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El llanto de la banshee



Cuento_El_llanto_de_la_banshee
  
   Era tarde en la noche, pero aún Don Esteban no lograba conciliar el sueño. Una ironía; justo en una noche fresca, donde sus huesos no se quejaban, era su mente la que no le permitía el descanso.
   «Pero, ¿por qué?», se preguntaba Don Esteban, en la quietud de su habitación.
   Estaba acostado en la gran cama matrimonial, solo. Su esposa lo había dejado tres años atrás. Desde entonces su lecho se volvía más frío y parecía cada vez más grande a medida que el cuerpo de Don Esteban se encogía.
   —Pero no estoy solo —murmuró—. Hoy están conmigo mis cinco hijos, con sus esposas y mis catorce nietos.
   Se agitó en su cama.
   —Entonces… ¿qué es lo que falta?
   Sus ojos se posaron en la única pared iluminada por la luz de la luna. Allí estaba el mural de fotografías que había construido su esposa. Una fotografía resaltaba sobre las demás.
   —Lucía —susurró Don Esteban al mirar la foto de una niña de alrededor de diez años—. Lucía —repitió—, si tan sólo pudiera verte una vez más.
   Lucía había sido su primogénita, pero la había perdido cuando ella era tan joven. Luego sólo vinieron varones. Sólo varones.
   Los débiles ojos de Don Esteban comenzaron a llorar lentamente. La habitación se llenó con sus sollozos. Don Esteban no sabía que todavía pudiera llorar con tanta fuerza, pero luego se dio cuenta de que había otro gemido que lo acompañaba. No había nadie más en su dormitorio, no necesitaba encender las velas para saberlo. A duras penas se levantó de la cama y se aproximó a la única ventana.
   Afuera, aún bajo la luna, la oscuridad era abundante y no lograba distinguir nada; pero todavía escuchaba ese llanto. Abrió la ventana, y el gemido se hizo más fuerte. Con gran esfuerzo, sacó la mitad de su cuerpo a través del marco. Su frágil corazón casi no resiste la sorpresa. Una pequeña niña lloraba acurrucada bajo su ventana. Don Esteban trató de decirle algo pero su corazón estaba tan conmovido que no pudo emitir palabra. Como si ella hubiera oído sus pensamientos, se movió. El instinto actuó con rapidez, y Don Esteban volvió a meterse en la habitación y cerró la ventana.
   «¿Qué me sucede? —se preguntó agitado—, ¿por qué me asusta tanto una niña?»
   Pero cuando volvió a mirar hacia la ventana su corazón saltó nuevamente en su pecho. Ella estaba de pie frente a él y lo miraba a través del cristal, pero no era una niña, sino una joven mujer. Estaba vestida con un maltrecho vestido gris. Su larga cabellera caía sobre sus hombros como sus lágrimas sobre sus mejillas. Su palidez era tan extrema como la de la luna. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos. Estaban llenos de un rojo intenso y profunda tristeza. Don Esteban no podía dejar de mirarla, hasta que él mismo comenzó a llorar como ella.
   Sonó la primera campanada que daban las doce de la noche y la mirada de la joven se movió. Don Esteban vio que fijaba su vista en algo detrás de él, pero no pudo saber en qué; seguía atrapado en su hechizo. La segunda y tercera campanada se escucharon a través de los gemidos de ambos. Don Esteban trató de moverse. Cuarta campanada; el llanto se acentuó, Don Esteban casi ya no podía soportarlo. Quinta campanada… Y en un parpadeo ella ya no estaba más. Las demás campanadas retumbaron en el silencio, pero Don Esteban no pudo dejar de mirar la ventana hasta que vio al sol atravesarla.

Todavía parado allí escuchó veloces pasos tras la puerta. Twittea 


   Todavía parado allí escuchó veloces pasos tras la puerta. Hubo varios golpes sobre ella. Don Esteban no contestó pero la puerta se abrió de todas maneras. Era Doña Elisa, una de sus nueras, ella no se sorprendió de encontrarlo de pie.
   —Don Esteban —dijo ella entre sollozos que hicieron reaccionar al hombre—, es Don Andrés, señor, no logramos hacer que despierte.
   El nombre de su hijo menor hizo que Don Esteban reaccionara. Siguió a su nuera hasta la habitación donde estaba su hijo. Todos los demás ya se encontraban allí. El médico había sido llamado, pero no hubo nada que pudiera hacer.
   Don Esteban veló todo el día su a hijo hasta que sus ojos se parecieron a los de aquella joven de la ventana. Gentiles brazos lo transportaron hasta su dormitorio cuando ya era de noche. Estaba solo, pero todavía no había agotado sus lágrimas. Sus ojos se posaron otra vez en el mural de fotografías. Había una donde se retrataban a sus cinco hijos. Don Esteban se fijó en el más joven, su Andrés.
   Pronto, escuchó nuevamente un sollozo que lo acompañaba. Esa vez no se acercó a la ventana pero clavó sus ojos allí. La joven apareció de nuevo, pocos minutos antes de la primera campanada de las doce. Don Esteban notó que no lo miraba a él, sino que su vista se fijaba en otra parte de la habitación. Sonó la primera campanada. Don Esteban estaba aterrado pero logró sacar su vista de ella para buscar el objeto de su interés. Segunda campanada. Don Esteban notó que la joven miraba el mural de fotografías. Tercera campanada, el llanto de la joven continuaba. Don Esteban vio la foto de sus cinco hijos.
   —Andrés —susurró con su corazón destrozado.
   Cuarta campanada, los sollozos se hicieron más fuertes. Don Esteban se volvió hacia la joven. Si sucedía como la noche anterior, entonces desaparecería luego de la próxima campanada. La joven lo miró con tristeza, y desapareció antes de que diera la quinta campanada.
   «Sólo cuatro esta vez, ¿por qué?», pensó Don Esteban, todavía aterrorizado. Miró otra vez la fotografía de sus cinco hijos. Había perdido a su Andrés, ahora sólo quedaban cuatro, sólo cuatro…
   Antes de que sonara la última campanada, el alarido de Don Esteban atravesó la noche.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en septiembre de 2008.
   Durante un tiempo, en el blog se llevó a cabo una encuesta donde se podía votar por el ser fantástico sobre el cual trataría el cuento de la semana. Este es uno de los resultados de aquel juego. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del frío, ¿te animas a recorrerlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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