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Liberar el dolor


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  El dolor era insoportable. Corría por su cuerpo a la par de su sangre, llegando a cada poro. Empujaba para salir, la piel se resistía, se tensaba, empecinada.
  —¡Déjalo salir! —exclamó asestando un golpe en la mesa.
  Apretó los puños contra las sienes y le chirriaron los dientes.
  —Déjalo salir —murmuró.
  Sabía que no lo haría, el dolor quedaría allí dentro junto a él, agazapado hasta el próximo ataque. Creciendo hasta que se hiciera intolerable. Solo había una forma de apaciguarlo durante unos días… pero todavía se retiraba solo.
  Su rostro se relajó a medida que recuperaba algo de paz. Enfocó la vista en la mesa. El mapa que había estado estudiando estaba escondido bajo el café volcado. Suspiró.
  Un golpe a su espalda y su segundo al mando ingresó en la tienda.
  —Señor —lo saludó hincándole los ojos—. Han regresado los soldados de avanzada.
  El general esperó. Miradas trabadas. Silencio.
  —¿Y? —dijo el general.
  El capitán torció el gesto.
  —No son buenas noticias.
  Otra pausa.
  —¿Hay algo en particular que esté esperando, capitán, para terminar de dar el informe? —crujió la voz del general.
  El capitán hesitó imperceptiblemente.
  —Llegaron al lugar que habíamos planeado, el enemigo digo, y ocuparon la ubicación que hubiéramos querido para nosotros.
  —Eso no es tan malo. Habíamos contemplado esa posibilidad —frunció el ceño—. Aunque me asombra que se hayan movido con tanta rapidez.
  Se volvió para mirar la cartografía.
  —Voy a necesitar otro mapa. Y más café.
  Luego de unos minutos, el general notó que el capitán no se había retirado.
  —Ya informaré la acción a seguir —gruñó—; por ahora, las órdenes permanecen.
  —Son el doble de hombres que creíamos.
  —¿Qué…? ¡Maldito imbécil! —se abalanzó sobre el capitán—. ¿Por qué no me lo dice todo de una vez?
  El capitán se masajeó la mandíbula.
  —Hace tanto que no duermo —murmuró.
  —¡Ninguno de nosotros lo hace! —el general sentía que la piel volvía a quedársele chica—. ¡Tráigame el mapa y el café!
  El capitán dudó, y luego salió lentamente de la tienda. El general se aferró a al respaldo de una silla. Los brazos le temblaron. Rechinaban los dientes. Los oídos, tapados.
  —Déjalo salir —musitó.
  Entreabrió los ojos y vislumbró el mapa. La batalla estaba cerca. Se observó las ventas latientes de sus manos. En momentos como ese deseaba estar en medio de la lucha. Era lo único que calmaba esos accesos de dolor. La euforia, el caos, la confusión, los gritos. Todo aquello lo llenaba de alegría. Respiró.
  Una sonrisa estiró sus labios: aquella sería una batalla para disfrutar.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en febrero de 2011.


Este cuento forma parte del recorrido de la sangre, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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