban en la entrada, dudando. Frunció el ceño. No los conocía y eran jóvenes, demasiado jóvenes.
  —Pasen —murmuró.
  El equipo forense se apresuró a ingresar a la habitación, y luego quedó congelado. Tres pares de ojos se abrieron desmesuradamente. Gustavo esbozó una leve sonrisa.
  —Quiero un informe preliminar en una hora —dijo y salió del cuarto.
  Los jóvenes reaccionaron, uno de ellos dejó caer su equipo y lo levantó rápidamente, con el rostro enrojecido. El detective no se dio vuelta. Alcanzó el pasillo a la vez que sacaba un paquete de cigarrillos de su chaqueta. Cuando salió del edificio, ya aspiraba el fuerte humo; se sentó en la escalinata de acceso.
  Había tres autos de policía estacionados en la calle, el suyo lo había dejado en la esquina, donde ahora también estaba la camioneta que había traído a los forenses.
  Poco después sintió que alguien se sentaba a su lado. Un tenue perfume floral se mezcló con el vaho de su cigarro.
  —¿Suerte?
  —Ni la más mínima —suspiró Agustina—. Nadie escuchó nada, nadie vio nada.
  Gustavo asintió. Su compañera no añadiría nada más hasta que él le preguntara. Se conocían. Respetaban sus silencios. Él terminó su cigarrillo y se levantó, caminó tranquilamente hacia su auto. Agustina lo siguió.
  —¿En qué estás pensando? —soltó él de repente.
  —Me pregunto qué hará con los cuerpos. ¿Cómo puede ser que nunca encontremos uno? Ya llevamos un año en este caso.
  Gustavo abrió la puerta del acompañante y Agustina se instaló en el asiento con una profunda exhalación. Él cerró la puerta con un golpe seco y dio la vuelta por detrás del coche. Se detuvo un momento frente al baúl y luego entró por el lado del conductor.
  —Es cierto —dijo acomodándose frente al volante—, es difícil esconder tantos cuerpos —miró el baúl a través del espejo retrovisor—, muy difícil.
  —¿Tu lugar o el mío? —preguntó Agustina mientras él encendía el motor.
  —El tuyo, el mío últimamente apesta.
  —Deberías dejar el cigarrillo.
  —Tal vez —una sonrisa oblicua apareció en sus labios a la vez que miraba nuevamente en el espejo retrovisor y arrancaba—, tal vez sea eso.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en noviembre de 2010.


Este cuento forma parte del recorrido de la sangre, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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