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El calor


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  Era lo que todo el mundo estaba esperando, lo que todo el mundo quería con ansias. Bueno, al menos casi todo.
  —Odio el verano —dijo ella mientras se secaba la transpiración que le corría por las sienes solo por haberse vestido.
  —Múdate a un lugar donde no haya —dijo su novio sin mirarla mientras entraba al baño para abrir la ducha.
  —¿Irías conmigo?
  —No.
  Ella frunció el ceño y apartó la mirada del espejo, donde había estado tratando de maquillarse. Pestañeó con fuerza.
  —¿Qué me intentas decir?
  La respuesta no llegó.
  Se oyó que se cerraba la ducha y él volvió a la habitación a secarse.
  —¿Qué me intentas decir? —repitió ella.
  —Que a mí no me molesta el calor y cualquier lugar donde no haya verano no habrá mucho sol durante el resto del año tampoco.
  —Eso no tiene por qué ser así, puede haber veranos más leves sin resignar luz solar.
  Él se encogió de hombros, tiró la toalla sobre la cama y caminó hacia el ropero. Lo abrió en solo movimiento y comenzó a vestirse.
  Ella lo siguió con la mirada.
  —¿No vas a contestar?
  —¿Hubo una pregunta?
  Ella bufó.
  —Eres increíble.
  Siguió intentando maquillarse mientras murmuraba por lo bajo.
  Cuando regresaron esa noche de trabajar todavía había sol y hacía bastante calor.
  —¿En realidad no me acompañarías? —dijo ella mientras preparaba la cena.
  —¿De qué hablas? —preguntó él, sin quitar la mirada de la pantalla de televisión.
  —Lo que dijiste esta mañana.
  —¿Qué cosa?
  Ella apretó los labios antes de contestar?
  —¿No estabas allí esta mañana? Cuando dijiste que si yo me iba no te irías conmigo.
  —Ah, eso, bueno a mí no me molesta tanto el calor, me gusta el verano.
  Se calló frente al silencio creciente de ella. Su rostro cambió de expresión como si recién notara que podría haber dicho algo malo.
  —Aunque claro que te convencería para que te quedaras.
  —Me dijiste que me fuera.
  —Quise decir que no se puede cambiar el verano, la única forma es irse.
  —Irme y hacerlo sola.
  Él suspiró.
  —No fue eso lo que…, mira, lo siento, no estaba pensando.
  —Seguro que no —ella se puso en movimiento otra vez.
  La cena fue tensa, o lo hubiera sido si él hubiera mirado otra cosa que no fuera la pantalla del televisor.
  Al día siguiente, ella no se quejó del verano y él se mostró más feliz, incluso aliviado. Ella no habló mucho ese día, ni los siguientes. Él no comenzó a preocuparse hasta que terminó la semana y ella seguía sin mencionar el calor.
  —¿Ya no te molesta tanto? —preguntó el sábado.
  —Lo estoy solucionando —dijo ella sin mirarlo.
  —¿Cómo? —sonrió—. ¿Vas a hacer que llegue más rápido el invierno? Podríamos comparar otro aire acondicionado.
  Ella no contestó. Él se aceró a ella y miró por sobre su hombro.
  —¿Qué es eso?
  —Una lista de países con veranos más leves.
  Él se alejó de ella para observarla mejor; ella no desvió la mirada.
  —¿En serio vas a hacerlo?
  —Dijiste que no había otra opción.
  —Pero… —vaciló— ¿y nosotros?
  Ella se volvió hacia él por primera vez.
  —No es como si estuviéramos casados, ¿no?
  —¿En realidad vas a hacer esto solo por el calor?
  —Es que no lo soporto —ella se puso de pie—. ¿Es que no lo entiendes? ¡No es una pavada para mí! No. Lo. Soporto.
  —¿Y vas a dejar todo atrás? ¿Trabajo, familia? ¿A mí?
  —Trabajos —se encogió de hombros—, se consiguen otros. La familia puede estar comunicado siempre, incluso más que ahora. Y a ti —desvió la mirada— no te importa.
  —Ah, es por eso —él dejó caer los hombros—. Mira ya me disculpé, hablé sin pensar, era temprano, recién me levantaba.
  —No, no es la primera vez que tomas a la ligera algo que para mí es importante. Y lo dijiste en serio, que me fuera.
  —Estaba cansado, el calor…
  —No, no, no, dijiste que te gustaba el calor. Tal vez…, tal vez estabas cansado de mí.
  —Cuando te comportas así…
  —¿¡Ves!? Es cierto, quieres que me vaya, pues cumpliré tu deseo.
  —Estás loca —él alzó ambos brazos y los dejó caer con pesadez.
  Luego salió de la habitación y de la casa. Ella lo siguió con la mirada y después regresó a lo que estaba haciendo.
  Él no regresó hasta tarde en la noche, cuando ella ya estaba dormida.
  Al día siguiente él se levantó temprano y le hizo el desayuno. Ella se despertó de a poco y tardó en ver la bandeja. Inspiró con fuerza.
  —¿No te gusta? —preguntó él.
  —Sí, gracias, aunque no cambia el hecho de que odie el verano.
  —Estás loca, solo la gente loca habla así. No se puede odiar el clima, es algo que solo se acepta.
  —No —ella hizo la bandeja a un lado y se levantó—, también se pueden hacer otras cosas.
  —¿Todavía sigues con esa idea?
  —Sí, y no te preocupes, no tienes que ir conmigo.
  —Está bien, si tanto quieres irte, ¿por qué no te vas ahora?.
  Ella lo miró por sobre su hombro.
  —Creo que te olvidas de que el departamento es mío.
  —¿Qué quieres decir?
  Ella sonrió.
  —Me parece que es obvio.
  —¿Quieres que me vaya? —tiró la bandeja al suelo—. Está bien, ¡me voy!
  Se fue de la casa con un portazo. Ella mantuvo la calma.
  Cuando él regresó a la noche, la bandeja seguía en el piso del dormitorio. Ella estaba en el comedor, frente a la computadora.
  Él ordenó el dormitorio y luego fue a sentarse al lado de ella.
  —Mira, creo que se nos fue un poco de la mano esta discusión. No es tan grave, podemos hacer algo aquí para que haga menos calor. Solo son tres meses.
  Ella negó con la cabeza.
  —No alcanza, no soporto estar en la calle.
  Él apretó los labios y sus narinas se inflaron.
  —Está bien, ¿qué tal ir un poco más al sur dentro del país? El calor es más leve, seguimos cerca de la familia, en nuestro país. Creo que podría conseguir un traslado.
  Ella se alejó del teclado y lo miró con la cabeza inclinada a un lado.
  —¿Harías eso por mí?
  Él se encogió de hombro.
  —Sí, creo que podría hacerlo. En realidad, no había pensado mucho en ello, pero sí, creo que me gusta la idea.
  —¿Cuándo?
  Él elevó ambas cejas.
  —No lo sé, primero tengo que pedir… ver si es posible…
  —Seis meses, antes del próximo verano.
  Él afirmó con calma.
  —Está bien, haremos así —sonrió—. ¿Más tranquila ahora?
  Ella asintió y aceptó su mano, juntos fueron a la cocina a preparar la cena.
  Ella llevó mejor lo que quedaba del verano.
  Durante el inverno se ocupó de organizar todo lo que necesitaba, ver diferentes departamentos en el sur del país, comenzar a guardar ropa, decidir qué muebles llevaría…
   Le preguntó varias veces a él si había algún avance y él le dijo que no. Con el tiempo ella dejó de preguntar y él comenzó a relajarse.
  Cuando inició la primavera, ella empezó a aplicar las cajas. Él frunció el ceño.
  —Ya tengo varios departamentos en vista, tengo que decidirme antes de dos semanas. ¿Ya sabes a dónde te trasladan?
  Él se rascó la cabeza. Ella se quedó mirándolo.
  —Está bien, entonces tendrás que buscarte otro lugar para vivir, yo me mudo en tres semanas.
  —¿Qué?
  —Te dije que no quería pasar otro verano aquí.
  —¿Qué hay del trabajo?
  —Tengo unas cuantas posibilidades, estaba esperando que tú… —se encogió de hombros—, esperé demasiado se ve. No importa, todavía no sé si me quedo allí o no, depende de cómo pase el verano. El departamento es en alquiler con opción a compra.
  —¿Y qué? ¿Vas a andar de un lado a otro huyendo del verano? Te das cuenta de lo loco que suena.
  —No me importa cómo suene, ni que no lo entiendas. Odio el verano, no viviré otro.
  Ella puso una caja vacía en sus manos y se alejó. Él cerró los ojos, cuando los abrió, estaba solo.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato que tenga lugar durante tu estación favorita del año y que esta tenga importancia en el desarrollo de la trama. (Aunque me equivoqué y escribí sobre la estación que más odio, je).


Este cuento forma parte del recorrido del verano, ¿te animas a seguirlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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