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El cajón


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   El cajón estaba abierto. Eso fue lo que la sorprendió cuando entró en la habitación. Se quedó unos minutos en el umbral, sin moverse, solo se oía el rumor del lavarropas del vecino de arriba.
   Cuando pudo reaccionar, soltó el picaporte y prendió la luz, aunque todavía fuera de día. Se acercó al cajón, su contenido estaba intacto. Contó todo lo que había dentro, lo miró varias veces, no parecía faltar nada. Lo cerró y dejó la mano apoyada unos minutos.
   ―¿Fui yo? ―susurró mientras cerraba los ojos y trataba de recordar sus movimientos de esa mañana.
   La rutina era tan mecánica que resultaba imposible recordar los pasos. Solo imágenes difusas del cepillo de dientes, la ropa sobre la cama y el fuego de la hornalla. Suspiró y soltó el cajón. No importaba, tendría que haber sido ella, nada más estaba fuera del lugar.
   Fue a la cocina, para decidir qué preparar para la cena. Abrió la heladera y la cerró, por el rabillo del ojo había visto el comedor, donde la puerta estaba abierta. Se alcanzaba a ver el largo pasillo que llevaba a las puertas de los vecinos.
   Se acercó con cuidado, apretando los labios, conteniendo la respiración. El sonido del ascensor al activarse la alteró y cerró la puerta de un golpe. Pasó la llave y suspiró. Se volvió, la casa seguía en silencio. Regresó a la cocina, donde la hornalla ardía sola.
   Se llevó los dedos a los labios, miró la heladera y después otra vez la hornalla. La apagó y volvió a echarle una ojeada a la puerta de entrada y a la heladera. Solo entonces, retornó a su habitación.
   Dudó cuando vio la luz prendida, pero recordó haberla prendido. Le echó un vistazo al cajón, seguía cerrado, lo rozó con los dedos para asegurarse. Se paseó un rato por la habitación, tratando de calmarse. Decidió echarse un rato.
   Apagó la luz y se tiró sobre la cama, boca arriba. Se despertó poco después o al menos eso le pareció. Se levantó y prendió la luz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad, vio que el cajón estaba abierto.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en marzo de 2014.


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¡Qué calor!


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   El calor la golpeó cuando salió del edificio. Había pasado todo el día en un sueño de aire acondicionado y ahora le esperaba el penoso regreso al hogar. El aire estaba tan inmóvil que apenas si entraba en sus narices y no llegaba a ningún otro lugar. Tomó una abocanada, pero le quemó la garganta. Al final, se resignó a caminar a través de ese día gomoso.
   Las sandalias se le pegaban al asfalto y más de una vez creyó que se le iban a romper las tiras del esfuerzo que hacía al levantar el pie. La cartera pasó de pesar unos gramos a pesar unos cuantos kilos. La correa se le hundía en la carne del hombro. Un hombro que estaba quedando más abajo que el otro.
   Las cuadras se alargaban a medida que avanzaba con los pies hundidos en la acera casi hasta las rodillas. De repente, le pareció que la gente a su alrededor había crecido, o tal vez ella se estaba derritiendo. Por lo menos así parecía indicarlo la transpiración que le corrí a por la espalda y que hacía que sus pies rebotaran dentro de las sandalias. Casi con la lengua llegándole al mentón, llegó a la parada del autobús. Tardó una eternidad en llegar uno, con la gente creciendo como yuyo seco a través de ventanas y puertas. Ella se subió de todas maneras, quería llegar a su casa. Encontró la máquina de boletos extrañamente alta y tuvo que pedirle a alguien que le comprara el boleto. Pasó todo el viaje sosteniéndose de las piernas de los demás pasajeros.
   Cuando llegó a su parada tuvo que saltar a la vereda… ¡Cada vez hacían más altos esos escalones! La cartera le rozaba los tobillos y le pareció raro, pero tal vez la correa se había estirado por el calor. Caminó las pocas cuadras que la separaban de su casa sintiéndose insólitamente liviana. Antes de llegar a la puerta ya rebuscaba en su cartera por la llave. La encontró y le pareció demasiado grande, más grande de lo que la recordaba, ¡y eso que la había visto esa mañana! Aunque lo que realmente le sorprendió fue el cerrojo de la puerta: estaba por encima de su cabeza.
   ¿Cómo? Sí, por encima de su cabeza.
   «Este calor ―se dijo― lo complica todo».
   Escudriñó a su alrededor, pero los gigantes que la rodeaban parecían no notar su presencia. Ya no arrastraba la cartera demasiado pesada, y las sandalias las había perdido por algún lado, la llave la dejó junto a la puerta.
   Pronto se vio rodeada de muros que crecía a su alrededor, y ella estaba en un surco, un camino. Había más como ella en ese camino, todos yendo en fila. Ella los siguió. La fila era rutinaria, el calor agobiante y también notó que acarreaba algo pesado sobre su hombro. Pero no podía hacer otra cosa que seguir caminando, para escapar de ese calor que la consumía.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en enero de 2011.


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En el altillo


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   Era un altillo lúgubre y frío. Silvana buscó un interruptor en vano. Estaba muy oscuro, aunque la luz de un sol de mediodía trataba de filtrarse por las sucias ventanas. Silvana entornó los ojos, pero todo era sombras a su alrededor. Sombras de diferente tamaño y espesura.
   Abajo, a lo lejos, se escuchaba la voz del agente de la inmobiliaria hablando por teléfono. Silvana estuvo a punto de cerrar la puerta, pero algo le llamó la atención. Había captado un movimiento, pero al fijar la mirada en aquel punto todo estaba quieto.
   —¡Señora López! —gritó el hombre que estaba en la planta baja—. ¡Lo siento, pero debo volver a la agencia!
   —Ya bajo —contestó Silvana, pero no se movió.
   —No hace falta— gritó el hombre—, dejaré la puerta abierta, trábela antes de irse y llámeme.
   —¡Está bien! —dijo Silvana.
   —¡Buenas tardes! —dijo el hombre.
   Minutos después Silvana escuchó un leve portazo. Ella seguía mirando las sombras, sin animarse a entrar. Amagó a cerrar la puerta, y allí estaba otra vez, esa sensación de que algo se había movido. Al fin, Silvana dio un paso y se inclinó hacia delante Todo estaba inmóvil. Silvana miró a su alrededor sin soltar el picaporte de la puerta.
   «¿Qué guardarán aquí? —se preguntó arrugando la nariz—. Todo huele a polvo y vejez. Ni siquiera hay luz. Deberían tirarlo todo.»
   Volvió a enderezarse y miró a su alrededor otra vez. Suspiró: en realidad no era tan malo. El alquiler era más barato sólo con la condición de dejar algunas habitaciones en paz, incluido el altillo. De todas formas, ella no lo necesitaba.
   Estaba a punto de cerrar por tercera vez la puerta cuando allí estaba de nuevo: algo se movía entre las sombras. Esa vez, Silvana avanzó más de un paso y descubrió, con asombro, que sus pies no chocaban con nada.
   Llegó hasta el centro de la habitación, pero todo continuaba inmóvil y en silencio. Giró sobre sí misma, era imposible distinguir la más mínima forma en aquel revoltijo de sombras. La luz era tan escasa que Silvana levantó la vista, para mirar dudosa las ventanas, ¿serían reales?
   Tuvo un acceso de tos, el olor a viejo era agobiante. El aire era tan pesado, como si nunca se ventilara la habitación. Sin embargo, ella había encontrado la puerta sin llave, seguro que era abierta a menudo. Sin pensarlo, miró hacia la puerta, parecía estar más entornada de lo que ella la había dejado.
   Volvió a girar sobre sí misma y, esta vez, su pie tropezó con algo. Otra sombra pasó cerca de su cabeza, más cerca de lo que ella recordaba que estuviera. Captó otro movimiento con el rabillo del ojo y se volvió con rapidez. Se golpeó la rodilla con algo puntiagudo. Cuando se agachó, sin quererlo, su frente golpeó contra algo más. Maldijo en silencio con los puños apretados. Intentó mirar a su alrededor sin moverse mucho. La puerta estaba casi cerrada.
   «Qué raro —pensó—, no hay ninguna corriente de aire.»
   Sin darse cuenta se movió y se magulló el codo. Se dio media vuelta y su falda se enganchó en algo que la hizo caer. El suelo que la recibió estaba oculto por objetos que ella no alcanzó a identificar.
   Alzó la vista, pero sólo veía sombras informes sobre ella. Escuchó un ruido sordo: la puerta se había cerrado. Quiso levantarse, pero sus pies estaban atorados. Trató de sostenerse pero su brazo se hundió en la negrura, y una bocanada de polvo la hizo toser. Cada vez que se movía, chocaba contra algo y, hasta le pareció estar hundiéndose. Ya no veía sombras a su alrededor, sólo oscuridad.
   «Esto es una locura», pensó y se retorció con decisión, pero no consiguió nada.
   «¡Cuántas cosas pueden haber en este altillo? —se preguntó—. ¿Cuántas cosas se pueden juntar en una vida?»
   Luego de unos minutos, volvió a moverse, pero cada vez se hundía más. Trató de gritar, pero el polvo sólo la dejaba toser. Siguió moviéndose, segura de que alguien la encontraría. El agente de la inmobiliaria debía volver, al menos para cerrar la puerta principal.
   Tal vez había pasado una hora, cuando le pareció que alguien la llamaba. Movió los brazos cuanto pudo y su mano tocó algo que creyó reconocer; sí, eran dedos. Silvana estaba segura que era la mano del agente, pero estaba tan fría. Trató de decir algo, pero sólo alcanzó a toser débilmente, y entonces presionó con fuerza aquella mano inerte.
   El agente de la inmobiliaria subió a revisar las habitaciones superiores. Llamó a Silvana varias veces y terminó frente a la puerta del altillo. Dudó unos segundos antes de comprobar que la puerta seguía cerrada. Nunca le habían es llave. Bajó las escaleras con estrépito.
   —Siempre lo mismo —masculló—, se van sin avisar y no son capaces de poner la traba de la puerta principal. ¿Cuánto cuesta poner una simple traba? ¿Cuánto cuesta llamar para avisar?
   Salió de la casa y cerró la puerta tras de sí.
   Arriba, Silvana no había escuchado nada más que su nombre, y seguía aferrada a aquella mano.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2009.


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Un pequeño viaje


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   —Sí, sé que no me creen —dije, moviéndome en el sillón—, pero es la verdad. Es la pura verdad sobre lo que sucedió.
   —Bien —dijo el inspector, y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interno de su sobretodo—. Cuéntenos de vuelta, desde el principio.
   Lo miré nervioso, y miré luego a los dos oficiales que estaban de pie. Hacía dos horas que habían llegado a mi casa, y desde entonces estábamos en la sala. Sólo el inspector y yo, sentados. Un vaso de agua en la mesita frente a mí. Nada más que un cenicero frente al inspector.
   —¿Otra vez? —pregunté.
   —Sí —dijo el inspector con tranquilidad, el cigarrillo ya encendido se balanceó entre sus labios.
   Eché otro vistazo a los inmóviles oficiales.
   —Desperté temprano —comencé— y decidí hacer unos ejercicios de proyección astral. Un amigo me está enseñando…
   —Su amigo— interrumpió el inspector—, el señor John Bradford.
   —Sí —asentí.
   El inspector se quedó observándome, y con su silencio comprendí que debía continuar.
   —Comencé con las respiraciones. Nunca había logrado nada, pero esta mañana fue diferente… lo sentí… sentí cómo abandonaba mi cuerpo.
   Miré a los oficiales nuevamente, y de vuelta al inspector pero ninguno parecía tener preguntas.
   —Al principio no supe bien qué hacer —continué—, pero luego noté que podía controlar hacia dónde flotaba, y terminé saliendo de la casa. —Me sostuve las manos mientras recordaba, todavía no acababa de asimilar ese sentimiento—. Es algo muy desconcertante, ¿saben? El mundo no se ve exactamente igual que como se ve a través de los ojos.
   —Lo imagino —dijo el inspector.
   Esa vez creí detectar una malsana sonrisa en uno de los oficiales. Lo ignoré y continué con mi narración.
   —No sé cuánto tiempo vagué. Sólo sé que me sentía atraído hacia algunas personas y hacia otras no. Cuando comencé a sentirme cansado, pensé en volver a casa. Estando muy cerca, me llamó la atención un hombre durmiendo en la acera. La atracción era muy fuerte con él, pero no me acerqué mucho y seguí mi viaje hasta aquí. Recuerdo que luego me costó moverme, como si ya no pudiera flotar. Cuando entré a la casa, creo que mis fuerzas estaban agotadas, y me desvanecí.
   Tomé un poco de agua y terminé mi relato por tercera vez.
   —Cuando desperté ustedes estaban aquí; y la señora Adams, mi ama de llaves, me miraba con extrañeza.
   Miré expectante al inspector.
   —Sé que lo del viaje astral es considerado extraño por algunas personas, incluso increíble; yo también pensaba lo mismo. Pero conocí al Señor Bradford, y todo eso cambió.
   El inspector apagó el cigarrillo en el cenicero.
   —Sé cómo suena…
   —Entonces —dijo el inspector buscando un nuevo cigarrillo—, sabe que me es difícil creerle.
   Lo miré con aprensión.
   —Sí, sí…, por eso al principio no quise… no creí que fuera necesario decirle…
   —Sí —dijo el inspector echando humo otra vez—, recuerdo su primera declaración. Lo que sólo hace más increíble esta historia del viaje astral.
   —¡Pero es cierta! —dije queriendo saltar del sillón.
   Me contuve, y agregué con timidez:
   —Lo que no sé es por qué es tan importante. Todavía no entiendo por qué la señora Adams los llamó a ustedes. Sólo porque me desmayé… hubiera sido más lógico llamar al médico.
   —En efecto —dijo el inspector—. Pero nosotros hemos llamado al médico, a más de uno en realidad.
   Lo miré extrañado.
   —Sin embargo, tiene razón. Todavía no le he explicado la razón de que estemos aquí —dijo el inspector poniéndose de pie—. Sígame.
   Lo seguí hasta mi propia habitación, uno de los oficiales caminó detrás de mí. El inspector abrió la puerta de mi habitación y me indicó que pasara. Con un gesto silencioso me señaló la cama.
   Allí me vi acostado.
   ¿Yo? ¿Era ese yo?
   Me acerqué unos pasos, ese era mi rostro sin lugar a dudas. Parecía dormido, pero mi palidez era extrema. Parecía como si…
   Pero, ¡un momento!
   Si ese, en la cama, es mi cuerpo…, entonces, ¿dónde estoy yo?


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2009.


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Suena el teléfono


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   Esteban acababa de abrir la puerta, y todavía estaba entrando a su casa cuando su mujer habló:
   —El teléfono está sonando; estuvo sonando toda la mañana.
   —¿Quién es? —preguntó Esteban mientras cerraba la puerta.
   —No lo sé —dijo Julieta que estaba sentada en el sofá.
   —¿Y por qué no lo contestas?
   —No puedo —dijo su mujer y subió los pies al sofá, acurrucándose.
   —¿Por qué no? —Esteban dejó las llaves en una mesita junto a la puerta y se acercó a su esposa.
   —Porque cuando contesto nadie habla, el teléfono sólo quiere sonar.
   —Tonterías —dijo Esteban—, el teléfono no suena porque sí, alguien lo está haciendo sonar.
   Se dirigió hacia el teléfono pero apenas puso la mano en el auricular, el teléfono dejó de sonar.
   —Te lo dije —dijo Julieta a sus espaldas.
   —¿Qué? —dijo Esteban—. Simplemente, la persona que llamaba cortó; ya volverá a llamar.
   Julieta sonrió pero no dijo nada más. Esteban se quitó el saco, lo dejó sobre una silla, y se aflojó la corbata.
   —¿Qué hay para almorzar? —preguntó mirando hacia la cocina—, tengo que volver rápido a la oficina.
   Se sentó en el mismo sofá donde estaba Julieta, tirando la cabeza hacia atrás.
   —¡A quién se le ocurre poner reuniones en el horario de almuerzo!
   —Estaba haciendo algo —dijo Julieta—, pero se me quemó.
   —¿Entonces? —preguntó Esteban incorporándose.
   Julieta seguía mirando el teléfono.
   —¿Entonces? —repitió Esteban—. ¿Qué vamos a comer?
   Julieta abrió la boca, pero antes de que hablara, sonó el teléfono. Esteban se levantó automáticamente. Otra vez, apenas alcanzó a tocar el auricular, dejó de sonar.
   Julieta rio por lo bajo.
   —¿Esto te parece gracioso? —dijo Esteban–. ¿Acaso me estás jugando una broma?
   Julieta abrió la boca otra vez.
   —Deja, no importa —la cortó Esteban—. Sólo quiero comer algo.
   Caminó hasta la cocina, llegó hasta la puerta… y el teléfono sonó. Esteban se volvió con rapidez y en tres zancadas llegó hasta la mesa del teléfono. Justo cuando apoyaba la mano en el auricular, éste dejaba de sonar.
   —Aún si logras contestar —dijo Julieta—, nadie hablará. Es el teléfono el que quiere sonar porque sí.
   —¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —le preguntó Esteban—. ¿Te das cuenta de cómo suena lo que estás diciendo?
   —Sí —dijo Julieta—, y tú puedes pensar los que quieras, pero yo sé que es cierto.
   Esteban miró a su mujer.
   —Pasas demasiado tiempo sola en la casa —dijo Esteban dirigiéndose otra vez hacia la cocina—, debes buscar algo para hacer, algún curso o algo.
   Esta vez, Esteban alcanzó a poner un pie dentro de la cocina antes de que el teléfono sonara de vuelta. Esteban corrió hacia el aparato y logró contestar antes de que dejara de sonar.
   —¿Hola? ¿Quién es?
   Julieta seguía acurrucada en el sofá, mirando a su esposo.
   —¿Hola? —repitió Esteban una vez más antes de cortar—. Debe ser algún chico del barrio que recién aprende esta broma —dejó el auricular descolgado y se encaminó hacia la cocina—. Lo dejaremos así un rato, hasta que se canse.
   —No servirá de nada —suspiró Julieta.
   Esteban hizo caso omiso a su mujer. Una vez en la cocina, abrió la heladera e inspeccionó su contenido durante unos minutos. Al final se decidió por unos fiambres que quedaban de unos días antes y unos huevos. Cerró la puerta de la heladera y dejó su botín en la mesada. Abrió un cajón para sacar unos cubiertos, y escuchó el teléfono sonar.
   Volvió inmediatamente al salón.
   —¿Para qué lo volviste a colgar? —le preguntó a Julieta.
   Su mujer le contestó con un mudo gesto, señalándole el teléfono. El auricular todavía reposaba sobre la mesita.
   —Pero… eso no es posible —dijo Esteban y caminó automáticamente hasta la mesita del teléfono. Apenas llegó allí, el aparato dejó de sonar—. Debe estar funcionando mal. Lo mejor será que lo desconectemos hasta que…
   Esteban, todavía agachándose, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego se volvió hacia su mujer, con una mirada incrédula.
   —Lo desconecté hace horas —dijo Julieta.
   Esteban volvió a mirar el teléfono y el cable desconectado.
   —No puede ser —susurró.
   Julieta se acomodó en el sofá.
   —Te lo dije, es el teléfono.
   Esteban se acercó a su mujer y se sentó a su lado, en el sofá.
   —No puede ser —susurró de vuelta.
   Julieta apoyaba su mano sobre la de su marido cuando el teléfono volvió a sonar.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en mayo de 2009.


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Mis proyectos de escritura


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   En esta serie de tres posts me gustaría reflexionar un poco más sobre mi situación actual con la escritura. En el post previo había hablado sobre lo que me hubiera gustado saber antes, pero como solo se puede ir para adelante, hoy voy a comentar mis proyectos actuales.
   Si leyeron el post sobre retos de lectura y escritura, entonces ya saben que suelo exigirme bastante (imaginen que tengo listas como esas para cada área este año) y, obvio, después me frustro cuando no alcanzo a hacer todo. Tengo que aprender a bajar un poco la presión, lo voy a poner en la lista…
 

Mis actuales proyectos de escritura

 
   Tengo que empezar por decir que voy retrasada en mis objetivos para este año, por varios motivos:
    • Problemas de salud de un familiar -> el único importante, siempre va a tener prioridad J
    • Excusas varias que me invento cuando estoy frustrada o triste -> motivo más frecuente.
    • Nuevos objetivos que me agrego a cada rato.
    • Distracciones varias.
   Como habrán visto, el principal problema soy yo; triste, pero cierto.
 
   Estos son mis proyectos actuales en curso según su estado de escritura o corrección: 
    • Cíclico
      • Un cuento a la semana -> me salteé algunas, y otros están esperando corrección, pero espero retomarlo pronto. Y hacerlo mejor el año que viene. Esta idea me la pusieron en la cabeza muchos blogs que leí a principio del año, como el de Gabriella. 
    • Escritura_logoSegundo borrador en curso
      • Libro de cuentos (temático).
      • Libro único de fantasía.
    • Primer borrador terminado
      • Trilogía de fantasía.
      • Dos novelas cortas de fantasía -> en duda si están incompletas o no.
      • Libro único de ciencia ficción.
      • Tercer libro de la serie Brujas anónimas -> aunque todavía falta bastante por escribir. También estoy en duda si está incompleto o no. 
    • Primer borrador en curso
      • Libro único de fantasía -> necesita un impulso extra, así que tengo planeado dárselo durante noviembre y aprovechar para probar mi primer NaNoWriMo. Sí, se supone que debe ser un proyecto nuevo, pero también se puede planificar antes. Las palabras que llevo escritas no alcanzan para ser ni la cuarta parte de un primer borrador.
    • Planeados -> sí, créase o no tenía planeado dos libros más para este año, mmm, vamos a ver qué hago con eso.
      
   ¿Parece mucho? En realidad, no lo estoy llevando todo a la vez. En general, me es mucho más fácil avanzar con la parte de escribir que con la de corregir. Por eso la cantidad de primeros borradores me está empezando a causa ansiedad.
   Es innegable que tengo que reorganizarme con mis proyectos de escritura, ¿lo lograré antes de fin de año? ¿Qué piensan?
 
Mi última novela publicada, Antifaces, ya tiene su primera reseña.
 


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La espera


Minicuentos_logo
 
   —¡No! No, no, no.
   Ella se levantó, la silla cayó hacia atrás.
   Él se quedó mirando el piso. Sintió un aire caliente arañar su rostro. Se volvió hacia ella.
   —Dije que no —los dientes le tronaron.
   —Todavía no hablé.
   Ella frunció el ceño. Rebobinó la historia en su mente, y entornó los ojos.
   —Sé lo que ibas a decir. La respuesta es «no».
   —Bueno —vaciló—, me voy.
   Ella cruzó los brazos.
   Cuando quedó sola, acomodó la silla y se sentó.
   —Yo le dije… entonces él dijo… yo le contesté… —murmuró—. Sí, ahora volverá.
   Y se dispuso a esperar.


   Este minicuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.


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Seis cosas sobre escritura que me hubiera gustado saber antes



   En esta serie de tres posts me gustaría reflexionar un poco más sobre mi situación actual con la escritura. En el post anterior había hablado sobre lo que me enseñó escribir La elección de Kendria.
   Ya hace casi diez años desde que comencé mi primera novela y me gusta creer que, al día de hoy, aprendí algo por el camino. ¿Qué me hubiera gustado saber en ese momento?

Seis_cosas_escritura_saber_antes
 

Lo que me hubiera gustado saber antes de escribir mi primera novela

 
   Primero No recuerdo cuándo ni cómo comencé a escribir. Fueron muchos idas y vueltas hasta que la escritura se convirtió en algo más serio. Y, por supuesto, hay muchas cosas que me hubiera gustado saber antes de escribir las primeras novelas y cuentos; por ejemplo:
  1. Hacer un esquema previo.
  2.    Esto es algo en lo que todavía estoy trabajando, pero definitivamente me hubiera ayudado con mi primera novela. Todavía me asusta pensar en tener que corregirla, aunque me gustaría. Por más que uno piense mucho en el mundo de sus novelas, es difícil mantenerlo todo en la mente. Creo que Aglaya la planifiqué más, je. Los niveles de planificación varían con cada proyecto.

  3. Usar correctamente de los guiones de diálogo.
  4.     Nunca me fue difícil escribir diálogos, y tal vez por eso nunca supe todo lo que desconocía sobre el correcto uso de los guiones.

  5. Corregir más en medio del proceso y no dejarlo todo al final.
  6. Escritura_logo    Esto va en contra de dejar fluir el primer borrador. Por lo tanto, en contra de lo que más me gusta de escribir. Pero después de tantos años, creo que una corrección más a menudo en los escritos más largo es conveniente. Tanto para que no asuste el primer borrador (todavía tengo algunos sin corregir por ese motivo, incluso algunos que fueron planificados con anticipación), como para que la historia no se descontrole, ya sea porque cambió de camino o porque el esquema previo queda forzado. No importa que se desvié del esquema previo, pero sí tener en cuenta el nuevo rumbo.

  7. Saber más teoría.
  8.    Tanto para cuentos como para novelas, tal vez no tanto para cuentos ya que algo se ve en la escuela, el conocimiento teórico va más allá de haber leído cientos de libros. Hubiera querido saber un poco más sobre los elementos y estructura de las novelas y cuentos.

  9. Saber más sobre publicación y edición.
  10.    Mi conocimiento era casi nulo. Tal vez porque en ese momento, al menos en mi país, todavía se pensaba más en la publicación tradicional, donde todo quedaba en manos de la editorial. Lo que no quita que una aprendiera sobre el proceso de todas formas…

  11. Saber el momento exacto en el que me enamore de la palabra «pero».
  12.    ¡Tal vez si hubiera estado atenta desde el principio no hubiera llegado a esta situación! A lo mejor estuvo siempre conmigo, desde que comencé a escribir, mucho antes de mi primera novela. Lo que sé ahora es que desde que soy consciente de ella, no puedo dejar de verla en todos lados, ¡está siempre ahí! (Ja, escribí todo un párrafo sin usarla.).
   Hay tanto que me hubiera gustado saber antes, que hubiera querido hacer de otra forma… y también algunas cosas que me gustaría recuperar. Nada que hacer sobre el pasado, solo mirar hacia delante.
   ¿Qué me dicen ustedes? ¿Qué hubieran querido saber antes? ¿Consideran ese tiempo como perdido o de aprendizaje, o un poco de ambos?
 


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Final


Minicuentos_logo
 
   Hubo un principio. Por supuesto que habría un final.
   No podría haber sido de otra manera, hubiera sido imposible. Así como no podía haber luz sin oscuridad. Aquello que había empezado, debía terminar.
   Él lo había visto acercarse. Trató de detenerlo, de desacelerar su avance incontenible. No tenía sentido oponerse, más allá del deber de todo hombre de sublevarse a lo inevitable.
   Cuando estuvo seguro de que era inminente, contuvo la respiración. Esperó hasta que lo tuvo enfrente: el final. Lo miró a los ojos y asintió. Aceptó.
   Con una última cucharada, engulló el último bocado de helado.


   Este minicuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en diciembre de 2014.


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