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Por curiosidad


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   Estoy de pie en mi cocina, el agua gotea con lentitud, se mezcla con la sangre que corre por el piso. Extraño, pero lo primero que pienso es cómo voy a limpiar los zócalos. Ese pensamiento incluso se sobrepone al latido de mi brazo izquierdo. Intento moverlo y siento una aguda punzada que me llega hasta la espalda. Tengo que apretar los labios para no gritar, para no desmayarme. Él todavía está en alguna parte de la casa y yo no sé cuánto tiempo he perdido aquí, con mis reflexiones.
   Me inclino sobre el lavabo y cierro la canilla, no hago nada por destapar el desagüe. El agua sigue desfilando por el piso. Me alejo hacia la mesa y creo ver algo por el rabillo del ojo. Las ventanas están cerradas; las cortinas, no. Me agacho detrás de la mesa en un inútil intento de ¿qué? ¿Esconderme de alguien que ya sabe que estoy aquí?
   No, me pongo de pie y miro de frente hacia la ventana. Allí no hay más que las sombras de los árboles de la calle. Tengo que moverme con el brazo entumecido a mi costado, ya empiezo a perder la sensibilidad en los dedos. Cierro las cortinas como puedo, y por un momento rozo con las yemas el grabado en una de las ventanas.
   No puedo seguir perdiendo el tiempo.
   Me acerco a la puerta que da al comedor, la única que hay en la cocina, y giro el picaporte. Se abre con un clic y se me corta la respiración. Suelto el picaporte como si estuviera electrificado.
   «¿Cómo puede ser? Si estuvo abierto todo el tiempo, ¿por qué no entró por mí?»
   —Porque está preparando algo peor.
   Otra vez me quedo sin aire y me cuesta recuperar un mínimo de auto control. Tomo el picaporte de nuevo y dudo, si me quedo aquí es cuestión de tiempo, no tendré cómo huir. Inspiro en profundidad y abro la puerta.
   El comedor está a oscuras, solo la luz del exterior se refleja sobre los vasos que aún están sobre la mesa. La comida debe de estar fría, los platos están casi llenos. Solo hacía unos minutos que nos habíamos sentado a comer cuando todo comenzó.
   Suspiro. Dentro de poco hubiéramos cumplido diez años de matrimonio y éste no era el resultado que esperaba.
   Escucho ruidos en el piso de arriba y me encojo. El brazo me duele otra vez y tengo que morderme la lengua. Los golpes siguen allí arriba, tienen que venir de nuestro dormitorio. ¿Qué está buscando? Obviamente, algo que es más importante que yo.
   Miro de reojo la puerta principal, es la salida, es…
   No, tengo que saber qué es tan importante, ¿qué es lo que lo tiene revolviendo cómo un loco el dormitorio? Me acerco a la escalera y me pego a la pared para subir. Algún que otro escalón cruje, no importa, él está haciendo suficiente ruido como para que no se oiga nada más.
   La puerta de la habitación está abierta, y el lugar destrozado. Incluso ha corrido la cama contra la pared. Ahora está en cuatro patas, tirando fuera las cosas del ropero, no sé cuántas cupieron allí dentro, pero él no termina de arrojarlas por los aires.
   —¿Qué es lo que buscas? —murmuro, y me sorprende que me oiga.
   Se sienta sobre sus talones, veo cómo se tensan sus hombros. El silencio se extiende por el cuarto. Luego él vuelve a inclinarse y continúa con su búsqueda.
   Aquello me enfurece. Es que no solo no va a contestarme, ¿ni siquiera va a mirarme? Me sostengo el brazo que ya no siento a mi costado y me acerco a él. Lo noto vacilar un par de veces, aunque prosigue con lo suyo.
   —¿Qué buscas?
   —Creo que perdiste todo derecho a hacerme preguntas, incluso a hablar conmigo —se da la vuelta—, ¿por qué todavía estás aquí?
   Veo los rasguños en su rostro, la sangre que corre por su cuello y cae sobre su camisa. Me abalanzo sobre él, así no tengo que responderle, porque la verdad es que no tengo idea de por qué todavía estoy aquí, con él.
   Me tira a un lado y golpeo contra la pared, con el hombro dañado. Me muerdo la lengua cuando quiero evitar gritar, siento el gusto de la sangre en mi boca y en mi garganta.
   Él continúa registrando el armario, ahora trata de levantar el piso.
   —¿Qué es lo que buscas? —pregunto una vez más, cansada, recostada contra la pared.
   Se detiene y suspira.
   —Nada que te incumba —se vuelve hacia mí—, ¿sabes que casi duramos diez años juntos?
   Sonrío, sin un ápice de felicidad.
   —Sí —miro alrededor, el cuarto destrozado y mi brazo sin color.
   Él lo observa también y frunce el ceño. Se acerca con cautela y después de mirarme de reojo toma mi brazo y lo revisa.
   —Deberías haberte hecho un torniquete.
   —¿Por qué…? —suspiro, nada tiene sentido de todas formas—. No lo pensé.
   —Nunca lo haces mucho —sonríe él y ata una media alrededor de mi brazo, apenas siento el nudo.
   Luego se sienta a mi lado, ambos respiramos con agitación.
   —Tendrías que haberte ido cuando tuviste la ocasión —dice él después de un rato.
   —Tal vez. —Hago una pausa. —¿Cómo sabes que no tengo una oportunidad ahora?
    Él mira mi brazo.
   —No te fue muy bien cuando trataste de apuñalarme.
   Aprieto los labios, con la vista fija en el guardarropa.
   —¿Qué buscas? — pregunto todavía una vez más.
   —¿Es por eso que te quedaste?
   Yo me niego a contestar.
   —Tonta —dice él y se pone de pie.
   Sale del dormitorio y lo escucho bajar las escaleras. Me acerco al ropero y tanteo el piso. ¿Qué puede ser lo que oculta allí? No, no puede ser algo suyo, sino tendría que saber dónde está. Si no es de él y no es mío, ¿entonces de quién? Una idea está a punto de formarse en mi mente cuando siento que tiran de mis piernas; me arrastra fuera del dormitorio y traba la puerta.
   —¡Déjame entrar!
   Golpeo la madera con ímpetu, apenas puedo levantarme del piso.
   «Maldito imbécil, ¿qué puede ser lo que busca?»
   El martilleo comienza a ser contante dentro del dormitorio. Fuerzo el picaporte, nada, intento empujar con el hombro, pero no tengo ninguna fuerza en mí. No puedo soportar otro secreto de él, sencillamente no lo puedo soportar, de esa manera fue como empezó.
   Así fue como mientras cortaba la carne de la cena había aferrado mis dedos, levantado el brazo y… fallado. Y él sonrió. No sé si se burlaba de mí porque yo había errado o porque otra vez me había mentido y yo no podía hacer nada al respecto.
   Ahora lo escucho martilleando en la pieza. Cada golpe se me clava en el pecho y hunde el odio cada vez más en lo profundo. A un lugar desde el que será imposible sacarlo. Miro hacia el pasillo que lleva a la escalera, la escalera que da al comedor, que tiene la puerta hacia la calle. Sin embargo, ya no hay salida. Tengo que saberlo, tengo que hacerle decir todos sus secretos, tengo que saber la verdad, aunque sea una sola vez.
   Así que espero, él tendrá que salir en algún momento.
   Oigo que se abre la puerta cuando me estoy durmiendo.
   —No puedes negar que tuviste oportunidad de huir.
   Aprieto los ojos para espabilarme, aunque no me puedo levantar.
   —Solo quiero saber la verdad —digo ya con poca fuerza.
   Él se acuclilla frente a mí y deja una caja de madera sobre el piso. Frunzo el ceño, tiene un símbolo que me parece conocido, está…, es…
   —¿El símbolo del marco de una de las ventanas de la cocina?
   Sonríe y asiente.
   —Entonces, ¿todos esos arreglos que hiciste en la casa durante años?
   Ladea la cabeza.
   —¿Todos estos años?
   —Podríamos haber seguido juntos, ¿sabes? Si no hubieras sido tan entrometida.
   Niego con la cabeza. Él se encoge de hombros.
   —O podrías haber sido una viuda feliz, yo hubiera fingido… —suspira— ahora tendré que fingir algo más.
   Los ojos se me cierran antes de que sus manos lleguen a mi cuello.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Empieza una historia con: «Estoy de pie en mi cocina…». Debe ser una historia de suspense.


Este cuento forma parte del recorrido de la sangre, ¿te animas a seguirlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.


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