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Semanas soñadas


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  Miró el calendario, entornó los ojos y movió los labios en silencio hasta que por fin la idea encajó en su mente. Ya llevaba más de una semana allí. Echó un vistazo a las paredes blancas a su alrededor y tuvo que protegerse los ojos del incesante rebote de la luz. Era tan intensa que le atravesaba los párpados.
  En la habitación no había ni sillas ni camas, solo un rincón destinado a la comida que le llevaban tres veces al día y otro rincón para diversas actividades lúdicas y otros ejercicios. Allí también controlaban sus signos vitales. Estaba cansado ya de los cuestionarios, de las mediciones, de los exámenes clínicos.
  Cerró los ojos y murmuró para sí mismo que él lo había elegido, que él había querido participar en ello.
  —No es tanto —murmuró para sí—, solo unos días sin dormir.
  En realidad, llevaba más de una semana despierto. Se había prometido que sería el que más tiempo soportara. Por ningún otro motivo más que ser el mejor del estudio. Un simple estudio del sueño, pero él sobresaldría, para descollar en algo, y porque estaba aburrido.
  Hacía tiempo que estaba aburrido, tanto en el trabajo como en su vida personal. No había nada que lo motivara en la oficina, ni siquiera el hecho de ir a jugar al fútbol con sus amigos después. Era siempre igual, el mismo juego una y otra vez y ya no le atraía. Como tampoco lo animaba ir a su casa con su novia. Esa misma novia que no dejaba de dar indicaciones nada sutiles para que se casaran.
 ¿Para qué?, se preguntaba él, si era todo lo mismo. Casarse no cambiaría en nada las cosas, no tenía ninguna motivación para hacerlo. Ni siquiera cuando ella trataba de convencerlo con sexo, ni eso valía la pena más allá de ese único momento. Sonrió para sí. También llevaba más de una semana sin sexo, ¿sería otro récord?
  Se rio solo, en el cuarto blanco. Mi técnica de lectura, incluye locuras varias y algunas supersticiones.
  Ya había batido suficientes de esos durante su adolescencia, e incluso sobre el principio de los veinte. En esa época tampoco dormía tanto. Tal vez por eso había pensado que no le sería tan difícil ese experimento cuando había visto el anuncio.
  Sacudió la cabeza.
  No, no, en el aviso no decía nada sobre el sueño, solo pedía voluntarios a cambio de una mínima compensación.
  Él no lo había hecho por el dinero, sino por la novedad, el misterio, por hacer algo distinto. Cuando había llamado y le habían dicho lo que había que hacer, se había desanimado un poco. Era muy simple: solo dejar de dormir durante el tiempo que fuera posible. Tres días como mínimo, sino el experimento no valía la pena. Él había dicho que sí solo por hacer algo diferente esa semana. No había sido hasta que vio a otras personas preparándose para ese mismo estudio que se había planteado ser el mejor. Hacía mucho que no se trazaba un objetivo que quisiera cumplir y eso ya lo había hecho sentirse mejor.
  Ahora llevaba más de una semana y sabía, aunque no se lo dijeran, que era uno de los más sobresalientes. Lo sabía por cómo lo miraban, y por otro pequeño detalle: ya no sentía tanto sueño. Al contrario, cada vez se sentía mejor y mejor. Más relajado, más despierto. Incluso creía que, si intentaba dormir, no podría hacerlo. El sueño lo había abandonado y podría mantenerse despierto todo el tiempo que esos doctores necesitaran o quisieran.
  Los primeros días habían sido muy largos. Incluso había deseado que fueran a hacerle hacer pruebas y juegos con frecuencia. Esos minutos transcurrían con mucha rapidez y después se quedaba solo para entretenerse por sí mismo. Durante ese tiempo se había preguntado si la soledad también sería parte del estudio. Sin duda, le hubiera sido más fácil quedarse despierto si hubiera estado con otras personas. Por otro lado, también era cierto que le hubiera sido más fácil dormirse si otro lo hubiera hecho. Al principio había intentado leer, ya al segundo día ya le fallaba la concentración. Y al tercero ya no podía mirar televisión, no se enteraba de nada ni le importaba. Después de ese tercer día, le había alegrado notar que ya no se sentía solitario.
  Era la primera vez que estaba solo durante una semana. Sin embargo, lo que le asombró fue saber que no le molestaba estar aburrido. Sí, estaba aburrido, pero no, ¿cómo podía ser? No sentía igual ese aburrimiento a como lo hacía fuera de ese cuarto blanco. Tal vez se debiera a que tenía un objetivo. Se sentía revitalizado y le gustaba cada vez más estar solo.
  A la semana y media los doctores fueron a verlo y hacerle estudios cada vez con más frecuencia. Algunos lo llenaban de preguntas, otros nada más lo miraban y tomaban notas y más notas, antes de irse en silencio. A veces incluso murmuraban entre ellos, si bien nunca con el volumen necesario para que él pudiera ir. Pese a todo, una vez se descuidaron lo bastante para que él viera unas imágenes de algunos videos en una de sus tablet. Se veían a varias personas en cuartos blancos, las fechas mostraban que eran del día anterior, y todas estaban despiertos.
 Él frunció el ceño.
  ¿Era eso posible? ¿Había más personas que habían llegado tan lejos como él?
  No, sacudió la cabeza, no podía saber desde cuándo estaban allí.
  Al levantar la vista, se dio cuenta de que los doctores lo miraban. Sonrió. Y casi se le escapó la pregunta, aunque no la hizo.
  ¿Para qué? ¿Para qué preguntar lo obvio? Él era el mejor y si todavía no lo había demostrado, ya lo haría. Estaba fresco y alerta, podía pasar más semanas de esa manera. Tal vez nunca más necesitara dormir.
  Los días siguieron pasando y él comenzó a perder la cuenta. Al principio porque todo le parecía igual y después porque todo le parecía diferente. ¿Para qué preocuparse por el paso del tiempo? ¿Amanecer? ¿Anochecer? Ya no veía sentido a esas particiones arbitrarias que el hombre le había dado al tiempo. Era luz y noche, a pesar de que allí era siempre todo blanco. Era dormir y estar despierto, pese a que allí él siempre estaba despabilado.
  Él era mejor que aquellos doctores que solo entraban a mirarlo unos minutos al día. Él estaba siempre allí, en todo sentido, físico y con la mente presta. Las paredes no eran solo blancas, sino que tenían sus relieves, como un mapa. Y también comenzó a ver detrás de los rostros de los doctores. Más allá de sus máscaras percibía sus verdaderas emociones, sus pensamientos, como las imágenes de los videos que le dejaban que él viera a propósito. Porque ahora sabía que no había sido una distracción, se lo habían mostrado adrede. Y ahora lo hacían cada vez más seguido. Incluso un par de veces le dejaron ver videos de sí mismo. Se observó caminar de un lado a otro de la habitación blanca y por momentos quedarse por completo inmóvil, como los demás.
  No. Él no era como los demás, era el mejor, el que llevaba semanas y semanas despierto. Ya había pensado en preguntarles, pero no hacía falta, no lo necesitaba. Y tampoco confiaba mucho en ellos, sobre todo en ese doctor alto y rubio que le hacía tantas preguntas. Prefería a la doctora morocha y regordeta que siempre lo pinchaba con algo, eso se lo perdonaba. No hacía falta que hablara. No, no hacía falta hablar más, ya no necesitaba comunicarse de esa manera y si alguien no lo entendía era porque no hacía falta.
  Finalmente, un día se quedó sentado como había visto a una de las personas hacer, con la mirada perdida, intentando ver lo mismo que aquella persona. No pasó mucho tiempo para que todos los doctores entraran a la vez. Él los sentía allí, los percibía, mas solo con una parte de sí mismo, otra parte de él estaba observando lo que veía la otra persona y con otra parte analizaba diversas ideas. Su mente estaba por todos lados.
   Hasta que los médicos le hablaron.
  No pudo precisar cuál de ellos era, a lo mejor eran todos a la vez. Escuchó que le decían que lo iban a trasladar.
  «Ya era hora», pensó él. Era hora de que reconocieran su superioridad. Estaba listo para análisis más complejos, para retos más grandes. Se puso de pie y los siguió con docilidad. No sintió que caminaba. Su paso era ligero, como si flotara, como si lo llevaran.
  Este nuevo cuarto era mucho más pequeño. Él frunció el ceño, estaría listo para lo que le pidieran. Sin embargo, solo le dijeron que nada más esperarían allí unos momentos. Necesitaban hablarle antes.
  La espera no fue larga ni corta, él solo lo sintió como otro momento más. No habló ya que al lado tenía al doctor rubio, quien sentado no se veía tan alto. Aunque después recordó que tampoco necesitaba hacerlo, y se sintió mejor.
  Cuando al fin llegó la persona por la que esperaban, resultó ser un hombre mayor, con bata de médico, no obstante, él no estaba seguro de que lo fuera. El hombre se sentó a su lado con movimientos lentos, sonrió y le palmeó la pierna de manera amistosa.
  «Son malas noticias», pensó él.
  —Esto va a ser difícil de explicar —comenzó el otro hombre— y también de entender, aceptar.
  Él se quedó esperando. El hombre volvió a sonreír. Y siguió sonriendo mientras le contaba la verdad. A él no le sorprendió. Todo tenía sentido ahora, sobre todo lo que había sentido después de aquella primera semana. Se había sentido más despierto que nunca y ahora sabía el porqué. Se sentía tan despierto porque era la primera vez en su vida que lo estaba despierto.
  El estudio no se trataba sobre no dormir, sino sobre despertar, despertar a la verdadera vida. No necesitó que ese hombre le explicara nada más, todo estaba muy claro.
  Por eso siempre había vivido su vida como si hubiera estado anestesiado, porque en realidad había estado durmiendo y solo ahora estaba despierto.
  Estaba consciente de todo, incluso durante el siguiente momento que le hicieron esperar antes de pasar al próximo cuarto. Comenzó a clasificar a los doctores entre reales y soñados. A veces creía que podía diferenciar a uno de otro, en otros momentos se le mezclaban. Tal vez incluso despierto todavía se aferraba a algunas partes de su sueño. Ellos ya habían quedado atrás, así como toda su vida, su novia, sus amigos, su trabajo.
  Ahora sabía que nada había tenido sentido porque nada había sido real. Ese conocimiento lo relajó, ahora sí iba a conocer el verdadero propósito de su vida, ahora estaba despierto. Solo tenía que esperar que abrieran la siguiente puerta, estaba incluso ansioso, aun entre toda la tranquilidad. Sabía que estaba listo para el siguiente paso y sabía que encontraría a algunas de las otras personas que había visto antes.
  La puerta se abrió y se sorprendió de encontrar un cuarto blanco. ¿Igual al anterior? Sí y no. Sí, en su forma y amueblamiento; no, en el sentido de que allí estaban los demás.
  Entró con cautela. No era lo que había pensado.
  —Faltan más exámenes —dijo uno de los hombres que lo vio ingresar.
  Él asintió.
  Claro, tenía sentido, no podían dejarlo en el mundo así nomás. Tendría que adaptarse. ¿Sería similar al que había soñado? Él suponía que sí, después de todo los sueños son jirones de realidad. Caminó por el cuarto saludando con la cabeza a los demás de allí. Todos le devolvían la sonrisa.
  Él estaba emocionado. Esto representaba un nuevo comienzo, el verdadero. No recordaba nada de su verdadera vida, no sabía cuándo había estado despierto por última vez. El doctor le había dicho que con toda probabilidad había sido de niño. Trató de acordarse de esa etapa de su vida, todos los sueños que había tenido entonces y en lo que se había convertido su vida después. Más que sueño había sido una pesadilla, pero ya no importaba.
  Ahora podía empezar su verdadera vida, podía diseñarla. Se había olvidado de preguntarle al médico si podía elegir. Sonrió. Suponía que sí, nada más tenía sentido. Miró hacia donde sabía que estaban las cámaras.
  Del otro lado estaban los médicos.
  —Sujeto incorporado con éxito. El sueño compartido cuenta ahora con veinte sujetos.
  —Algunos parámetros ya han comenzado a cambiar.
  El médico rubio asintió.
—Sí, este uno de los sujetos más activos, lleva semanas durmiendo y aceptó la premisa sin problemas.
  Los doctores volvieron a mirar las pantallas. En un cuarto blanco lleno de aparatos contra las paredes, en veinte camas muy juntas unas a las otras, dormían hombres y mujeres con una expresión plácida.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato sobre un personaje que lleva más de una semana sin dormir.


Este cuento forma parte del recorrido del anochecer, ¿te animas a seguirlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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Mi loco método para leer un libro


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   En el post anterior les mostré mis retos de lectura para este año. En este, quería hablar un poco sobre cómo afronto esta dura tarea de leer.
   Algunos dirán que leer un libro es sencillo, nada más se abre y se empieza por la primera palabra. ¡No! Nada es tan simple como parece. A continuación, mi forma de leer un libro.
 

Cómo leo un libro; mi técnica llena de locuras y supersticiones

 
   Primero voy a aclarar que esta es la técnica que utilizo para libros impresos. Bien, estos son los pasos:
    • Una ojeada a la tapa, y leves caricias (a veces también se puede oler un poco).
    • Leer todas las palabras de la contratapa, ¡todas! 
    • Leer las solapas, en caso de que existan (sino, no, ¿no?).
   Solo una vez que se hayan completados los pasos anteriores, se puede proceder al interior del libro. De otra manera, algo catastrófico puede llegar a ocurrir.
    • Al entrar al libro, comenzar de atrás hacia delante. Sí, lo escribí bien: de atrás hacia delante, se comienza con los agradecimientos.
      • Uno de los posibles peligros de esta etapa es que aquí el autor haga algún spoiler.
    • Luego de leer todo lo que no es el libro en sí, se regresa al inicio, desde la página uno.
    • La página uno es la primera página, no donde comienza la historia, no, sino la primera. Sí, hay que leer incluso la dedicatoria.
    • Solamente después de dar todos estos pasos, se puede proceder a leer el libro en sí.
Libro_logo   Se puede resumir en una regla básica: si hay una palabra allí, hay que leerla.  
   Una vez dentro de la lectura, es importante recordar que los capítulos no deben dejarse a la mitad. Esto puede llevar a veces a tener que leer hasta entrada la madrugada, por eso es muy importante la planificación. Antes de comenzar a leer un capítulo, hay que ver cuántas páginas contiene y echar un vistazo al reloj, ¿se llega o no? No voy a decir que nunca dejé uno por la mitad, sobre todo si al día siguiente tenía que trabajar, pero es una meta importante, da paz mental. Aquí hay que tener cuidado al terminar el capítulo y no dejar que los ojos se desvíen a la página siguiente si no se planea seguir leyendo esa noche.
   Como habrán visto, leer un libro involucra varios pasos a seguir en un orden determinado. No es una tarea que se acometa con rapidez o con la mente puesta en otro lado, y ¡mucho menos con gente hablando alrededor! Leer un libro es algo serio.
   ¿Qué me dicen ustedes? ¿Tienen rutinas para acometer la lectura? ¿Alguna superstición?

¿No saben qué leer? Aquí algunas ideas
 


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Esperando el anochecer


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   Drusila observaba los últimos rayos del sol desvanecerse en el horizonte. Los suaves rosados, con bordes violáceos, se convertían en tibios naranjas y cansados amarillos que se alejaban griseando. Una brisa fresca se levantó para barrer con las últimas luces del día. Quedó un hermoso hueco, una noche vacía para que las Moiras la llenaran de caprichos. Una noche en la que la luna no se animaría a salir.
  Drusila se alejó de la ventana y fue hasta su habitación, se acostó en la cama y esperó. Poco a poco despertaron los ruidos y la vivienda se iluminó; las velas se encendían unas a otras y la casa se convirtió en día.
  ―Despierta, Dru ―dijo su madre en el vano de la puerta sin detenerse en su camino hacia la cocina.
  ―Vamos, perezosa―insistió su padre y dio unos golpes cariñosos a la puerta.
  Drusila se levantó con lentitud y salió de su dormitorio. Antes de entrar en la cocina, extrajo una sonrisa del fondo de su alma y fue al encuentro de sus padres.
  ―Pues mira quién se ha levantado temprano ―dijo su madre al verla vestida, acercándose para estamparle un sonoro beso.
  El desayuno no tuvo variación con respecto a todos los del último año. Drusila lo sorteó lo mejor posible y luego se dirigió a la escuela, sola. Las clases fueron aburridas, un repetido tedio vez tras vez. Drusila se lo pasó mirando por la ventana. El pueblo tenía tantas lámparas encendidas que parecía que no hubiera noche. Incluso había fogatas cada dos o tres calles.
   ―Debes prestar atención ―la llamó la maestra.
  Drusila miró hacia el frente con una mirada tan vacía como la noche de luna nueva. Esa madrugada declinó jugar con sus amigos y volvió a su casa con paso cansado. Se excusó frente a sus padres, escondiéndose tras los deberes, y permaneció en su habitación.
  Cuando la noche era más oscura, sus padres la alentaron a acostarse y ellos hicieron lo mismo. Drusila esperó a que se oyeran los ronquidos y salió al comedor. Llegó a la ventana justo cuando comenzaba a clarear. Contempló el amanecer pintar su blanca piel hasta que ya no pudo soportarlo más.
  Se apartó de la ventana, pero siguió mirando hasta que sus ojos lloraron. El gran sol amarillo le apuñalaba los ojos, le volvían la vista borrosa, aun así ella se negaba a bajar la mirada. Hasta que no pudo más.
  Se acurrucó en un rincón de sombras y miró los reflejos del sol en el piso. Esa vez creía que había soportado un poco más. Tal vez si siguiera haciéndolo volvería a ser como un año antes, cuando el pueblo vivía en el día.
  Apretó las rodillas contra su pecho. Aunque los demás lo hubieran olvidado, ella lograría volver a esa vida, la verdadera. Cerró los ojos con fuerza, ahogando un gemido. Lágrimas bermejas recorrieron sus mejillas, mientras esperaba el próximo anochecer.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2012.


Este cuento forma parte del recorrido del anochecer, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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Rompecabezas de ensueño


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   Era el rompecabezas más grande que había intentado armar: diez mil piezas. Había tenido que comprar una mesa donde poder armarlo, una mesa que ocupaba casi todo el comedor.
  Hacía meses que colocaba las piezas pacientemente, pero el paisaje que se estaba formando era tan hermoso que cada minuto valía la pena. Anocheceres convertidos en madrugada lograron armar el marco externo. Ahora, cada segundo libre era utilizado para llenarlo; fines de semana enteros, con sus noches.
  ¡Qué hermoso sería cuando estuviera terminado! Ya hasta había elegido la pared donde colgarlo. Sería un mural en su habitación. Dormiría todas las noches contemplando aquel maravilloso paisaje y tal vez soñaría con él. ¡Oh, sí, ojalá entrara en sus sueños y permaneciera allí! Podría vivir feliz entre aquellos árboles, aunque fuera en la tierra onírica, aunque fuera solo con los ojos cerrados, aunque fuera no más que un recuerdo de cada amanecer.
  Una noche llegó el momento esperado. Quedaban menos de veinte piezas, y las manos le temblaban cada vez que colocaba una. Diez piezas restantes, y la figura que paseaba en el medio de aquel paisaje estaría completa. Sería como reencontrarse con un amigo. Lo había observado tantas veces en la tapa de la caja del rompecabezas. Un rostro triste en el centro de aquella escena maravillosa. ¡Cuántas veces se había preguntado el porqué de esa tristeza! Ella estaría tan feliz si estuviera entre aquellos árboles, si pudiera acercarse a ellos aunque fuera una sola vez…
  Quedaban cinco piezas, una nariz, una boca y dos ojos. Se le resbalaban entre los dedos y tuvo que agacharse varias veces para buscarlas por el piso. Una se había escondido detrás del modular, otra rodó debajo de un sillón, una tercera casi escapa hacia el balcón. Una fría tenaza comprimió su estómago cuando vio ese pedacito de cartón plastificado ir rebotando alegremente hacia el balconcillo. Había llegado justo a tiempo. Su mano se cerró sobre la huidiza pieza justo antes de que llegara una brisa. Entró de vuelta al comedor y cerró el acceso a aquel pozo que casi destruye sus sueños.
  Tuvo que respirar profundamente repetidas veces para dejar de temblar. Avanzó hacia la mesa para colocar la anteúltima pieza y hasta creyó oír un diminuto clic. Cerró los ojos y reprimió una sonrisa: ya solo quedaba una, solo una. Su mano no dejaba de temblar y tuvo que utilizar ambas para sostener la pieza y lograr colocarla en su lugar. No podía hacerla encajar, la tenaza volvió a su estómago. ¡No podía ser que no entrara! Era la única pieza que quedaba, la última. Se mordió el labio mientras daba vueltas la pieza en todos los sentidos posibles, pero aquella salvaje no quería entrar.
  «Son solo nervios», pensó y cerró los ojos otra vez, intentando calmarse.
  Recorrió el último hueco con los dedos, acariciando sus bordes. Imaginó la pieza encajando allí perfectamente, naturalmente… pero no, ¡no entraba! Dio un salto hacia atrás, con la pieza aferrada entre las manos. El paisaje inconcluso la observaba bajo la luz de un sol naciente que se filtraba a través de las cortinas.
  —No puede ser —murmuró—. El resto de las piezas están bien, lo sé.
  Miró a la pequeña rebelde en su mano, tenía la forma correcta, entonces ¿por qué no entraba? Un ruido la sobresaltó, miró extrañada a su alrededor, luego se dirigió a su dormitorio y apagó el despertador. Pronto debería ir al trabajo, pero todavía tenía tiempo y solo le quedaba una pieza, solo una.
  Se acercó nuevamente al rompecabezas, la mano le transpiraba y el cartón le daba leves pinchazos en la palma. Lo volvió a intentar: para un costado, para el otro, dándola vuelta, y vuelta otra vez. Saltó hacia atrás mesándose el cabello.
  —¡No puede ser! —gritó y contuvo las lágrimas.
  Miró impotente al maléfico paisaje y huyó hacia la cocina. La cafetera estaba completamente vacía y el último paquete de café yacía moribundo sobre la mesada.
  «Estoy demasiado cansada», pensó. «Necesito descansar unos minutos.»
  Llegó al dormitorio sin darse cuenta y se tiró sobre la cama. No escuchó el teléfono ni el celular que sonaron repetidamente durante todo el día. Despertó cuando ya era de noche, desorientada. El número que titilaba en el reloj despertador la desconcertó, pero cuando recordó lo que había sucedido, empujó todas las demás preocupaciones de su mente y fue a terminar la batalla con aquella pieza.
  La encontró donde la había dejado: sobre el rompecabezas incompleto, cubriendo parcialmente el último hueco. Se acercó a ella y presionó y presionó y presionó… La pieza aún se resistía. Observó el paisaje completo en la tapa de la caja. Le resultaba extraño, como si no lo hubiera visto en verdad antes, como si… ¡era el rostro! ¡Ahora estaba sonriendo! Una sonrisa malévola desde un paisaje agobiante.
  Sacudió la cabeza. Respiró hondo. Volvió a mirar. Allí seguía, un rostro sonriente la desafiaba. Ella miró la última pieza que le quedaba en la mano y el espacio vacío. Con férrea determinación lo intentó otra vez… ¡Maldita pieza! No quería entrar.
  Le pareció escuchar un ruido que provenía de la caja. ¿Acaso ese bendito rostro se estaba riendo? Ah, no, eso no era aceptable. Fue a la cocina a preparar lo último que quedaba de café. Ignoró el teléfono que volvía a sonar. Tenía una larga noche por delante, lo sabía, pero ella sería la vencedora.
  —Ya lo verás —murmuró mientras oía la risa que provenía del comedor—, pondré esa pieza así sea lo último que haga en mi vida.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2010. Un tiempo después, fue traducido al francés, puede leer más aquí.


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Luchando contra la marea


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   El mar zarandeaba el bote. Sin piedad. Sin pausa.
  Toda aquella agua salada se convulsionaba como un solo cuerpo. Cada gota que caía del cielo abría una herida en aquel enorme y azul animal enloquecido.
  Lisandro se aferraba como podía a la frágil madera. Boca abajo en el bote. Los ojos cerrados, los nudillos blancos. Murmuraba para sí tratando de ignorar la batalla que se desarrollaba a su alrededor. Brazos y piernas extendidas. Aferrado como un chimpancé. Varias veces sintió que volaba, que daba vueltas. Perdió la noción de cuál era el agua que lo rociaba.
  La tormenta se había desatado pasada la media noche y, luego de unas horas, Lisando pensó que ya nunca más amanecería. Los rugidos lastimaban sus oídos, pero no podía protegerlos. Murmuró con más ímpetu. No sabía qué, sólo palabras inconexas. Sólo una voz humana en medio de aquella locura.
  Esa tarde, en el puerto, le dijeron que no debía salir, pero hacía días que no tenía pescado para vender. Y Juancito necesitaba ir al médico, la fiebre no bajaba.
  Lisandro llevó a Juancito, el menor de sus cinco hijos, al médico, un buen hombre que le fio la consulta. Pero no podía regalarle el remedio. Juancito necesitaba el remedio.
  Ya estaba oscureciendo cuando Listando regresó al puerto. Sólo un par de viejos quedaban allí, sentados en un rincón. Miraron a Lisandro en silencio. Movieron la cabeza con desánimo cuando le vieron preparar el bote. Y lo dejaron partir en el olvido.
   Lisandro también vio las nubes que se aproximaban, pero Juancito necesitaba el remedio. Se hizo a la mar. Y había tenido suerte hasta que las nubes le alcanzaron.
  Horas después todavía bailaba en el mar, aferrado a su bote. La ropa estaba tan empapada que ya no la sentía. Bajo su estómago, estaban los pocos pescados que había logrado conseguir. Si es que todavía estaban en condiciones de ser vendidos, sino los comerían. Juancito también tendría hambre.
  La tormenta aulló su derrota muchas horas después. Pero pasó todavía más tiempo hasta que Lisandro pudo despegarse del bote. Lo primero que vio fue que algunos pescados todavía podían ser útiles. Pudo ver porque el sol ya estaba alto, quemando el aire. Lisandro miró a su alrededor. No se divisaba el puerto. Solo horizonte por todos lados.
  Murmurando para sí, tomó una decisión. Buscó el remo… que no estaba. Entonces se quedó sentado allí, todavía murmurando.
  El sol estaba muy fuerte, y su vista se nubló. Decidió cerrar los ojos unos minutos mientras pensaba qué hacer.
  Un barco pesquero lo encontró pasado el mediodía. Encogido en el bote, murmurando con los ojos cerrados. Uno de los marineros más viejos dictaminó fiebre. Y lo subieron al barco. Subieron el bote también; se quedaron con el pescado.
  Llegaron al puerto casi al anochecer. La mujer de Lisandro, que rondaba por allí desde hacía horas, logró que llevaran a su esposo hasta su casa. Y que lo pusieran en la cama, junto a Juancito.
  Ella llamó al médico, pero él ya había fiado una vez, y no podía regalar el remedio.
  La mujer decidió dejar a su esposo y a sus hijos al cuidado de Pablo, el mayor de ellos. Y fue al mercado.
  Avanzó entre la gente, pidiendo a uno, pidiendo a otro. Una frágil voz entre la multitud, pero Juancito y Lisandro necesitaban el remedio. Y ella murmuraba para sí, con los brazos extendidos, mientras una marea de genta la zarandeaba. Sin pausa. Sin piedad.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en noviembre de 2009.


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Retos de lectura y escritura


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   Aquí con ustedes: los retos que me planteé para este año. Están divididos en lectura y escritura, ¿cómo podía ser una sin la otra?
   Esta vez decidí proponerme objetivos más específicos que leer más o escribir más (y mejor). Ya hace un par de años que participo en el reto de lectura de Goodreads, y es motivador, aunque no pueda asegurar si antes leía más o menos ya que no llevaba registro.
 

Retos de lectura y escritura – dos caras de la misma moneda

 
   Como se puede apreciar en la imagen a continuación, los retos están divididos en las dos caras que forman la misma obsesión. La primera es la lectura, que fue la que inició toda esta locura, y la otra es la escritura, que vino a sumarse al caos, siempre deseosa de obtener mi atención.
Retos_lectura_escritura
  
   Este año, además de intentar incrementar mi lectura, también quise empujarme a leer libros más variados. En general, suelo seguir manías temporarias, tuve mi momento de novelas de terror, el de novelas de misterio, etc. Hasta que me canso y paso a otro género. Quiero cambiar un poco eso y hacer la lectura un poco más variada. Algunos de los retos ya los cumplí, como el de leer una novela gráfica; otros, como leer una memoria o biografía, todavía no estoy segura de si el libro que seleccioné califica. Lo que no incluyo son otras lecturas, como artículos.
   Con respecto a escribir, estos retos forman parte de un plan más amplio de escritura a partir de este año. Como la mayoría de mis planes, ahora que estamos a mitad de año, veo la ambición desmedida con la que comencé, así que estoy en época de reajuste, muy a mi pesar, pero no queda otra opción cuando se trabaja gran parte del día y se tienen obligaciones familiares. De todas formas, creo que, si logro organizarme, podré llegar a la mayoría de esos retos.
   En resumen, estos son los retos de lectura y escritura para este año; tal vez un poco locos, pero apunté a la luna, después veremos dónde caigo. Ah, también me propuse algo más:
    • Mantener la pila de libros a leer en un máximo de veinte.
   ¿Qué opinan? ¿Estoy loca? No, mejor no contesten a eso, creo que ya lo sé. Mejor, díganme cuáles son sus retos, ¿cómo los están cumpliendo? 
 


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