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Semanas soñadas


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  Miró el calendario, entornó los ojos y movió los labios en silencio hasta que por fin la idea encajó en su mente. Ya llevaba más de una semana allí. Echó un vistazo a las paredes blancas a su alrededor y tuvo que protegerse los ojos del incesante rebote de la luz. Era tan intensa que le atravesaba los párpados.
  En la habitación no había ni sillas ni camas, solo un rincón destinado a la comida que le llevaban tres veces al día y otro rincón para diversas actividades lúdicas y otros ejercicios. Allí también controlaban sus signos vitales. Estaba cansado ya de los cuestionarios, de las mediciones, de los exámenes clínicos.
  Cerró los ojos y murmuró para sí mismo que él lo había elegido, que él había querido participar en ello.
  —No es tanto —murmuró para sí—, solo unos días sin dormir.
  En realidad, llevaba más de una semana despierto. Se había prometido que sería el que más tiempo soportara. Por ningún otro motivo más que ser el mejor del estudio. Un simple estudio del sueño, pero él sobresaldría, para descollar en algo, y porque estaba aburrido.
  Hacía tiempo que estaba aburrido, tanto en el trabajo como en su vida personal. No había nada que lo motivara en la oficina, ni siquiera el hecho de ir a jugar al fútbol con sus amigos después. Era siempre igual, el mismo juego una y otra vez y ya no le atraía. Como tampoco lo animaba ir a su casa con su novia. Esa misma novia que no dejaba de dar indicaciones nada sutiles para que se casaran.
 ¿Para qué?, se preguntaba él, si era todo lo mismo. Casarse no cambiaría en nada las cosas, no tenía ninguna motivación para hacerlo. Ni siquiera cuando ella trataba de convencerlo con sexo, ni eso valía la pena más allá de ese único momento. Sonrió para sí. También llevaba más de una semana sin sexo, ¿sería otro récord?
  Se rio solo, en el cuarto blanco. Mi técnica de lectura, incluye locuras varias y algunas supersticiones.
  Ya había batido suficientes de esos durante su adolescencia, e incluso sobre el principio de los veinte. En esa época tampoco dormía tanto. Tal vez por eso había pensado que no le sería tan difícil ese experimento cuando había visto el anuncio.
  Sacudió la cabeza.
  No, no, en el aviso no decía nada sobre el sueño, solo pedía voluntarios a cambio de una mínima compensación.
  Él no lo había hecho por el dinero, sino por la novedad, el misterio, por hacer algo distinto. Cuando había llamado y le habían dicho lo que había que hacer, se había desanimado un poco. Era muy simple: solo dejar de dormir durante el tiempo que fuera posible. Tres días como mínimo, sino el experimento no valía la pena. Él había dicho que sí solo por hacer algo diferente esa semana. No había sido hasta que vio a otras personas preparándose para ese mismo estudio que se había planteado ser el mejor. Hacía mucho que no se trazaba un objetivo que quisiera cumplir y eso ya lo había hecho sentirse mejor.
  Ahora llevaba más de una semana y sabía, aunque no se lo dijeran, que era uno de los más sobresalientes. Lo sabía por cómo lo miraban, y por otro pequeño detalle: ya no sentía tanto sueño. Al contrario, cada vez se sentía mejor y mejor. Más relajado, más despierto. Incluso creía que, si intentaba dormir, no podría hacerlo. El sueño lo había abandonado y podría mantenerse despierto todo el tiempo que esos doctores necesitaran o quisieran.
  Los primeros días habían sido muy largos. Incluso había deseado que fueran a hacerle hacer pruebas y juegos con frecuencia. Esos minutos transcurrían con mucha rapidez y después se quedaba solo para entretenerse por sí mismo. Durante ese tiempo se había preguntado si la soledad también sería parte del estudio. Sin duda, le hubiera sido más fácil quedarse despierto si hubiera estado con otras personas. Por otro lado, también era cierto que le hubiera sido más fácil dormirse si otro lo hubiera hecho. Al principio había intentado leer, ya al segundo día ya le fallaba la concentración. Y al tercero ya no podía mirar televisión, no se enteraba de nada ni le importaba. Después de ese tercer día, le había alegrado notar que ya no se sentía solitario.
  Era la primera vez que estaba solo durante una semana. Sin embargo, lo que le asombró fue saber que no le molestaba estar aburrido. Sí, estaba aburrido, pero no, ¿cómo podía ser? No sentía igual ese aburrimiento a como lo hacía fuera de ese cuarto blanco. Tal vez se debiera a que tenía un objetivo. Se sentía revitalizado y le gustaba cada vez más estar solo.
  A la semana y media los doctores fueron a verlo y hacerle estudios cada vez con más frecuencia. Algunos lo llenaban de preguntas, otros nada más lo miraban y tomaban notas y más notas, antes de irse en silencio. A veces incluso murmuraban entre ellos, si bien nunca con el volumen necesario para que él pudiera ir. Pese a todo, una vez se descuidaron lo bastante para que él viera unas imágenes de algunos videos en una de sus tablet. Se veían a varias personas en cuartos blancos, las fechas mostraban que eran del día anterior, y todas estaban despiertos.
 Él frunció el ceño.
  ¿Era eso posible? ¿Había más personas que habían llegado tan lejos como él?
  No, sacudió la cabeza, no podía saber desde cuándo estaban allí.
  Al levantar la vista, se dio cuenta de que los doctores lo miraban. Sonrió. Y casi se le escapó la pregunta, aunque no la hizo.
  ¿Para qué? ¿Para qué preguntar lo obvio? Él era el mejor y si todavía no lo había demostrado, ya lo haría. Estaba fresco y alerta, podía pasar más semanas de esa manera. Tal vez nunca más necesitara dormir.
  Los días siguieron pasando y él comenzó a perder la cuenta. Al principio porque todo le parecía igual y después porque todo le parecía diferente. ¿Para qué preocuparse por el paso del tiempo? ¿Amanecer? ¿Anochecer? Ya no veía sentido a esas particiones arbitrarias que el hombre le había dado al tiempo. Era luz y noche, a pesar de que allí era siempre todo blanco. Era dormir y estar despierto, pese a que allí él siempre estaba despabilado.
  Él era mejor que aquellos doctores que solo entraban a mirarlo unos minutos al día. Él estaba siempre allí, en todo sentido, físico y con la mente presta. Las paredes no eran solo blancas, sino que tenían sus relieves, como un mapa. Y también comenzó a ver detrás de los rostros de los doctores. Más allá de sus máscaras percibía sus verdaderas emociones, sus pensamientos, como las imágenes de los videos que le dejaban que él viera a propósito. Porque ahora sabía que no había sido una distracción, se lo habían mostrado adrede. Y ahora lo hacían cada vez más seguido. Incluso un par de veces le dejaron ver videos de sí mismo. Se observó caminar de un lado a otro de la habitación blanca y por momentos quedarse por completo inmóvil, como los demás.
  No. Él no era como los demás, era el mejor, el que llevaba semanas y semanas despierto. Ya había pensado en preguntarles, pero no hacía falta, no lo necesitaba. Y tampoco confiaba mucho en ellos, sobre todo en ese doctor alto y rubio que le hacía tantas preguntas. Prefería a la doctora morocha y regordeta que siempre lo pinchaba con algo, eso se lo perdonaba. No hacía falta que hablara. No, no hacía falta hablar más, ya no necesitaba comunicarse de esa manera y si alguien no lo entendía era porque no hacía falta.
  Finalmente, un día se quedó sentado como había visto a una de las personas hacer, con la mirada perdida, intentando ver lo mismo que aquella persona. No pasó mucho tiempo para que todos los doctores entraran a la vez. Él los sentía allí, los percibía, mas solo con una parte de sí mismo, otra parte de él estaba observando lo que veía la otra persona y con otra parte analizaba diversas ideas. Su mente estaba por todos lados.
   Hasta que los médicos le hablaron.
  No pudo precisar cuál de ellos era, a lo mejor eran todos a la vez. Escuchó que le decían que lo iban a trasladar.
  «Ya era hora», pensó él. Era hora de que reconocieran su superioridad. Estaba listo para análisis más complejos, para retos más grandes. Se puso de pie y los siguió con docilidad. No sintió que caminaba. Su paso era ligero, como si flotara, como si lo llevaran.
  Este nuevo cuarto era mucho más pequeño. Él frunció el ceño, estaría listo para lo que le pidieran. Sin embargo, solo le dijeron que nada más esperarían allí unos momentos. Necesitaban hablarle antes.
  La espera no fue larga ni corta, él solo lo sintió como otro momento más. No habló ya que al lado tenía al doctor rubio, quien sentado no se veía tan alto. Aunque después recordó que tampoco necesitaba hacerlo, y se sintió mejor.
  Cuando al fin llegó la persona por la que esperaban, resultó ser un hombre mayor, con bata de médico, no obstante, él no estaba seguro de que lo fuera. El hombre se sentó a su lado con movimientos lentos, sonrió y le palmeó la pierna de manera amistosa.
  «Son malas noticias», pensó él.
  —Esto va a ser difícil de explicar —comenzó el otro hombre— y también de entender, aceptar.
  Él se quedó esperando. El hombre volvió a sonreír. Y siguió sonriendo mientras le contaba la verdad. A él no le sorprendió. Todo tenía sentido ahora, sobre todo lo que había sentido después de aquella primera semana. Se había sentido más despierto que nunca y ahora sabía el porqué. Se sentía tan despierto porque era la primera vez en su vida que lo estaba despierto.
  El estudio no se trataba sobre no dormir, sino sobre despertar, despertar a la verdadera vida. No necesitó que ese hombre le explicara nada más, todo estaba muy claro.
  Por eso siempre había vivido su vida como si hubiera estado anestesiado, porque en realidad había estado durmiendo y solo ahora estaba despierto.
  Estaba consciente de todo, incluso durante el siguiente momento que le hicieron esperar antes de pasar al próximo cuarto. Comenzó a clasificar a los doctores entre reales y soñados. A veces creía que podía diferenciar a uno de otro, en otros momentos se le mezclaban. Tal vez incluso despierto todavía se aferraba a algunas partes de su sueño. Ellos ya habían quedado atrás, así como toda su vida, su novia, sus amigos, su trabajo.
  Ahora sabía que nada había tenido sentido porque nada había sido real. Ese conocimiento lo relajó, ahora sí iba a conocer el verdadero propósito de su vida, ahora estaba despierto. Solo tenía que esperar que abrieran la siguiente puerta, estaba incluso ansioso, aun entre toda la tranquilidad. Sabía que estaba listo para el siguiente paso y sabía que encontraría a algunas de las otras personas que había visto antes.
  La puerta se abrió y se sorprendió de encontrar un cuarto blanco. ¿Igual al anterior? Sí y no. Sí, en su forma y amueblamiento; no, en el sentido de que allí estaban los demás.
  Entró con cautela. No era lo que había pensado.
  —Faltan más exámenes —dijo uno de los hombres que lo vio ingresar.
  Él asintió.
  Claro, tenía sentido, no podían dejarlo en el mundo así nomás. Tendría que adaptarse. ¿Sería similar al que había soñado? Él suponía que sí, después de todo los sueños son jirones de realidad. Caminó por el cuarto saludando con la cabeza a los demás de allí. Todos le devolvían la sonrisa.
  Él estaba emocionado. Esto representaba un nuevo comienzo, el verdadero. No recordaba nada de su verdadera vida, no sabía cuándo había estado despierto por última vez. El doctor le había dicho que con toda probabilidad había sido de niño. Trató de acordarse de esa etapa de su vida, todos los sueños que había tenido entonces y en lo que se había convertido su vida después. Más que sueño había sido una pesadilla, pero ya no importaba.
  Ahora podía empezar su verdadera vida, podía diseñarla. Se había olvidado de preguntarle al médico si podía elegir. Sonrió. Suponía que sí, nada más tenía sentido. Miró hacia donde sabía que estaban las cámaras.
  Del otro lado estaban los médicos.
  —Sujeto incorporado con éxito. El sueño compartido cuenta ahora con veinte sujetos.
  —Algunos parámetros ya han comenzado a cambiar.
  El médico rubio asintió.
—Sí, este uno de los sujetos más activos, lleva semanas durmiendo y aceptó la premisa sin problemas.
  Los doctores volvieron a mirar las pantallas. En un cuarto blanco lleno de aparatos contra las paredes, en veinte camas muy juntas unas a las otras, dormían hombres y mujeres con una expresión plácida.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato sobre un personaje que lleva más de una semana sin dormir.


Este cuento forma parte del recorrido del anochecer, ¿te animas a seguirlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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