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Suena el teléfono


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   Esteban acababa de abrir la puerta, y todavía estaba entrando a su casa cuando su mujer habló:
   —El teléfono está sonando; estuvo sonando toda la mañana.
   —¿Quién es? —preguntó Esteban mientras cerraba la puerta.
   —No lo sé —dijo Julieta que estaba sentada en el sofá.
   —¿Y por qué no lo contestas?
   —No puedo —dijo su mujer y subió los pies al sofá, acurrucándose.
   —¿Por qué no? —Esteban dejó las llaves en una mesita junto a la puerta y se acercó a su esposa.
   —Porque cuando contesto nadie habla, el teléfono sólo quiere sonar.
   —Tonterías —dijo Esteban—, el teléfono no suena porque sí, alguien lo está haciendo sonar.
   Se dirigió hacia el teléfono pero apenas puso la mano en el auricular, el teléfono dejó de sonar.
   —Te lo dije —dijo Julieta a sus espaldas.
   —¿Qué? —dijo Esteban—. Simplemente, la persona que llamaba cortó; ya volverá a llamar.
   Julieta sonrió pero no dijo nada más. Esteban se quitó el saco, lo dejó sobre una silla, y se aflojó la corbata.
   —¿Qué hay para almorzar? —preguntó mirando hacia la cocina—, tengo que volver rápido a la oficina.
   Se sentó en el mismo sofá donde estaba Julieta, tirando la cabeza hacia atrás.
   —¡A quién se le ocurre poner reuniones en el horario de almuerzo!
   —Estaba haciendo algo —dijo Julieta—, pero se me quemó.
   —¿Entonces? —preguntó Esteban incorporándose.
   Julieta seguía mirando el teléfono.
   —¿Entonces? —repitió Esteban—. ¿Qué vamos a comer?
   Julieta abrió la boca, pero antes de que hablara, sonó el teléfono. Esteban se levantó automáticamente. Otra vez, apenas alcanzó a tocar el auricular, dejó de sonar.
   Julieta rio por lo bajo.
   —¿Esto te parece gracioso? —dijo Esteban–. ¿Acaso me estás jugando una broma?
   Julieta abrió la boca otra vez.
   —Deja, no importa —la cortó Esteban—. Sólo quiero comer algo.
   Caminó hasta la cocina, llegó hasta la puerta… y el teléfono sonó. Esteban se volvió con rapidez y en tres zancadas llegó hasta la mesa del teléfono. Justo cuando apoyaba la mano en el auricular, éste dejaba de sonar.
   —Aún si logras contestar —dijo Julieta—, nadie hablará. Es el teléfono el que quiere sonar porque sí.
   —¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —le preguntó Esteban—. ¿Te das cuenta de cómo suena lo que estás diciendo?
   —Sí —dijo Julieta—, y tú puedes pensar los que quieras, pero yo sé que es cierto.
   Esteban miró a su mujer.
   —Pasas demasiado tiempo sola en la casa —dijo Esteban dirigiéndose otra vez hacia la cocina—, debes buscar algo para hacer, algún curso o algo.
   Esta vez, Esteban alcanzó a poner un pie dentro de la cocina antes de que el teléfono sonara de vuelta. Esteban corrió hacia el aparato y logró contestar antes de que dejara de sonar.
   —¿Hola? ¿Quién es?
   Julieta seguía acurrucada en el sofá, mirando a su esposo.
   —¿Hola? —repitió Esteban una vez más antes de cortar—. Debe ser algún chico del barrio que recién aprende esta broma —dejó el auricular descolgado y se encaminó hacia la cocina—. Lo dejaremos así un rato, hasta que se canse.
   —No servirá de nada —suspiró Julieta.
   Esteban hizo caso omiso a su mujer. Una vez en la cocina, abrió la heladera e inspeccionó su contenido durante unos minutos. Al final se decidió por unos fiambres que quedaban de unos días antes y unos huevos. Cerró la puerta de la heladera y dejó su botín en la mesada. Abrió un cajón para sacar unos cubiertos, y escuchó el teléfono sonar.
   Volvió inmediatamente al salón.
   —¿Para qué lo volviste a colgar? —le preguntó a Julieta.
   Su mujer le contestó con un mudo gesto, señalándole el teléfono. El auricular todavía reposaba sobre la mesita.
   —Pero… eso no es posible —dijo Esteban y caminó automáticamente hasta la mesita del teléfono. Apenas llegó allí, el aparato dejó de sonar—. Debe estar funcionando mal. Lo mejor será que lo desconectemos hasta que…
   Esteban, todavía agachándose, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego se volvió hacia su mujer, con una mirada incrédula.
   —Lo desconecté hace horas —dijo Julieta.
   Esteban volvió a mirar el teléfono y el cable desconectado.
   —No puede ser —susurró.
   Julieta se acomodó en el sofá.
   —Te lo dije, es el teléfono.
   Esteban se acercó a su mujer y se sentó a su lado, en el sofá.
   —No puede ser —susurró de vuelta.
   Julieta apoyaba su mano sobre la de su marido cuando el teléfono volvió a sonar.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en mayo de 2009.


Este cuento forma parte del recorrido de la llave, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.


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